30 octubre 2005

AHORA LOS OBISPOS NOS DICEN COMO DEBE SER LA LAICIDAD

Aquí les presento uno de esos sermones que los prelados españoles se dedican a endigar al persponal , dando pautas sobre la laicidad a base de isopo catecumenal, en el cual nos indica como debe ser entendido el laicismo, mejor dicho la laicidad en España.
Es el peligro que corremos en España los laicistas dejar que la pauta conceptual la marquen los obispos. Los cuales bajo el lema de que ya que no pueden disolver el movimiento laicista están aplicando el sapientísimo de unete y contamineles.

He aquí pues la prueba


Carta semanal del arzobispo Agustín García-Gasco
Laicidad sí, laicismo no
Los cristianos debemos estar preparados para saber responder desde la fe y desde la razón a las cuestiones que se plantean en nuestra época, aun cuando sepamos que son antiguos planteamientos ya superados y que se repiten de forma cíclica.
Debemos saber distinguir entre dos conceptos parecidos en la forma, pero que tienen significados radicalmente distintos. La laicidad del Estado como garantía de las libertades es algo positivo, mientras que el laicismo supone excluir la religión del ámbito público. Es imprescindible trabajar para que la laicidad no se interprete como hostilidad contra la religión. La laicidad debe ser entendida como un compromiso para garantizar a todos la posibilidad de vivir y manifestar las propias convicciones religiosas. Así lo propugna la Iglesia y así lo ha expresado en fechas recientes el Santo Padre, Benedicto XVI, preocupado por la renovación espiritual que necesita la cultura europea.
La Iglesia ha defendido desde los primeros tiempos de la evangelización cristiana que el acto de fe tiene que ser libre y personal, y que el poder político no debe presionar sobre las conciencias. Los primeros mártires supieron enfrentarse a los funcionarios imperiales que pretendían hacerles renunciar a su fe en Jesucristo.
Valencia tiene en San Vicente Mártir uno de los mejores ejemplos del mundo occidental. De igual manera, en lo que algunos han designado como el alta de los derechos humanos, los teólogos españoles de los siglos XVI y XVII se opusieron a que los indígenas en América fueran adoctrinados a la fuerza, y pusieron la libertad religiosa de la población amerindia por encima de los pretendidos derechos de conquista que en aquella época invocaba el poder de entonces.
La laicidad positiva del Estado es sinónimo de libertad para creer, lo contrario de la presión o la persecución para que se deje de creer. Benedicto XVI ha vuelto a recordar que la Iglesia señala que la dignidad de la persona y sus derechos fundamentales representan valores previos a cualquier jurisdicción estatal. ‘‘Parece legítima y provechosa –indica Benedicto XVI– una sana laicidad del Estado, en virtud de la cual las realidades temporales se rigen según normas que le son propias, a las que pertenecen también esas instancias éticas que tienen su fundamento en la existencia misma del hombre”.
La construcción de la comunidad política, la articulación del Estado de Derecho, el desarrollo del conocimiento científico, la función social del trabajo y del mercado, la solidaridad internacional, el cuidado del medio ambiente, la lucha contra la pobreza son realidades que se pueden hacer mejor o peor. En todas estas tareas, sigue considerando Benedicto XVI, ‘‘tiene seguramente una relevancia primaria ese sentido religioso con el que se expresa la apertura del ser humano a la Trascendencia’’. Las personas no estamos obligadas a vivir la vida laboral, social, cultural y política, censurados ante la posibilidad de plantearnos el sentido último de las cosas, su relación con el Bien, la Verdad y la Belleza. “Un Estado sanamente laico también tendrá que dejar lógicamente espacio en su legislación a esta dimensión espiritual del espíritu humano.’’

Resulta gravemente dañino un enfoque de la educación orientado a marginar el sentido espiritual, religioso y trascendente del ser humano. Tenemos derecho a preguntarnos por el sentido de nuestra vida y de la muerte y a conocer las respuestas que nos ofrece la dimensión religiosa. Ocultar, menospreciar, acallar el sentido de la vida que ofrece desde la libertad la religión, es un intolerable atropello contra las conciencias de los padres y de los educadores. Nadie está legitimado para imponer el silencio sobre lo esencial, ningún poder público puede transformar el rigor científico en un nuevo credo antirreligioso, nadie debe poner la voluntad política de las mayorías coyunturales por encima del derecho de los padres a decidir sobre el modo de educar a sus hijos y de mostrarles que la felicidad del ser humano no está en las cosas materiales sino en el amor al prójimo y a Dios.

Los padres y madres de familia, los educadores, los responsables académicos y toda la ciudadanía estamos implicados en la defensa de una verdadera libertad educativa. La libertad es un derecho que debemos exigir día a día, sin complejos y por todos los cauces que permite la democracia y la Constitución Española.
Con mi bendición.

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