01 octubre 2005

La derecha cristiana o cristianos a la derecha.

Por Jorge Gómez Barata

Un prerrequisito para integrar la derecha cristiana norteamericana es ser un derechista a secas. La condición de cristiano no es necesariamente sustantiva.

Las libertades de cultos y conciencia religiosas, sumadas al carácter laico del Estado, figuran entre las grandes conquistas del progreso Las libertades de cultos y conciencia religiosos, sumados al carácter laico del Estado, figuran entre las grandes conquistas del progreso. Al liberarse de sus vínculos con las iglesias, la política incorporó la tolerancia, el pluralismo y el compromiso que forman la base de la democracia

La vida demostró que esos procesos no están definitivamente consolidados ni son irreversibles. La caída del Sha de Irán en 1979 alentó corrientes que propugnaban el establecimiento de estados teocráticos, finalmente implantados en Irán y Afganistán.

Sorprendentemente también en los Estados Unidos la religiosidad se mezcló con el poder político.

En Estados Unidos, el más religioso de los países desarrollados, históricamente la religión ha formado parte del discurso político, característica que, en las últimas décadas, se ha expresado en el ascenso a posiciones de poder de elementos ultraconservadores, que identificaron sus posiciones políticas reaccionarias con un particular enfoque religioso.

Se trata de grupos políticos ultraconservadores que han logrado vertebrar su particular interpretación de la Biblia, con el discurso conservador y neoliberal del partido Republicano, deformando la agenda de política interna, confiriendo al debate de problemas sociales como el aborto, el divorcio, la homosexualidad, incluso el racismo y la seguridad social, un contenido teológico.

Tales corrientes comenzaron a intervenir activa y directamente en la política norteamericana con Nixon, su influencia creció durante las administraciones de Reagan y ha llegado a ser escandalosa con George W. Bush.

Ahora no se trata sólo de influencias ideológicas que matizan la actuación del gobierno de turno, sino de que representantes de la derecha cristiana han copado importantes posiciones en todos los niveles del sistema político norteamericano, multiplicando sus posibilidades de influir en el nombramiento de políticos, jueces, así como en la capacidad para recaudar fondos y mover el voto hacía la derecha.

Con fidelidad digna de mejor causa, congresistas, magistrados e incluso el propio Bush devuelven el apoyo recibido. En el fondo parece tratarse de un vulgar tráfico de influencia.

Por demás, no se trata sólo de la política. El sistema docente, la prensa y la industria cultural estadounidense son invadidos por productos evangélicos de baja factura, destinados al consumo masivo: libros, música, filmes, videos, programas radiales, fiestas y espectáculos, forman parte de la labor ideológica que complementa el ascenso político de la derecha cristiana.

La nueva derecha avanza en el empeño de modificar la matriz ideológica que sustentó la sociedad norteamericana, sustituyendo sus vocaciones tradicionales por un fundamentalismo religioso que apuntala las posiciones imperiales más retrogradas.

Si en sus orígenes, Estados Unidos fascinó al mundo al inaugurar la era de la política transparente, el predominio de las instituciones y las leyes, anuló el chovinismo y las ideologías excluyentes, reivindicó los valores morales, la tolerancia y la libertad, hoy tiene perpleja a esa misma humanidad con el desborde de oscurantismo que emana, no de una fe legítimamente sentida y de la espiritualidad que hace de las religiones un elemento de la conciencia social, sino de una confusa mezcla de teología pobremente elaborada con la política extremista de un conservadurismo a todo trance.

Es difícil pensar que Estados Unidos pueda convertirse en un estado teocrático, no obstante es obvio que el fanatismo religioso tiene cada vez más influencia en sus círculos políticos.

Una antológica y muy conocida página bíblica cuenta que ciertos fariseos, aprovechando la popularidad de Jesucristo y malinterpretando su acción al expulsar a los mercaderes del templo, intentaron manipularlo, instándolo a adoptar una posición política relacionada con el cobro de impuestos, a lo que el Hijo del Hombre respondió: “Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”.

La moraleja es obvia: Ningún emperador deberá intentar suplantar a Dios, ni Dios gobernará a los hombres. Los que dicen hacerlo en su nombre pecan de impostores.
30/09/05

PreNot 5648Agencia de Noticias Prensa Ecuménica
Montevideo. Uruguaywww.ecupres.com.
armailto:arasicardi@ecupres.com.ar

No hay comentarios: