01 abril 2006

En defensa del ateísmo



Durante siglos, se nos ha dicho que sin religión y creencias los humanos no nos diferenciaríamos de una jauría de lobos, dispuestos a matar por nuestras conveniencias e incapaces de articular normas de conducta basadas en los nobles valores que sólo Dios nos enseña y cuya no observancia merece su implacable castigo. Recuerdo de mi infan­cia una escena terrorífica, con uno de aquellos individuos que desde un púlpito explica­ba los horrores del infierno y cómo, gracias al miedo al castigo eterno, los humanos no andábamos matando, violando, robando y fornicando por las calles. Aprendí mucho so­bre la categoría humana de aquel individuo que, afortunadamente, parecía creer y temer el castigo, pues Dios nos libró (bendito sea) de un terrible criminal potencial. Y me hice ateo.

Si tenemos en cuenta que a lo largo de la historia no se ha insultado, torturado, encarcelado y masacrado, perseguido y exiliado, reprimido pensamiento, ideas, avances y creatividad, por nada ni nadie como en el nombre de Dios, quizá las cosas puedan ana­lizarse desde otra óptica. Dostoievski, en Los hermanos Karamazov, alerta de los pe­ligros de una moral nihilista y atea: si Dios no existe, todo está permitido. Ahora, como en el pasado, nos enfrentamos a un nuevo nihilismo de corte contrario: en el nombre de Dios, todo está permitido. Esos intérpretes exclusivos de la ortodoxia, sean seguidores de cualquiera de los libros o del Libro, incitan al odio y al combate contra todo lo que se oponga a los designios y disposiciones divinas que ellos, y sólo ellos, pueden interpretar (si Dios existe tiene un serio problema de derechos de autor).

Esa rabiosa actualidad de los nuevos fundamentalismos (se desarrollan por do­quier y en varios nombres distintos del mismo Dios) pone en peligro los valores sobre los que se sustenta la convivencia entre los humanos. Y mala respuesta sería a su con­frontación (o choque) el de su alianza, pues si ésta se entiende mal, podría llevarnos a un nuevo equilibrio de terrores dogmáticos que ahoguen siglos de Ilustración y de socie­dades ciudadanas a las que tanto ha contribuido el ateísmo auténtico (no aquel otro fa­na­tismo religioso totalitario que reemplazó Iglesia por partido, papas por secretarios ge­nerales y al hombre por el proletario, siendo su paraíso la sociedad comunista eterna­mente en construcción: para muestra ver Fidel).

Cuando hace dos años debatíamos el borrador de Constitución europea, muchos quisieron una referencia explícita a la tradición cristiana. Se logró un compromiso, co­mo siempre, y las cosas quedaron en "la herencia religiosa". Lamentable. Si hay algo que caracteriza a la Europa democrática es, justamente, su carácter laico, producto del empuje de los ateos demócratas y de una ciudadanía que ha reemplazado las leyes divi­nas y sus castigos inquisitoriales por los derechos constitucionales y los códigos pena­les. Europa es quizá el único territorio del mundo en el que el ateísmo es una opción per­fectamente legítima y no una sospechosa o amenazante actitud anunciadora de todo tipo de desmanes. Y eso, justamente eso, es lo que tenemos que defender.

Siempre he respetado y convivido con creyentes civilizados, capaces de aceptar­me como uno de ellos, porque hay valores superiores a las opciones religiosas que nos permiten combinar creencias (personales o colectivas) con responsabilidades, normas de conducta y derechos válidos para todas las personas. Hace pocos días, tomando un café en mi pueblo, un marroquí inició una conversación conmigo sobre la falta de respeto a su religión en nuestro país. En algunos puntos le di la razón, hasta que, entusiasmado por mi paciencia, elevó el tono del discurso hasta convertirlo en absolutamente intolera­ble (por intolerante). Me recordó a cualquier vieja gloria del nacionalcatolicismo. Y ac­tué de la misma manera que con ellos. Y pensé: como se pongan de acuerdo con alguno de nuestros obispos, nos toca el exilio (por cierto, conmovedora la comprensión de la Iglesia vaticana a las protestas producidas por las famosas caricaturas).

No estaría de más, hermanos ateos, que exijamos respeto y reconocimiento por nuestras aportaciones a la convivencia y pasemos a la acción, respetando a las personas, pero siendo implacables con todos los personajes que en el nombre de Dios nos ace­chan, y que pretenden llevarnos al oscurantismo terrorífico del que tanto nos costó salir, pero al que pareciera ser tan fácil retornar. Y que nos dejemos de paternalismos com­pren­sivos con estos nihilistas viejos como la humanidad y actuales como internet, ins­trumento que por cierto utilizan crecientemente para llenar la red de odio a la libertad
La paz (o alianza) no deberían firmarla obispos y ayatolás, sino ciudadanos ateos o cre­yentes que aman la democracia y sus agradables normas de convivencia y respeto entre las personas y sus derechos. Amén.

José María Mendiluce – Ex eurodiputado y escritor

26 marzo 2006

LAICISMO, NO FUNDAMENTALISMO


El poder nos engaña con enfrentamientos de civilizaciones para imponer al mundo un dios guerrero

Todos sabemos que según sea quien escriba la historia los conceptos de bondad y maldad, sabiduría y estulticia, terrorismo y lucha por la libertad adquieren tintes distintos de los que conforman nuestra moral cotidiana. Como si nosotros no fuéramos capaces de comprender lo que los grandes de la Tierra hablan o como si hubiera un orden superior que se rigiera por leyes morales distintas a las nuestras.
Y del mismo modo que sabemos que la historia la escriben los vencedores, no nos extraña que los que detentan el poder adjudiquen a los movimientos que se les oponen calificativos que están en consonancia con la versión que quieren que el mundo tenga de sus mandatos y de sus guerras, aun antes de que los sabios se pongan a escribir la historia. El lenguaje no es nunca inocente y, visto el uso que los poderosos han hecho de él, deberíamos desconfiar de entrada de las definiciones con las que pretenden explicar los conflictos del mundo.
Hemos visto definir el malestar de los pueblos adjudicándoles objetivos que no siempre se corresponden con los hechos. Cada cual, una vez en el poder y dueño de los ejércitos y los destinos de los hombres, quiere ser además el dueño absoluto de las conciencias y se otorga el calificativo de luchador por la libertad aunque esté masacrando y destruyendo a los que se le oponen.
Siempre aceptamos estas definiciones que nos impone el bando al que pertenecemos. Y si capitalismo se oponía a comunismo, protestantes a católicos, colonizadores a colonizados, defensores de la cultura y la religión a salvajes, hoy se nos impone una visión del mundo según la cual hay dos bandos irreductibles: terroristas y defensores de la democracia y la libertad, aunque sabemos que tan terroristas son los de un bando como los de otro porque recordamos que nosotros, y todos los pueblos del mundo, tenemos héroes y heroínas que veneramos porque un día se pusieron ante un cañón para expulsar al invasor del suelo de la patria.
Al margen de la versión de los emperadores de turno, hay también otras versiones de la situación en que se vive siempre partiendo de una lucha entre dos bandos, uno de los cuales quiere imponerse al otro aunque sólo sea ideológicamente.
RECUERDO aún los tiempos en que hablábamos del enfrentamiento Norte y Sur, términos olvidados como si de verdad la tan glosada globalización hubiera acabado para siempre con la diferencia entre pobres y ricos, o al menos supusiera una oportunidad que definitivamente acabara con ella, como si la palabra y el concepto que contiene pudieran esgrimirse ante los que acusan al neoliberalismo más salvaje de haber invadido el mundo y ya hubiéramos perdido la esperanza de encontrar otra forma de progreso que no se hiciera a costa de la pobreza del 80% de la humanidad.

Hoy todos los enfrentamientos anteriores, derechas e izquierdas, pobres y ricos, católicos y protestantes, conservadores y progresistas, incluso nacionalistas de la periferia y del centro, y tantos otros, parecen haberse diluido ante la explicación definitiva que se nos ha impuesto: lo que ocurre en este mundo en que vivimos, lo que ha de unirnos frente al peligro que nos amenaza, es un enfrentamiento de civilizaciones, una guerra de culturas.
No obstante, a poco que nos dediquemos a ver la realidad que nos rodea nos daremos cuenta de que el verdadero enfrentamiento no está en las culturas ni en las civilizaciones, sino entre fundamentalistas y laicistas. Fundamentalistas entendidos como ejecutores de la voluntad de Dios, fundamentalistas que se miran unos a otros no como representantes de otra cultura, sino de otro Dios que por supuesto no es el verdadero.
Porque el fundamentalista defiende que su Dios es el único y los demás son copias burdas y sacrílegas del ser supremo que ha elegido a su pueblo para engrandecerlo y para darle la fuerza y el coraje de destruir a los que obedecen a los falsos dioses.
Bush cuenta con el apoyo de la Coalición Cristiana, un movimiento nacional que no sólo está contra el aborto y los homosexuales, sino que se pronunció con respecto al huracán de Nueva Orleans como un "castigo de Dios". Son de los que al son del eslogan Debemos rescatar nuestra república de manos de los ateos y con el patrocinio del presidente conmovieron las conciencias americanas y le dieron la victoria.
¿ACASO BUSH no habla de una guerra de acuerdo con el mandato de Dios contra los infieles? ¿No dice obedecer a Dios, que está con la nación norteamericana? ¿Y no declaró Blair, su aliado en la guerra de Irak, que se sumó a la invasión por obedecer los designios de Dios y que por tanto sólo Dios podría juzgarle? Bien mirado no son distintos de los fundamentalistas musulmanes que en nombre de Alá dictan fatuas contra los infieles y necesitan mártires para combatir la decadencia de Occidente, calificando de Satán a Bush del mismo modo que Bush les califica a ellos de eje del mal.
Dos concepciones que explican el mundo a través de la divinidad y montan guerras e invasiones en nombre de un Dios que está con ellos, exigiéndoles comportamientos que prescinden de los derechos civiles, de los derechos humanos, y que no tienen en cuenta los valores universales; es decir, las ideas de justicia, libertad e igualdad.
El fundamentalismo es esto: anteponer las creencias a las ideas, y lo que hoy estamos viviendo es el intento por parte de unos y otros de imponer al mundo un dios guerrero al que hay que obedecer aunque nos exija matar a nuestro hijo para demostrarle fidelidad y en nombre del cual matamos, torturamos, destruimos y expoliamos a los países que se amparan en otro dios, también guerrero, el dios de la competencia.
El Periódico, 26-03-2006
Rosa Regás. Escritora y Directora de la Biblioteca Nacional