31 diciembre 2007


Asociación de solteros en defensa del matrimonio


Manolo Saco


Y al fin llegó su día. La mayor y mejor organizada asociación de solteros del mundo, representada ayer en Madrid por decenas de obispos y cardenales, y miles de curas y monjitas sacadas de sus conventos, abadías y colegios, se ha manifestado por las calles de la capital de España en contra del gobierno socialista que absurdamente les mantiene la sopa boba y en favor de que se casen los demás, no mediante un contrato civil, sino bajo la fórmula de unas palabras mágicas mediante las cuales el Paráclito (uno de sus tres dioses, en forma de paloma) santifica su unión.


Desde ese momento los seguidores de la secta judaica de los cristianos católicos ya pueden follar, porque lo suyo ya no es un placer vulgar, sino la penosa aunque ine­vi­table labor de traer hijos al mundo al servicio de sus tres dioses y miles de vírgenes y santos a los que adoran y veneran a diario, para que la asociación de solteros que los ha convocado, a los que tanto repugna el matrimonio y, por lo tanto, la familia, continúe con su negocio hasta el fin de los tiempos.


Las familias llevaron a sus hijos a la juerga mística de la madrileña plaza de Co­lón, a los que pusieron a repartir propaganda electoral entre los curiosos, para que los ni­ños fuesen aprendiendo desde su más tierna infancia en qué consiste eso de la mani­pu­lación de conciencias. Llegaron allí por tierra, mar y aire, en autocares y hasta trenes contratados por lo más reaccionario de las organizaciones cristianas, jaleados desde ha­ce semanas por los talibanes de sus medios radiofónicos y escritos. Y sin embargo... tanto esfuerzo para tan escasa cosecha. Si son incapaces de llenar sus iglesias, que están calentitas gracias a la calefacción que les pagamos con los presupuestos generales y al calorcito de las velas, no podían esperar mayor afluencia de fieles, con lo fría que está la intemperie en estas fechas y con los grandes almacenes, los templos del consumo, abier­tos muy de mañana.


El punto culminante se alcanzó con la llegada a hombros de la virgen de la Al­mu­dena al altar (una bofetada más a los miles de padres y madres allí presentes, de vir­ginidad perdida por culpa de su lascivia, por no haber soportado el santo celibato), el icono de esta asociación de solteros que considera la virginidad, y no precisamente la maternidad, como el estadio superior del ser humano.


Por fortuna para la integridad física de las familias, no se encontraba entre la multitud el obispo de Tenerife, el desalmado que hace unos días disculpaba la pederas­tia a la que son tan adictos parte de los miembros (¿he dicho miembros?) de su asocia­ción de solteros que tanto desprecia a la familia pero que tanto ama a sus niños.


Esta asociación de parásitos sociales que financiamos entre todos, abominó pú­bli­camente de los avances de la sociedad laica: el aborto, el divorcio, el matrimonio en­tre homosexuales, la educación de la ciudadanía… y hasta el Papa de Roma, con su pro­verbial voz varonil, envió un mensaje de condena de la homosexualidad. Os lo juro.


Todo esto sería cómico si no fuese porque cerca de 180.000 personas (según el cálculo más generoso de los amigos del Manifestómetro), abducidas por la secta, escu­chaba con arrobo, como si se tratase de verdad revelada, los insultos del farsante de Ro­ma y de sus lacayos españoles de la Conferencia Episcopal.

28 diciembre 2007

EL GODF se pronuncia sobre el tema de las RAICES CRISTIANAS


Comunicado del Gran Oriente de Francia del 27 de Diciembre de 2007

RAICES CRISTIANAS


Todos los que no comparten la pertenencia a la religión cristiana, que no tienen ninguna fe, que dudan, que están en búsqueda, o los que tienen la convicción que nada existe al otro lado o más allá del hombre.
En una palabra los agnósticos, los ateos se encuentran en cierto modo heridos por la afirmación del Presidente de la República que considera:


"Que si existe una moral humana independiente de la moral religiosa, la República tiene interés en que exista también una reflexión moral inspirada en las convicciones religiosas.

Primero porque la moral laica corre peligro siempre de agotarse o de convertirse en fanatismo cuando no está asociada a una esperanza que colma la inspiración al infinito…"

Cada uno en la República laica, es libre de confiar, de desesperar, o de no esperar nada…

¿Quién puede juzgar la rectitud de la búsqueda de cada cual y de sus posicionamientos con respecto a los orígenes, los misterios de la vida y de la muerte? Desde luego no el Presidente de la República, ni la República, ni Estado alguno.

Hay una tentativa de imponer a cada ciudadano, en cierto modo, la necesidad de una dimensión espiritual que sólo puede provocar la cólera de los que comparten este proyecto de un pacto republicano y laico que únicamente tiene como función permitir en una sociedad tan diferenciada vivir juntas a las múltiples inspiraciones filosóficas a pesar de nuestras diferencias.

¿La moral laica, el pensamiento filosófico ateo, el pensamiento agnóstico, no son también constitutivos de nuestra nación? Por cierto, habría que citar a Pegy, Claudel o Bernados pero también André Gide, Roger Martín du Gard, Sartres, Camus…

¿Qué tipo de idea descabellada es esta de considerar que el cristianismo dio forma a la nación francesa?

El cristianismo a lo largo de los siglos, pero sobre todo a partir de la Edad Media a la Revolución Francesa, éste se tradujo por un catolicismo de Estado, que particularmente no se caracterizó por defender las libertades individuales y que participaba institucionalmente en el absolutismo político.

¿Cómo no olvidar al Caballero de la Barra que fue linchado porque no se quitó su sombrero al paso de una procesión religiosa? Voltaire lo defendió.

¿Hará falta encontrarnos de nuevo con Voltaire?

Francia tiene historias múltiples: Grecia, Platón, Sócrates, Aristóteles y Roma, y naturalmente el Cristianismo primitivo anterior a la Iglesia Católica, sin duda, pero sobre todo el humanismo del Renacimiento del siglo XVI y el pensamiento de las Luces que preconiza la libertad absoluta de conciencia son también portadores de la identidad nacional.

Pero hubo efectivamente una fractura en 1789 entre dos formas de sociedad propuestas. La que preconiza al monje, lo innato y la autoridad y aquella que por el contrario, pone por delante el libre examen, la experiencia y la libertad.

La laicidad no está agotada y no lleva al fanatismo. Es el motor para impedir el saber impuesto, los dogmas y los clericalismos de cualquier tipo que sean. La laicidad no es negativa, ni positiva. Es la laicidad.

La rosa y la seda decía Luis Aragon en homenaje a las víctimas del nazismo, el comunista ateo Guy Moquet y el marqués católico D'Estiennedorves.

Poca importancia tiene nuestra fe, nuestras búsquedas personales, las únicas raíces que tiene hoy Francia son la de la Libertad, de la Igualdad y de la Fraternidad, es decir de la República fundadora del proyecto ciudadano y nacional.
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"Ateismo y fanatismo son dos monstruos que pueden devorar la sociedad y hacerla pedazos, pero el ateo, en su error, conserva su razón, que corta sus uñas, mientras el fanático es poseido de una locura que afila las suyas" Voltaire

23 diciembre 2007

Navidad: Jesús versus Santa Klaus



Marcelo Colussi
Los romanos de la antigüedad clásica edificaron un imperio de dimensiones colosales. Lujurioso y sanguinario como todos los imperios; organizado como quizá ninguno. Esto último, sin dudas, fue el secreto de su prolongado esplendor. En su dilatada existencia se vio enfrentado a innumerables fuerzas exteriores, pero la que más lo perturbó fue un movimiento surgido en su seno.

Según cuenta la historia, hace unos dos mil años en Galilea y Judea, colonias del Asia Menor, vivió un predicador que puso en marcha una tremenda conmoción. Se trataba –según relata la crónica, siempre incompleta y fragmentaria– de un carpintero judío que por un largo período estuvo preparándose en las sombras y que a la edad de 30 años comenzó su prédica. Prédica que consistía, básicamente, en el llamado al amor por el prójimo. Este judío, siempre según las historias que nos han llegado hasta el día de hoy, fue construyendo un movimiento cultural-espiritual con su llamado al amor, a la fraternidad y a la solidaridad que terminó transformándose en una seria afrenta al poder imperial de Roma.

Tan grande fue la subversión que despertaron sus discursos en sus seguidores posteriores que ese movimiento –llamado cristianismo– se convirtió en un peligro de lo que hoy podríamos llamar "seguridad nacional" para la Roma de aquel entonces. Así las cosas, el César en persona, Constantino el Grande para el caso, tomó cartas en el asunto tratando de neutralizar esa fuerza político-cultural contestataria que venía surgiendo en el seno del imperio. Hablar de igualdad en el medio de una sociedad esclavista altamente segmentada, con clases sociales inamovibles, era un agravio intolerable. Por eso los primeros seguidores de ese "predicador loco", este judío harapiento que recorría los desiertos llamando a "poner la otra mejilla", fueron brutalmente reprimidos, perseguidos, transformándose en alimento para los leones en el circo. Pero no hubo mejor solución para neutralizarlos que comprar a su dirigencia. Y eso fue lo que se hizo en el Concilio de Nicea, en el año 325.


Ahí se decidió integrar a la Iglesia Católica con la jerarquía del poder del Imperio; a partir de entonces el espíritu contestatario original de los tres primeros siglos de cristianismo se esfumó. Para ello fue necesario "desterrenalizar" todo ese movimiento creándole un hálito mágico, sobrenatural, de fuera de este mundo a su inspirador, ese judío subversivo muerto en la cruz y que, según tejió la historia, revivió a los tres días saliendo volando hacia el cielo. En otros términos: se le hizo divino, hijo de dios, personaje inalcanzable. Jesús de Nazareth, por una terrena decisión de muy terrenales poderes, pasó a ser deidad, y el cristianismo se hizo parte del mecanismo del poder imperial convirtiéndose en religión oficial del imperio. Constituida en poder terrenal, la Iglesia siguió un curso propio, terminando de sobrevivir al mismo Imperio Romano, siendo posteriormente el gran poder de la Europa medieval –poniendo y quitando reyes– y llegando a nuestros días como una institución casi inconmovible, muy debilitada ya, pero aún con la inteligencia necesaria para seguir acomodándose a los nuevos tiempos sin perder del todo su perfil.


Hoy, después de transcurridos dos milenios, la figura de aquel barbado predicador que, según se nos cuenta, osaba enfrentarse a los ricos de su momento –independientemente que haya existido o no–, su figura, pero más aún, su mensaje, siguen despertando polémica. La Santa Iglesia Católica, ese poder enorme que es esta institución base del Occidente, con sede en Roma, que responde a un jerarca que según dictamina una encíclica del siglo XIX es ¡infalible! (sic), cuenta una historia, nos habla de un Cristo Rey –bendiciendo ejércitos y empresas privadas, avalando invasiones, matanzas, injusticias–. Otras posiciones, que por cierto también se dicen cristianas y que mantienen una relación de tirantez con el Vaticano, proponen otra lectura de los hechos.

Estas posiciones hablan de un Jesús de los pobres. Al lado de la pompa y la fastuosidad monumental de la jerarquía, de un Papa que viste ropas de oro y piedras preciosas, también hay curas obreros, curas que, incluso, se integraron a la lucha armada por un mundo distinto. Al lado de la Iglesia que ayudó a masacrar a la población amerindia, hay también una Teología de la Liberación que habla de revolución socialista. Lo curioso es que ambos se dicen cristianos. ¿Cristo Rey o Jesús de los pobres?


Los libros sagrados del cristianismo no fueron escritos por quien fuera el predicador original, el que enseñó la igualdad, el que reprobó la soberbia. ¿Qué habrá dicho en verdad Jesús de Nazareth? Nada dejó escrito. Cuando se lo endiosó en aquel lejano concilio de Nicea hace 1.700 años, toda su enseñanza quedó sumida en el misterio. Y, por supuesto, con un dios nadie puede meterse.

Lo cierto es que hoy, a más de dos milenios de la celebración de su nacimiento en un humilde establo de la aldea de Nazareth, surgen preguntas desconcertantes. Si es cierto que ese hombre de carne y hueso, enfrentándose a la monstruosa maquinaria político-militar del gran imperio romano, predicó el amor incondicional al prójimo, la solidaridad y el rechazo a la ostentación, ¿cómo es posible que en su nombre se siga manteniendo una institución que sistemáticamente se alineó al lado de los grandes poderes económicos? Y más desconcertante aún, si el 24 de diciembre se evoca su nacimiento: ¿por qué esa fecha pasó a estar cada vez más representada por ese personaje europeo –blanco y varonil– en cuyo nombre hay que hacer regalos y consumir? (nos referimos a Santa Klaus, o Papá Noel). ¿Cómo, evocando el nacimiento de quien predicó la humildad, su cumpleaños lo festejamos con unas bacanales donde se gasta buena parte del dinero que se acumuló durante todo el año? ¿Por qué este personaje de raigambre nórdica llevado al paroxismo por la cultura consumista que nos fue imponiendo el capitalismo depredador de estos dos últimos siglos, reemplazó al predicador de Galilea?

Si la esencia del mundo moderno es el consumo (aunque no se sepa bien para qué), consumo con ribetes casi enfermizos en muchas ocasiones, no hay dudas que Santa Klaus es mucho más funcional que Jesús para promocionarlo. Los centros comerciales se llenan de él –un gordito de sonrosados cachetes y colorida vestimenta– y no de un flaco esmirriado que llama al ascetismo.

Pero si se trata de difundir el espíritu de amor incondicional entre todos (lo cual pudiera tener, además de una buena intención, algo de ingenuo –la dinámica humana pareciera moverse por otros determinantes y el amor desinteresado no existe, salvo el establecido de padres a hijos–), si se trata de predicar y poner en práctica ese presunto "socialismo" original que habría traído Jesús, el osado carpintero crucificado por el gran poder imperial de Roma por difundir la confraternidad y la hermandad, ¿por qué hacer esto sólo cuando se celebra su nacimiento? Si se trata de ser "buenos" y solidarios, ¿sólo en diciembre es posible? ¿Por qué no durante todo el año? ¿O durante todo ese tiempo atrae más el mensaje de Santa Klaus y su llamado al consumo? Bueno… consumir, celebrar fiestas, parrandear, no es feo, obviamente. ¡Es imperiosamente necesario además! Es parte de nuestra salud mental.

¿Pero por qué no hacerlo equilibradamente todo el año también? Porque, en definitiva, de eso se trata el ideal socialista (el moderno al menos –dejemos de lado la discusión sobre si la enseñanza de Jesús fue "socialismo"–): consumir responsablemente todos los días del año (nadie debería pasar hambre ni sufrir privaciones de necesidades elementales) y ser solidarios también todos los días del año. Amarnos siempre… bueno, la psicología muestra que es algo difícil (el amor sale a cuentagotas, el amor es narcisista, es decir: egoísta). Pero sí respetarnos. Nadie está obligado a amar a nadie, pero sí a respetarlo. Y no se necesita la fiesta de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo para ponerlo en práctica. ¿O sí?


Si ese ideal no se cumple, seguiremos consumiendo según los poderes nos lo ordenen… o nos lo permitan. Y en todo caso nos dejarán el consuelo de un Santa Klaus una vez al año. Pero por supuesto que nos merecemos algo mejor.

17 diciembre 2007

La cruzada de Benedicto XVI



PAOLO FLORES D'ARCAIS

Con la publicación de la encíclica 'Spe salvi', el Papa arremete de nuevo contra la autonomía del ser humano: todo cuanto no se subordine a los dictados de la Iglesia católica, incluida la democracia, es ilícito.


La Cruzada continúa. La encíclica de Benedicto XVI Spe salvi, del pasado 30 de noviembre, ratifica y radicaliza el anatema de la Iglesia católica contra una modernidad culpable de desobedecer a Dios y que se está despeñando por tal causa en la desesperación del nihilismo.

El outing es ahora completo. Incluso la democracia es mentira si la soberanía de los hombres no se subordina al imperio de la "ley natural", es decir, si la libertad no coincide con la obediencia a los ucases de la Iglesia, única intérprete autorizada de tal "ley natural" y de la voluntad de Dios con la que esta coincide. La democracia debe ser cristiana, pues en caso contrario será deshumana.

El misterio ha quedado finalmente resuelto. El culpable es Voltaire o, mejor dicho, Bacon incluso. El Mal es la Ilustración, el proyecto de autonomía del hombre. Autos-nomos, el darse el hombre por sí mismo sus propias leyes, en vez de recibirlas de Dios, o de sus subrogados y ministros (la "Naturaleza" y la Iglesia jerárquica), ahí reside la Culpa inexpiable. El Enemigo (en el sentido preciso de las Escrituras) es la razón que prescinde de Dios, la razón que trabaja iuxta propria principia, la razón que razona, en definitiva.

El autos-nomos, la pretensión de soberanía para todos y cada uno, es más, supone la caída de la humanidad en el Averno de los totalitarismos, donde todo es llanto y crujir de dientes, y cosas peores aún: el Terror de Robespierre y Saint Just y el Gulag de Stalin. A eso se llega, inevitablemente –Ratzinger dixit si el hombre, en sus relaciones con la naturaleza y con los demás hombres (ciencia y política), se comporta como si Dios no existiera, es decir, si toma en serio la propuesta de Grocio que salvó a Europa de la autodestrucción de las guerras civiles de religión: Etsi Deus non daretur. Precepto, por lo tanto, que es –históricamente hablando– la única auténtica e indiscutible raíz de Europa.

Nada nuevo, se dirá. Extra ecclesiam nulla salus es la piedra angular –desde hace siglos– de todas las exigencias "papistas". Tales exigencias, sin embargo, llevaban varios decenios puestas en sordina. La propia Iglesia parecía –no sin razón– avergonzarse de su pasado "constantiniano" y de sus anatemas contra la ciencia, el liberalismo, la democracia (dispuesta incluso a pedir perdón por algunas cosas). No se citaba ya el Sílabo sino el Concilio Vaticano II.

Desde entonces es como si hubiera pasado un siglo. Con el papa Wojtyła primero, y con el papa Ratzinger ahora (que fue el más estrecho colaborador de Wojtyła en la redacción de encíclicas cruciales como Veritatis splendor y Fides et ratio) los contenidos esenciales del Sílabo han vuelto a recobrar auge: la soberanía pertenece a Dios, un Parlamento –democráticamente elegido por los ciudadanos– que actúe contra la "ley natural" (por ejemplo con una ley que autorice el aborto, aunque sea de forma limitada) se convierte ipso facto en ilegítimo. Así lo manifestó Wojtyła en Varsovia, solemne de furor y de cólera, contra el Parlamento polaco (¡el primero libremente elegido tras medio siglo de comunismo!). El aborto como "genocidio de nuestros días", como un nuevo holocausto. Una mujer que escoge el drama del aborto es tan culpable como el soldado de las SS que arroja a un niño judío al horno crematorio. El mundo laico hizo como si no oyera o no comprendiera, subyugado por la fascinación mediática.

Ahora, tal actitud no resulta ya posible. Para quien pretenda buscar coartadas, el Papa alemán ha eliminado cualquier duda. O Dios o la soberanía popular. No deben tomarse como exageraciones polémicas. El razonamiento teológico-político de Joseph Ratzinger es compacto, lineal y –en su lógica confesional y dogmática– perfectamente coherente.

Veámoslo. La modernidad aspira a cimentar la existencia del hombre en el binomio razón + libertad, autónomamente, prescindiendo del Dios de la Iglesia. Pero de la "acción" del conocimiento (la ciencia baconiana) se pasa inevitablemente a la "acción" de la política, siguiendo una idea ilustrada de "progreso" como "superación de todas las dependencias". Libertad ilimitada, libertad perfecta "en la que el hombre se realiza hacia su plenitud". Ya sabemos cómo acabó todo (Robespierre y Stalin) y sabemos también por qué: el ateísmo como resultado de la Ilustración.

Por lo tanto "es necesaria una autocrítica de la edad moderna" que debe tener lugar "en diálogo con el cristianismo y con su concepción de la esperanza". El eufemismo "diálogo" no nos debe llevar a engaño: "sólo Dios puede crear justicia". Y, préstese atención, "no un dios cualquiera, sino ese Dios que posee un rostro humano y que nos ha amado hasta el final". El Dios/Jesucristo de la Iglesia jerárquica, de la Verdad consignada en los concilios de Nicea y Calcedonia, como ha sido remachado por el Papa alemán en su reciente libro best-seller.

Pero tal "concepción de la esperanza", según la encíclica, equivale ni más ni menos que a la certeza de la fe. El mundo, y en especial el Occidente que ha surgido de la modernidad, sólo puede escapar del estigma de la desesperación a través de "la apertura de la razón a las fuerzas redentoras de la fe, al discernimiento entre el bien y el mal". Obviando las perífrasis, pensando y actuando con obediencia a la moral católica. De la vida a la muerte, siguiendo todas las etapas de la sexualidad, y sin olvidar la investigación científica. Células estaminales, aborto, contraceptivos, institución matrimonial, educación escolar, interpretación del darwinismo, terapias del dolor, eutanasia: todo debe obedecer a la "ley natural", sinónimo puro y llano de la voluntad confesional de la Iglesia jerárquica.

Desde un punto de vista cultural, bastaría con responder al Papa teólogo que la modernidad, para empezar, no es fundamentalmente, como él pretende hacernos creer, Terror y Gulag, porque de las tres revoluciones "burguesas", de Cromwell, de los girondinos, de Jefferson, nació una forma de convivencia extraordinaria, hasta entonces desdeñada como utopía, la democracia liberal (cuyos principios pisotean, con demasiada frecuencia, los establishment de Occidente en sus acciones cotidianas). Y que Nietzsche y Marx, por no hablar de Bacon y de los ilustrados, no se parecen en absoluto al prontuario paródico pregonado en la Spe salvi.

Pero Joseph Ratzinger, a pesar de los indudables y prepotentes artificios académicos que animan su pluma, es un hombre de poder lo suficientemente desencantado como para saber que el peso de una encíclica no depende de su claudicante aleación cultural.

De ésta proporcionó, por lo tanto, una auténtica interpretación política al día siguiente, hablando frente a los representantes de las organizaciones humanitarias no gubernamentales (ONG) de matriz católica, al acusar a diversas agencias de la ONU de "lógica relativista" que niega "ciudadanía a la verdad acerca del hombre y de su dignidad, así como a la posibilidad de una acción ética fundada en el reconocimiento de la ley moral natural". A tal tendencia es necesario oponer los "principios éticos no negociables" de los que la Iglesia es depositaria.

Como puede verse, con su outing contra la ilustración y el autos-nomos democrático, el papa Ratzinger se postula explícitamente para el liderazgo mundial del fundamentalismo religioso, el no terrorista, obviamente. Su próxima intervención ante las Naciones Unidas, prevista para el 18 de diciembre, constituirá el acto oficial y solemne de todo ello. Confiemos en que, al menos ese día, "quien tenga oídos para oír, que oiga".

Paolo Flores d'Arcais es filósofo y director de la revista MicroMega. Su última obra publicada en español es El soberano y el disidente, Ed. Montesinos, 2006.

El País, 17-12-07

15 diciembre 2007

Matar en nombre de Dios



Pilar del Río

Matar en nombre de Dios es hacer de Dios un asesino, dice José Saramago. Calumniar, difamar, sembrar odios y azuzar rencores en nombre de Dios es hacer de Dios un canalla, añado con más modestia aunque con igual firmeza. Asesino, canalla. No son estos los adjetivos que se le suelen aplicar a Dios, pero si miramos hacia atrás, o incluso prestamos atención al ruido que nos circunda, son los calificativos que saltan primero porque, en nombre de Dios, de cualquier dios inventado por culturas u hombres, se han perpetrado y se perpetran los peores crímenes y las atrocidades más bochornosas. Tanto en el ámbito de lo público como en la esfera privada, donde la conciencia parece no bastarse y necesita recurrir a dogmas para evitar enfrentarse a la capacidad de decidir y de optar de acuerdo con la razón.

In nomine Dei es una pieza de teatro que refleja la irracionalidad supina que nos habita y en la que habitamos. Saramago, en esta obra, cuenta un hecho real: la matanza a la que con saña se aplicaron católicos, luteranos y anabaptistas en la ciudad de Münster en el siglo XVI, cuando, a cuenta de si el bautizo debería ser en la edad adulta –como defendían los anabaptistas– o al nacer, como reclamaban los católicos, entraron en una espiral de violencia y delirio que acabó convirtiéndolos a todos en bestias nefandas, en torturadores, en perturbados que no inspiran ni lástima ni compasión sino el más profundo desprecio, pese a los sufrimientos padecidos, pese al número de víctimas que se dejaron llevar al matadero seguras de obtener el paraíso, sin darse cuenta de que tal acto de coraje, el de morir cuando no era su hora, el de matar, pese a estar prohibido, ponía a Dios, que era el mismo para unos y para otros y para todos un verdugo, en un segundo dilema: a quiénes recibiría como suyos, a quiénes condenaría al fuego eterno o salvaría para siempre. No sabemos cual fue la lógica de Dios ni para el caso importa: lo definitivo es que las miles de personas que murieron sacrificadas en Münster por una causa religiosa entorpecieron aun más la idea de Dios en el mundo. Y así hemos llegado hasta hoy.

Cuando Saramago escribió In nomine Dei dos aviones de pasajeros no se habían estrellado contra las Torres Gemelas de Nueva York, ni se habían puesto unas bombas en los trenes de cercanías de Madrid. Tampoco, con un nombre apocalíptico creado por un lince del Pentágono, se habían destruido los escombros que otros habían dejado en Afganistán y en Irak los niños podían ir a las escuelas sin que explotaran bombas de extrañas composiciones y la leucemia no era esa plaga que te espera en la sangre si consigues llegar a casa con el cuerpo intacto. En el 1993, cuando Saramago escribió esta obra, unos religiosos fanáticos no habían hecho de Alá un asesino de personas con nombres y retratos en nuestra memoria, ni unos cristianos de no sé qué confesiones financiaban, en países que son cercanos, porque el planeta tiene dimensión humana, operaciones petroleras y de otras índoles con una moneda en la que invocan a un Dios, al que así convierten, mientras nadie lo remedie, en testigo de todas los tráficos que se realicen con el papel que lleva estampado su nombre.

In nomine Dei no es un panfleto ni un sermón laico, es una obra literaria en la que un humano ha expresado su mejor condición, que es la de pensar. Y por pensar, sentir compasión de quienes, cada día, por asumir unas creencias que ellos califican de divinas, consideran que los demás son reos de culpa, seres ajenos al paraíso. Saramago sabe que hemos construido edificios admirables y cárceles donde encerrarnos a nosotros mismos y a los demás. Y hacemos eso en nombre de Dios como si tal fuera un eximente. No lo es. El mundo está poblado de guerras y no por seres humanos. Cada cultura quiere imponer su norma y cada persona, sobre todo las que se creen señaladas, intentan introducir sus códigos en otros. Pobre de ti si te quedas fuera: te matarán o te reducirán a la nada. Inventaron a Dios para machacar con más ahínco. Y se cargaron, los que en nombre de Dios reprimen, matan, imponen, ridiculizan o vejan, la idea de un ser supremo acogedor de todos, sea cual sea nuestro color, usos, costumbres o ritos. Quizá esa idea hubiera sido buena y humana, lo malo es que no se le ocurrió a nadie. Por eso las religiones no son aliadas de la humanidad, y sí un estorbo en el proceso de humanización al que no acabamos de llegar.

El País, 12-12-07

11 diciembre 2007

¿De vuelta al anticlericalismo?


Juan Goytisolo

El distanciamiento de la agonizante dictadura franquista por la jerarquía ecle­siás­tica y su discreta adaptación a los nuevos aires conciliares de Juan XXIII y Pablo VI, manifiestos en su conformidad al rumbo político de la Transición y en la relación fluida con el Gobierno de Felipe González por el cardenal primado Enrique Tarancón y una mayoría de los obispos, me indujeron a creer, con un exceso de optimismo, que mi anti­clericalismo de juventud, forjado por la muy poco santa alianza de la Iglesia y el Régi­men, pertenecía al pasado.


Nadie era ya anticlerical en el ámbito intelectual de la izquierda francesa en la que me eduqué cuando dejé al fin la España franquista por un mundo mejor, menos ma­niqueo y más vasto, por la sencilla razón de que, tras la tormentosa separación entre la Iglesia y el Estado republicano en 1905 –objeto de la iracunda reacción de Maurras y de L'Action Française, la primera se ocupaba de sus fieles y el segundo de los ciudadanos. Había, pues, dos espacios rigurosamente delimitados y sin interferencias recíprocas: los laicos convivían con la Iglesia y ésta no se entrometía en los asuntos de la República.


Pero Francia es Francia, y España, ay, España. La tenaz y corrosiva nostalgia del Episcopado actual de los buenos tiempos del nacionalcatolicismo y de la bendita Cruza­da que nos salvó del laicismo republicano y de la conjura judeomasónica y comunista se encarga de recordárnoslo.


En los felices ochenta del pasado siglo no prestaba demasiada atención a la invo­lución doctrinal que se gestaba en los pasillos y sótanos del Vaticano desde la elevación a la silla de Pedro de Juan Pablo II. Estratega eficaz –artífice esencial, como sabemos, de la caída de los regímenes prosoviéticos de la Europa del Este–, Wojtyła era un adep­to intransigente de la doctrina consagrada por la Iglesia con anterioridad a sus dos pre­de­cesores. La evolución democrática de la sociedad hispana le inquietaba en extremo y, según me refirió un alto cargo de nuestra diplomacia, había pedido a un grupo de monji­tas españolas, en vísperas de su entronización, que rezaran mucho por España porque su cardenal primado ¡era comunista!


Si los ocho años de Gobierno de Aznar pusieron un bálsamo providencial a su desasosiego respecto a la paulatina dispersión del rebaño de creyentes en la Península, la elección del actual presidente disparó todas las alarmas. Pocas semanas antes de su fallecimiento, la prensa nos informó de que el santo varón preguntaba obsesivamente a sus visitantes: "¿Qué hace Zapatero?". La ansiedad por la salvación del alma de nuestros paisanos le acompañó así, dolorosamente, hasta la tumba.


El giro a la derecha pura y dura se ha acentuado aún tras la elección de Ratzinger al solio pontificio. El retorno a las concepciones tradicionales del catolicismo más carca, tanto en el área doctrinal –resurrección del latín y del infierno de Pedro Botero con el plus de una llamativa e inmisericorde desprogramación del limbo– como en la sociedad –condena de anticonceptivos, aborto, divorcio, ley de parejas, matrimonio homosexual, etcétera–, ha abierto las compuertas de la frustración acumulada por el sector más reac­cionario de la jerarquía española desde que la Constitución española de 1978 dio fin a su intervencionismo opresivo en los asuntos públicos y a su monopolio en la gestión económica y moral de las almas.

No pudiendo perseguir a cuantos disienten de ella ni bendecir a quienes antes los fusilaban, asume el papel de perseguida en unas pastorales dignas de Radio Burgos y sus vociferantes consignas. Una asignatura tan anodina como la de la Educación para la Ciudadanía suscita alarmas apocalípticas por parte de Rouco Varela, Cañizares y de sus portavoces de la Cope. Tras el "España agoniza" la invita­ción a orar por la descarriada Monarquía y el imperturbable respaldo a los insultos y mentiras de la emisora episcopal, la beatificación masiva por Benedicto XVI de 498 fieles asesinados por los extremistas del campo republicano durante la behetría reinante en las primeras semanas de la Guerra Civil –mientras se excluye de tan divina gracia a los sacerdotes vascos ejecutados por el Ejército de Franco–, muestra la beligerancia san­ta de una Iglesia que no ha aprendido nada de los abusos y atropellos que cometió a lo largo de su historia ni renunciado a unas políticas que vulneran la legalidad y contradi­cen su presunto magisterio.


En unas andanadas contra una asignatura que homologa a España con los países democráticos europeos, ni la Santa Sede de Benedicto XVI ni los cardenales integristas que son su punta de lanza, tienen en cuenta la diferencia existente entre educación y adoctrinamiento. La Iglesia de Roma, como su envidiado y temido rival, el wahabismo islámico, no muestra ningún interés por la primera y se vuelca del todo en el segundo: en ese lavado de cerebro del rebaño que apacienta y guía con mano firme al redil, y so­bre el que extiende un manto protector de la mortífera contaminación laicista.


Pues lo que se trasluce hoy tras el encubrimiento por la Cope y medios afines de todas las false­dades e insidias en torno al origen de los atentados del 11-M y la extravagante petición de Esperanza Aguirre a don Juan Carlos de "un tratamiento humano" a Federico Jimé­nez Losantos, es el afán irreprimible de volver a los tiempos de la alianza entre el Trono y el Altar, o entre el Caudillo y el Altar que la restablezca en la plenitud de su imperio y de sus privilegios mundanos.


Todo ello me inclinaría a recuperar el militante anticlericalismo juvenil si la reac­ción de muchos católicos de base y de algunos sacerdotes privados por la jerarquía de la facultad de administrar los sacramentos no me permitiera establecer una distinción entre quienes se esfuerzan en mantenerse en sintonía con la sociedad y los que, como reza el reciente manifiesto de Redes Cristianas, han "emprendido una carrera para con­quistar el poder a cualquier precio".


El anticlericalismo del siglo XIX y del primer tercio del siguiente, prolongado en España por la dictadura franquista, debería pertenecer al pasado. Es lamentable que la conducta actual de la Iglesia nos empuje a volver a él.

El País, 11-12-07

09 diciembre 2007

El puente de la Inmaculada


Salvador López Arnal

En una de sus últimas publicaciones, Daniel C. Dennett 1, uno de los más grandes filósofos analíticos vivos, el celebrado autor de La peligrosa idea de Darwin, sostiene que decir que la religión es natural en contraposición a sobrenatural, como él mismo escribe en el subtítulo de su ensayo, es afirmar que es un fenómeno humano compuesto de organismos, objetos, acontecimientos, estructuras, patrones,…todos los cuales responden a leyes conocidas de las ciencias físico-químicas y de las ciencias biológicas, y que, por ello, no evocan, en principio, milagro alguno para su explicación aunque algunos de los acontecimientos estudiados pueda llevar esa etiqueta taxonómica. Eso, prosigue Dennett, es exactamente lo que él tiene en mente al hablar de una aproximación a la religión como fenómeno natural. Puede ser que Dios exista, admitámoslo, que Dios, un Ser sobrenatural sin duda, sea nuestro amoroso creador, un ser máximamente inteligente, bondadoso y consciente, pero, aunque así fuera, la religión en sí misma 2, es decir, en tanto conjunto de fenómenos complejos es un fenómeno perfectamente natural, no sobrenatural, añadiendo Dennett:
Nadie pensaría que escribir un libro titulado El deporte como un fenómeno natural o El cáncer como un fenómeno natural implica asumir el ateísmo. Tanto el deporte como el cáncer son ampliamente reconocidos como fenómenos naturales, no como fenómenos sobrenaturales, a pesar de las ya conocidas exageraciones de sus promotores.
¿Exageraciones de sus promotores? Dennet cita como ejemplos, por no mencionar los anuncios de investigaciones y clínicas que pregonan otra “milagrosa curación del cáncer”, dos pases para la anotación del fútbol usamericano conocidos con los nombres de “Ave Maria” y “La Inmaculada Recepción”. El pase o la “jugada de Ave María” (Hail Mary Pass), señala el traductor en nota, consiste en un esfuerzo de último minuto por el que el balón del juego es lanzado desde una larguísima distancia sin casi ninguna probabilidad de ser recibido por otro jugador en la línea de meta. El nombre de la jugada proviene de que, al ser tan improbable, los jugadores del equipo que intenta la proeza rezan por la intervención de la Virgen María. Acaso, admitámoslo, los jugadores del equipo contrario recen por la no intervención o confíen, alegremente pero con razones atendibles, en los teoremas de la probabilidad y en las leyes de la física.
“La Inmaculada recepción” es el sobrenombre con que se conoce la jugada de los Steelers de Pittsburg en contra de los Raiders de Oakland. La increíble jugada los llevó a la victoria en la final de la AFC de 23 de diciembre. Fue en 1972. Estamos ahora en 2007. Pero no celebramos hoy la extraordinaria jugada de la Inmaculada Recepción sino el día de la Inmaculada concepción. ¿Qué celebramos y por qué?
El puente que se suele celebrar en España por estas fechas tiene sus anclajes en los días 6 y 8 de diciembre. El 6 recuerda el día en que la ciudadanía aprobó de forma mayoritaria, pero con una abstención significativa 3, la actual Constitución española. Fue en 1978.
El 8 es una fiesta religiosa. Es el día en el que se recuerda la proclamación por dogma de fe de la concepción Inmaculada de la naturaleza de María, la madre de Dios. Lo estableció un Papa, Pío XI.
En años de la transición, se intentó que la Iglesia católica aceptase otro día y motivo de celebración, religioso por lo demás. No se consiguió. Con los símbolos de la Iglesia católica, apostólica y romana, española además, no se juega. Es difícil persuadirles razonablemente, sin otros procedimientos persuasivos, que ceden un milímetro sin pérdida en cualquier circunstancia. ¿Trasladar a otra día un día religioso de celebración tan esencial como éste de la Inmaculada? Pero ¡qué se habían creído estos laicos, agnósticos, ateos y anticlericales!
El empresariado español, algunos sectores, se quejaron en su momento, acaso por descoordinación, o conflicto de intereses, con el poder fáctico eclesial. Muchos días de fiesta, un largo puente cercano a las fiestas de fin de año, disminución de la productividad y de los resultados, demasiada relajación obrera insistían. España no puede permitirse esos lujos. Ellos si, desde luego. Más tarde ya se sabe: silencio contenido en sus reclamaciones. Consiguieron lo mismo por otros medios. Otro efecto de la contrarrevolución capitalista de estas últimas décadas. Éxitos en los negocios de la diversión, y más beneficios y, si se me permite, alienación y canibalismo consumista 4, conversión de días festivos en días laborables, con algún extra caritativo. En un supermercado cercano a donde vivo, y es norma en otros también, abrieron el 6 por la mañana y abrirán en la mañana del 8. Los trabajadores y trabajadoras, algunos de ellos cuanto menos, acaso más de la mitad de la plantilla, han tenido jornada laboral normal continuada el 6 o el 8, o el 6 y el 8. El 7, desde luego, fue día laborable. Así, pues, sin puentes, como quería la patronal de extrema derecha dirigida por el señor Cuevas quien, misterios abisales de la larga transición española, asistió recientemente al merecido homenaje a Marcelino Camacho 5.
Decíamos que el 6 era el día de la actual Constitución española. En el título I, “Derechos y deberes de los españoles”, artículo 16, se “garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y las comunidades sin más limitación, en sus manifestaciones, que la necesaria para el mantenimiento del orden público protegido por la ley”. Se afirma a continuación que “Nadie podrá ser obligado a declarar sobre su ideología, religión o creencias”, cosa que no siempre ocurre, y, finalmente, en el aparado 16.3, se sostiene que “ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones”. Que este último apartado del artículo 16 sea totalmente consistente en su formulación no es cosa que se imponga con la obviedad con que aceptamos que el siguiente natural de 2 es 3, pero en todo caso, destaquemos ahora, se afirma en la primera parte de 16.3 que ninguna confesión religiosa tiene carácter de confesión de Estado. El Reino de España (¡qué cosa! ¡qué sonidos!) acaso no sea laico, dadas esas extrañas relaciones de cooperación con la Iglesia Católica 6, institución que además está subordinada por acuerdos con un Estado extranjero, pero en cualquier caso, constitucionalmente, no es o no debería ser un Estado confesional. Y este carácter no confesional debería reflejarse en símbolos, instituciones y en fiestas ciudadanas. El día 8 es una de ellas. ¿Qué celebramos el 8 de diciembre? Veámoslo.
Un gran economista matemático, filósofo y activista ciudadano Alfons Barceló 7, hacía recientemente un magnífico relato de la celebración. Recordaba Barceló que la sesión inaugural de las Jornadas que se estaban celebrando en recuerdo de Manuel Sacristán se habían realizado en el Paraninfo de la Universidad de Barcelona, el cual está presidido por un cuadro que representa la Purísima Concepción. Hacía entonces un año, el 22 de noviembre de 2004, a las 19 horas, había tenido lugar en ese mismo Paraninfo la segunda sesión de los actos conmemorativos del 150 aniversario de la proclamación de la Concepción Inmaculada de María. En una Universidad pública, en la Universidad de Barcelona.
¿Y qué sostiene esa concepción sobre la naturaleza de la madre del Jesús? La creencia generalizada es que el asunto describe el supuesto embarazo virginal de María. Pero en realidad se trata de algo diferente. Se trata de que María, no Jesús, ha sido concebida sin pecado original.
Barceló recordaba algunos elementos de la larga historia de esta, digamos, doctrina teológico-antropológica. En las Cortes de Cataluña celebradas en Barcelona en 1454-1458, se decretó pena de perpetuo destierro contra quienes combatiesen el misterioso misterio. Entre 1496 y 1497 la Universidad de París estableció la obligación de jurar y defender perpetuamente el misterio de la Inmaculada para todos sus doctores, y la no admisión a los grados en dicha universidad a los que no hiciesen tal voto y juramento. Valencia fue en 1530 la primera Universidad en España en fijar parecidos requisitos. El 8 de diciembre de 1854, Pío IX, rodeado de 54 cardenales, 42 arzobispos y 98 obispos, y ante una muchedumbre de unas 50 000 personas, en la gran basílica de San Pedro de Roma, definió “que la doctrina de que la Bienaventurada Virgen María en el primer instante de su Concepción, por singular gracia y privilegio de Dios Omnipotente, en atención a los méritos del Salvador del género humano, Jesucristo, fue preservada inmune de toda mancha de culpa original, ha sido revelada por Dios, y por tanto debe ser firme y constantemente creída por todos los fieles”.
La bula Ineffabilis se publicó ese mismo 8 de diciembre de 1854. Así, pues, la madre de Dios, desde el comienzo de su existencia, desde que fue concebida, había sido preservada del pecado original que afecta a todos los descendientes de Adán por la carencia de gracia que deberían poseer al venir a su existencia, carencia de gracia motivada por haber roto el mandamiento divino de no comer del árbol prohibido. Es decir, por haberse rebelado contra una prohibición movidos por el peligroso gusanillo del saber.
La proclamación por dogma de esta concepción de la naturaleza de la Virgen María era necesaria, bajo presupuestos internos, ante la probable contradicción de su característica de Madre del Hijo y su naturaleza humana de descendiente de Adán y portadora, por tanto, de pecado, de ausencia de gracia.
Salvada la probable inconsistencia doctrinal católica por Pío XI, queda acaso apuntar otra de naturaleza muy distinta: ¿Es consistente que una sociedad regida por una Constitución no confesional celebre como fiesta ciudadana el día de la proclamación como dogma de fe, y de su edición en Ineffabilis, de un asunto estrictamente teológico cuyo interés, lógico, teológico, tiene aristas estrictamente religiosas o, si se quiere, de preferencia por la consistencia lógica?
¿Nos podemos imaginar qué se diría si un Estado socialista celebrase como fiesta ciudadana el día de la primera edición del primer volumen de El Capital? ¿Nos lo podemos imaginar? Seguramente no. Pero, por otra parte, teniendo en cuenta contenidos científicos contrastados, y sin que eso signifique otorgar cientificidad a todos sus pasos, ¿no habría más motivos en el caso de El Capital que era, además, según subtítulo, y no es poco, crítica de la economía política?
1 Danel C. Dennett, Romper el hechizo. La religión como fenómeno natural. Katz ediciones, Buenos Aires, 2007, pp.45-46 (traducción de Felipe De Brigard).
2 Es destacable el uso hegeliano-marxista de la expresión por parte del filósofo analítico Dennett.
3 Rondó, si no recuerdo mal, el 40%. Grupos nacionalistas, anarquistas y de izquierda comunista, por diferentes motivos, fueron algunos de sus promotores. También, si no ando errado, no se trata de negarlo, grupos de la extrema derecha española que se movieron entre el NO y la abstención.
4 Sobre este punto, cualquiera de los trabajados recogidos en: Santiago Alba Rico, Capitalismo y nihilismo. Dialéctica del hambre y la mirada. Akal, Madrid 2007. En mi opinión, uno de los mejores libros de filosofía publicados en España en estos últimos años. Si hubiera justicia intelectual, firme candidato para el Premio Nacional de Ensayo (incluso de Narrativa)
5 Otro argumento razonable en contra de los efectos culturales de los pactos de la Moncloa y de la columna vertebral del gran pacto de la transición: si un individuo con el historial del señor Cuevas acude sin ninguna vacilación y sin ninguna critica conocida y extendida al homenaje ciudadano al gran sindicalista, rojo, entregado, resistente, encarcelado, el compañero Marcelino Camachado es que, entre todos, algunas cosas hemos hecho rematadamente mal. ¿Es posible rozar, tocar, alcanzar algún tipo de hegemonía, tal como quería Antonio Gramsci, con estas celebraciones en las que todo monte es orégano democrático?
6 Téngase en cuenta, además, los acuerdos del Concordato cuya legalidad sin tacha está, no sin razón en discusión permanente.
7 Véase su “Extremista discreto” en S. López Arnal e I. Vázquez Alvárez (eds), El legado de un maestro. Papeles de la FIM, Madrid, 2007.

AFRANCESADOS

A los que ya nos gustaba la «grandeur de la Françe», su cultura, su «savoir faire» aunque a veces detestemos ese chauvinismo que nos deja fríos, aunque he de reconocer que en otras ocasiones me entusiasma ver cómo una nación hace suyos a los héroes extraños y hasta recupera la memoria histórica a través de ellos, como sucedió con el guerrillero luanquín Cristino García Granda, fusilado por el franquismo allá en los años 1946 y a cuyo homenaje luego se juntaron miles de personas en París, y a quienes los franceses le concedieron el privilegio de otorgarle varias de sus patrias calles, aquélla que después de todo supo acoger a tantos exiliados.

Ahora que el patriotismo americano lo arrasa todo con tal de imponer su voluntad e interés estratégico en lo político y en lo económico, pasándose por la entrepierna la ética política y humanitaria, la Corte Internacional y las propias resoluciones de la ONU, ¡pues que le den! Ahora que el Sr. Aznar se ha pasado al bando yanqui, que ha apostado por la cultura del «Reader Digest» y la comida rápida, pasando de culturalismos y de pasados históricos, y ha empezado a chapurrear en anglo-yanqui, comenzando a hacer las mismas tonterías políticas y sociales que su amigo Bush, ¡que paren este tren que me bajo en la próxima!

Cuando los obispos españoles y la iglesia entera ha perdido su capacidad de trasmitir la fe, la comunión de las iglesias y encandilar a los suyos en la construcción de un nuevo espíritu, y en cambio ha optado por tirar de tiara, báculo y presión optando por los ultrasur, haciendo de la Iglesia la casa de los «kikos» y los «neocatecumenales» que se van imponiendo por acción y devoción del caballo de troya cántabro que nos van inundando en pueblos y parroquias de tales concepciones, aunque alguna que otra pintada se va ganando al respecto.

Pues eso, viva la madre Francia. Cuando en España es imposible tocar una Constitución, y en Europa es toda una realidad con la cual la jerarquía católica y sus compañeros de viaje juegan a cambiar intereses para meter de rondón en la nueva Constitución europea, el tema pancristiano, católico y romano como herencia, hasta han tenido la suerte de que todo ello se pueda firmar en Roma en vez de Francia. ¡Que vamos a decir!

Ante todo ello qué quieren que les diga, al igual que los ilustrados liberales asturianos, yo me hago jacobino «un sans culotte» y voto y canto por la «grandeur» de Francia que aún predica con el ejemplo sobre su ética política y cultural, como bien nos recordaba no hace mucho el profesor Cuenca Toribio en el Ateneo Jovellanos, hablando y filosofando sobre la coherencia de la postura de Francia en Irak.

Una nación donde su concepto laicismo debía ser una marca de referencia, para la escuela, para los políticos, etcétera. Concepción que llega incluso a la esencia de la propia masonería, a la cual desviste de esoterismos, cábalas y magias variadas, y cómo no iba a llegar ese «grandeur» a una acción cultural no de tan altos vuelos como el Instituto Cervantes, pero más ejemplar y popular y efectiva como es la Alianza Francesa, ante ello qué quieren que les diga, si algún día me pierdo que me busquen en Francia, en la rue Cadet bajo la triple enseña de «Libertad, igualdad y fraternidad», porque a buen seguro que como aquellos liberales asturianos yo también me habré convertido en afrancesado, y espero no ser tan tibio como alguno que luego pasó al servicio de su majestad británica.

02 diciembre 2007

Creyentes y no creyentes



Debemos ponernos de acuerdo sobre lo que una sociedad libre debe exigir a fieles y ateos

Timothy Garton Ash


Uno de los grandes debates de nuestra época versa sobre cómo lograr que individuos de distintas religiones, etnias y valores vivan juntos como ciudadanos de pleno derecho en unas sociedades libres. Ése es el hilo que tienen en común, cada día, media docena de noticias. El otro día, por ejemplo: una maestra detenida en Sudán por permitir que sus alumnos llamaran Mahoma a un oso de peluche; nuevos disturbios violentos en los barrios pobres y étnicamente mezclados de las afueras de París; las conversaciones de paz entre Israel y Palestina, con sus repercusiones en las relaciones entre musulmanes y no musulmanes de todo el mundo; un colegio judío de Londres criticado por insistir en que, para que un niño sea admitido, su madre debe ser judía de nacimiento; escenas de indignación en Oxford porque una sociedad estudiantil de debate ha dado la oportunidad de hablar a un personaje que niega el Holocausto.

La situación de los musulmanes en Europa constituye una parte significativa de este debate, pero es importante recordar que las cuestiones son mucho más amplias. En los últimos tiempos, la discusión sobre los musulmanes en Europa ha cristalizado en torno a unos cuantos personajes públicos, incluidas ciertas opiniones que se me atribuyen a mí. Esta personalización del debate contribuye a darle más visibilidad, pero también corre el riesgo de que se deshaga en oscuros callejones polémicos del tipo de "quién dijo o no dijo qué sobre quién". Seguramente es más útil dejar de lado a las individualidades, por el momento, y volver a formular algunos de los principios fundamentales de la posición liberal laica que yo propongo. Como es natural, no puedo detallarlos en un solo artículo –haría falta un libro–, pero he aquí unos cuantos elementos básicos.

Los musulmanes parten del islam. Los liberales parten del liberalismo. Yo soy liberal, de modo que mi origen está en el liberalismo; no en la parodia propagada por la derecha estadounidense, sino en el liberalismo debidamente interpretado como la búsqueda del máximo grado posible de libertad individual, siempre que sea compatible con la libertad de los demás. Creo que, ante los retos que supone una diversidad en aumento, los ciudadanos debemos ponernos de acuerdo y detallar con más claridad los principios fundamentales de una sociedad libre. Una forma de avanzar en este sentido sería una carta de los derechos y los deberes de los ciudadanos como la que propone el primer ministro británico, Gordon Brown.

Uno de esos principios fundamentales es la libertad de expresión, que se ha visto erosionada de manera alarmante por las amenazas de muerte de los extremistas y por la desacertada voluntad de apaciguarlos de antemano por parte de diversas instituciones públicas y privadas. La libertad de expresión incluye necesariamente el derecho a ofender; no el deber, sino el derecho. En especial, debemos ser libres de decir lo que queramos sobre las figuras históricas, se trate de Moisés, Jesús, Mahoma, Churchill, Hitler o Gandhi, y luego dejar que se contrasten nuestras afirmaciones con las pruebas documentales. Puede que no estemos de acuerdo con lo que digan quienes quieren levantar controversias sobre estas figuras, pero debemos defender hasta la muerte su derecho a decirlo. Por motivos obvios, debe haber límites a lo que se puede decir sobre personas que aún están vivas, pero deben ser unos límites muy precisos.

Otro principio fundamental del liberalismo es la igualdad ante la ley, que incluye la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Otro es la libertad religiosa. Como una de las ideas liberales por excelencia es que debemos ser libres -no sólo de perseguir nuestra propia versión de lo que es una buena vida, sino de cuestionarla y revisarla-, se deduce que debemos ser libres para propagar, poner en tela de juicio, cambiar y abandonar nuestra religión. En una sociedad libre, el proselitismo, la herejía y la apostasía no son delitos. Eso es algo, especialmente en el caso de la apostasía, que muchas versiones tradicionales del islam –para no hablar de las extremistas– no aceptan, pero es una idea liberal fundamental a la que no podemos renunciar.

Para garantizar estas libertades necesitamos una esfera pública laica. ¿Pero a qué nos referimos exactamente cuando decimos eso? Si hablamos de "los valores de la Ilustración", hay que preguntar: ¿qué Ilustración? ¿La Ilustración de John Locke, que reivindicaba la libertad religiosa, o la de Voltaire, que aspiraba a que estuviéramos libres de religión? (simplifico deliberadamente una historia más compleja). ¿Un orden liberal en el que los devotos de todos los dioses tengan libertad para intervenir en la vida pública, en igualdad de condiciones con quienes afirman –a mi juicio, con razón– que no existe Dios? ¿O un orden liberal en el que se mantenga a todos los dioses lo más lejos posible de la plaza pública? (El término republicano francés de laicité se aproxima más a la segunda modalidad, y la tradición de la primera enmienda estadounidense, a la primera). Yo me inclino más hacia Locke, pero no creo que convenga realizar este debate en el nivel abstracto y teórico de ¿qué Ilustración? Es mejor abordar aspectos concretos: escuelas religiosas, nuevas mezquitas, la enseñanza de la evolución, el hiyab, las caricaturas de Mahoma, y así sucesivamente.

No obstante, lo que sí debemos dejar más claro es la diferencia entre el laicismo y el ateísmo. En mi opinión, el laicismo debería consistir en una discusión sobre las normas para una vida social y pública común; el ateísmo es un debate sobre la verdad científica, la liberación individual y la esencia de una buena vida. El debate actual sobre el islam está pervertido por una confusión entre las dos cosas. Los ateos deben tener derecho a decir a los musulmanes, cristianos y judíos: "Seríais mucho más libres de mente si abandonarais vuestra ridícula fe en Dios". Y los creyentes deben tener derecho a contestar: "Tendríais un sentido más profundo de la libertad personal si tuvierais fe". Ahora bien, ninguno puede imponer su postura al otro ni convertirla en condición indispensable para participar como ciudadano en una sociedad libre. El debate político sobre la libertad para la religión y el debate personal sobre la libertad de religión o de la religión tienen que producirse en planos distintos.

Esa distinción, por supuesto, perdería valor si ser un musulmán devoto fuera verdaderamente incompatible con ser un ciudadano de pleno derecho en una sociedad libre. Me da la impresión de que eso es lo que creen varios de quienes participan en el debate actual, tanto ateos como cristianos, aunque no suelen decirlo con todas las letras. Pero la idea asoma una y otra vez: por ejemplo, en la fórmula de que "el islam es incompatible con la democracia". Sin embargo, yo, que no soy musulmán, no tengo más remedio que coincidir con el autor Edward Mortimer, que en su estudio sobre la política del islam, Faith and power, llegaba a la conclusión de que no existe un islam único e inmutable –"no hay más que lo que oigo decir y veo hacer a los musulmanes"–. Lo que dicen y hacen los musulmanes, en nombre del islam, ha variado enormemente a lo largo de la historia, y sigue variando hoy día. Están el Corán y el Hadith (tradiciones orales sobre la vida y enseñanzas de Mahoma), desde luego, igual que está la Biblia. Pero, como en todas las grandes religiones, se trata de textos complejos, sujetos a diversas interpretaciones.

Cuando, esta semana, en The Guardian, un musulmán escribía una carta en la que decía, apoyándose en referencias del Corán, que el islam, debidamente interpretado, apoya "el principio crucial de la libertad de expresión", ¿qué interés podemos tener los liberales no musulmanes en discutirle esa afirmación? Si un cristiano apoya el imperio de la ley, tal como lo entendemos en un Estado liberal y laico del siglo XXI, no se nos ocurre gritar: ¡pero tu Antiguo Testamento dice "vida por vida, ojo por ojo, diente por diente!". A no ser que los intereses ateos –demostrar que la religión no sólo es una tontería, sino una tontería peligrosa– puedan más que los intereses laicos liberales, que consisten en ver cómo puede convivir gente de distintas creencias en paz y libertad.

Se me acaba el espacio, y no he hecho más que empezar. Hay mucho que decir todavía. Todos los comentarios serán bien recibidos, y seguiremos con esta conversación tan importante.

El País, 2-12-07