28 abril 2007

Educación para la Ciudadanía: ¿cuál es el problema?

El autor estima que la oposición a la asignatura de Educación para la Ciudadanía esconde el deseo de que la educación en los valores morales dependa de las familias y no del Estado, lo que critica por considerar que es un intento de recortar las funciones de éste



Qué es Educación para la Ciudadanía (EpC). EpC es una materia que la LOE, Ley Orgánica de Educación en vigor el próximo curso, implantará en Primaria, Secundaria y Bachillerato. En 6.º de Primaria, dotada con 1,5 horas semanales, y en Secundaria, en 3.º de ESO, 1 hora. Tanto la de 6.º de Primaria como la de 3.º de ESO se llamarán Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos» (EpCyDH); la de 4.º llevará por nombre Educación Ético-cívica (EEC), con 0 horas de dotación, puesto que se incorpora a la ya existente Ética (2 horas), y en Bachillerato también con 0 horas, ya que se introducirá en el temario de Filosofía (3 horas) de 1.º de Bachillerato. Fuera del Principado de Asturias, en otras comunidades, hay variantes: la de 6.º de Primaria y la de 3.º de ESO pueden impartirse en cursos inferiores, y también el número de horas puede diferir según márgenes establecidos -más bien a la baja-.

El Ministerio de Educación determina, de este modo, que a lo largo de la enseñanza no universitaria se reciba una instrucción que forme a los alumnos como ciudadanos, con un mínimo de horas que no puede ser más ínfimo. ¿Es esto bueno o malo? ¿Pertinente o improcedente? ¿Posible o irrealizable? Y antes, ¿por qué está levantando tanta polémica?
Levanta polémica por cuatro razones. Por una razón ideológica de corto vuelo, por una razón política de influjo profundo y por razones técnicas al tener que hacerse un hueco horario nuevo en los planes de estudio. Y como consecuencia de esta triple problemática, levanta polémica por la confusión de ideas consecuente que se entrevera en la ininterrumpida pugna ideológica por el poder. De ahí que la necesidad más perentoria sea clarificar los términos del problema. La polémica ideológica de corto vuelo, de cortos intereses, surge al calor del enfrentamiento endémico de los dos partidos mayoritarios de este país. Las leyes de educación siguen utilizándose como armas electorales antes que con criterios de Estado: cambian a bandazos siguiendo el ciclo de la alternancia en el poder. Y así estamos: la LOE que deroga la ley anterior del partido oponente, la cual derogaba otra anterior del contrincante, que venía a derogar otraÉ ¿quizás porque España no tiene todavía un modelo educativo laico e independiente, desligado de ciertas fuerzas morales que ponen sus intereses particulares por encima del interés general? Pero esto no nos aclara todavía si la EpC es buena o mala.

La EpC levanta también polémica por una razón política de influjo profundo, en concreto por una razón político-religiosa. En teoría no hay ya un enfrentamiento entre el Estado laico y la confesión religiosa tradicionalmente mayoritaria, pero de hecho tenemos ante nosotros, al parecer, resabios de toda una historia que se vuelve difícil de superar o de transformar. La Iglesia católica tiene la solera de siglos, pero la falta del apoyo mayoritario de la sociedad española en la actualidad. El catolicismo contiene para los españoles muchos y numerosos valores insertos en los esquemas culturales y en las costumbres, pero el modo de poder político-moral institucional que representa la Iglesia católica no conecta ya con la población mayoritaria española ni con las nuevas necesidades. Aunque seamos un país culturalmente católico, ya no somos mayoritariamente católicos practicantes y tampoco apostólicos y romanos. Esta es la radiación de fondo, problemática, aunque técnicamente entre la asignatura de Religión y la EpC no hay ninguna confrontación esencial. En todo caso, la misma que puede darse con el resto de las materias, en cuanto compiten por un espacio horario. Si planteamos el problema en términos de derechos, entonces de lo que debería tratarse es de dar el debido cauce a la demanda de enseñanza religiosa confesional sin que ello supusiera imposición alguna para el resto.


En el esquema de la LOE, la asignatura de Religión ha quedado bien parada, con 15 horas semanales listas para poder atender las necesidades formativas religiosas de los alumnos que lo demanden (9 horas en Primaria, 5 en Secundaria y 1 en Bachillerato). Pero este derecho todavía no se ha deslindado con toda justicia, porque se soluciona provocando otro problema: para que la asignatura de Religión se desarrolle como la LOE ha previsto, el resto de la población española que no demanda religión confesional deberá entretener esas 15 horas de algún modo imaginativo (con Historia y Cultura sobre las Religiones -alternativa, no se olvide- y para los que no quieran esto con aquello que cada Centro estime oportuno y no discriminatorio), ¿en nombre de que pueda realizarse la libertad religiosa de los católico practicantes y de que se dé una efectiva igualdad con el resto?




El resto ha de transigir. Si con ello quiere apelarse a la necesidad de instrucción en cultura religiosa, lo que se derivaría de ahí sería una materia general, no confesional, científica, impartida por profesores adecuadamente titulados y dependientes del Ministerio de Educación y en ninguna medida de los obispados. Para ello habría que elaborar un nuevo concordato, con el Estado romano. En realidad, la solución de las rivalidades que se crean entre distintos modelos morales particulares (católicos, islámicos, budistas, escépticos, agnósticos, ateos, etcétera) quedaría solucionada al situar la enseñanza religiosa confesional fuera del horario escolar general, en sus lugares apropiados (iglesias, mezquitas,É), si bien sería justo que la religión mayoritaria española pudiera ser canalizada con acuerdos específicos para usar los espacios públicos de las instituciones civiles, en coherencia con una tradición que aún pueda seguir viva. Pero dar cabida a todas las confesiones religiosas dentro del presupuesto educativo supone una mala aplicación de la libertad religiosa (concepto del siglo XVII), puesto que ésta se sobreentiende desde el siglo XIX circunscrita al ámbito de lo privado, sin perjuicio, claro, de que puedan expresarse públicamente como una fuerza moral más, realmente existente.

Libertad a canalizar en los derechos morales: basados en la pluralidad; pero no libertad capaz de torpedear los derechos políticos: basados en la unidad de cada sociedad política. Como este fragor de cuestiones es lo que está en la trastienda de nuestra historia, ciertos grupos extremistas católicos están planteando una objeción de conciencia frente a la EpC. ¿Por qué? Porque, según ellos, la educación en los valores morales ha de depender de las familias y no del Estado. Estamos entonces ante un intento de recortar las funciones del Estado que tiene como objetivo buscar un común denominador en materia de deberes y de derechos (a la sanidad, a la enseñanza, etcétera).

Y estamos ante un intento de definir la moral según una visión interesada. ¿Si hace décadas había un coloreado moral católico común que daba unidad a nuestra cultura, no ha de educarse ahora en ese abanico común de valores cívicos que son imprescindibles? Si hasta ahora no se había concretado una asignatura formativa en ciudadanía era porque se presuponía que estaba funcionando diluida en todas partes. A mi entender, apostar por un modelo transversal, no directo, supone correr los riesgos de una sombra, que no tiene solidez. Ya sabemos que la educación es cosa de la «tribu» entera y no sólo de la escuela, pero es en la escuela donde ha de cuajar, junto a la educación familiar.

Asegurados los valores generales compartidos, la familia y la propia responsabilidad de cada sujeto tendrán, por su parte, todo un campo propio de intensificación, de modulación o de superación de lo que pueda entenderse escolarmente por educación moral. Damos por bien establecido que los contenidos de cualquier educación en ciudadanía han de ser un objetivo obligado para una sociedad. Y si no tienen una asignatura todavía es porque se supone ya establecido en múltiples intersticios. España y el conjunto de la Unión Europea parece que apuestan por esta nueva materia escolar. Entonces, lo que pueda tener de malo la EpC no ha de extraerse ni de la lucha de la rivalidad parlamentaria ni de la neurosis de algunos grupos extremistas católicos que no quieren renunciar a las prebendas, sino de los contenidos y de las condiciones de existencia de esta materia.




Los contenidos de estas nuevas asignaturas quedan definidos en España insistiendo en los valores de la libertad, de la igualdad y de la justicia, y en el conocimiento de las normas e instituciones comunes desde un enfoque que se pretende plural, abierto y crítico. Su desarrollo concreto dependerá de la pericia de los profesores. ¿Algo que alegar sobre estos valores? El gran problema de la EpC viene dado por sus insuficientes condiciones de existencia.

El problema es que debería haber «más ciudadanía». Una asignatura dotada de un horario tan exiguo será relegada por el alumno y secundaria para las familias, tenderá a no tener pretensiones académicas (exigencia, trabajo, peso específico, seriedad, etcétera), será rehuida por los profesores (¿quién va a querer trabajar el triple?: un grupo de una hora ha de ser evaluado igual que el de tres horas) y postergada en las preferencias por su falta de credibilidad académica: pensemos que la relación entre el profesor y los alumnos depende de los ritmos que pueden generarse en el trabajo conjunto y que una hora semanal, que a veces, por fiestas o por otras actividades, será quincenal, arrastrará de por sí un ritmo siempre truncado.

Se tratará de una asignatura decorativa. ¿Es eso lo que se pretende? La EpC sólo podrá llevarse adelante dignamente, en estas duras condiciones, desde la asunción por parte del profesorado de las cuatro asignaturas (EpCyDH de 6.º de Primaria y de 3.º de ESO, EEC y Filosofía) como una materia única. Habrá seguramente varios modos de conseguir esta unidad material (la unidad formal viene definida ya por la ley). Personalmente, el modo idóneo que yo veo es el de entenderla como una materia del ámbito del departamento de Filosofía (hasta ahora sólo parcialmente se entiende así, puesto que sólo Ética y Filosofía están adscritas a este departamento), que tendría en su mano conectar las distintas exiguas asignaturas a través de las programaciones didácticas. La relación entre Primaria y Secundaria podría articularse, por lo menos, a través de los centros del profesorado mediante la formación de los profesores de Primaria.

Pero, ¿cómo hacer que este diseño general abstracto no decaiga ante las rutinas y las inercias que van a surgir necesariamente, dadas sus condiciones de existencia? Será la tarea de todos. Se mantendrá esta enclenque asignatura durante algún tiempo si los profesores afectados la acogen con voluntarismo y convicción. Se salvará a largo plazo, si a la mínima posibilidad en el futuro se arregla este desafuero de la cantidad horaria. Acabará siendo un «quiero sin querer en mí», un canto al aire, una intención para el escaparate, si no se consigue reforzarla.



Silverio Sánchez Corredera es catedrático de Filosofía en el Instituto "Emilio Alarcos" de Gijón.