13 mayo 2007

EL LAICISMO Y SUS INTERROGANTES


El laicismo, diferente de la laicidad, y entendido como ideología que pugna por la supresión de la religión o su extrema reducción a la esfera privada negándole todo derecho a manifestarse públicamente, fue útil al Estado Moderno en su lucha contra la Iglesia. Y no solamente para desalojar a ésta de los nichos que había ocupado desde la antigüedad al tener que llenar los vacíos de poder dejados por el hundimiento de las instituciones del Imperio Romano, sino también para despojar a la misma Iglesia de toda influencia social e incluso para desplazarla en lo que, grosso modo podríamos llamar la formación o la orientación de las conciencias.


Éstas son cosas que se supone sabidas. Pero hay en medio dos datos menospreciados sobre los cuales me permito llamar la atención.


El primero de esos datos es que el proceso de laicización como fenómeno social, y el laicismo, como ideología, son fenómenos que se presentan exclusivamente en Europa y en su más inmediata esfera de influencias que es el mundo americano, y que dichos fenómenos, reducidos al área culturalmente cristiana, influida, por lo tanto, por el principio proclamado por Jesús de «dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios», no tiene paralelo en las demás regiones del mundo.


Al decir que el laicismo es un fenómeno exclusivamente europeo, se quiere recalcar con la mayor precisión posible, que tiene su raíz primera en este continente y que no es posible encontrar nada parecidamente originario en el mundo musulmán, entonces casi exclusivamente concentrado en el Imperio Turco; ni tampoco en el Imperio Chino ni en el Imperio paponés, únicos lugares fuera de Europa donde el poder político había alcanzado consistencia institucional, durabilidad temporal y extensión territorial suficientes para constituir verdaderos Estados. Recalcando más la singularidad del fenómeno, observemos que quedan, por consiguiente libres de toda posibilidad de comparación, aquellos lugares como Oceanía y el África negra, donde en períodos históricos no ha florecido poder político autóctono digno de tal nombre.


En cuanto a las Américas, su temprana incorporación al mundo cultural europeo en el Norte de influencia inglesa, y el proceso de transculturación y de mestizaje operado en las zonas de influencia ibérica, convierten al Nuevo Continente en trasunto de las respectivas metrópolis en cuanto a los fenómenos religiosos y a la tensión entre Iglesia oficial y tendencias laicistas.


El otro dato menospreciado acerca del cual querría llamar la atención, es la violencia con que el laicismo se ha impuesto. Ciertamente, la violencia o fuerza es inseparable de los fenómenos humanos colectivos cuando éstos alcanzan cierta intensidad y, por consiguiente, su presencia no tendría especial relevancia de no ser por la insistencia machacona con que los partidarios del laicismo se empeñan en presentar esta ideología como un remanso -quizá el único en el mare magnun de la Historia-, en el cual reinan la armonía, la tolerancia, el diálogo y la racionalidad y donde no sería dable encontrar la menor mancha de violencia o de fanatismo.


Pues bien, creo que en este aspecto concreto, cabe hacer también una puntualización. Porque, si bien el laicismo como hijo del pensamiento Iluminado encontró su primer origen en salones intelectuales, gabinetes filosóficos y tenidas políticas del siglo XVIII, la eliminación de la presencia secular de la Iglesia fue llevada a cabo con singular violencia. Tal violencia no siempre fue fácilmente discernible de otras motivaciones de índole puramente social y político, pero la persecución religiosa, la intención de acabar con la religión y con los que la sustentaban con su apoyo, estuvo presente tanto en el exterminio de los vandeanos en Francia, como en las guerras carlistas, en las desamortizaciones españolas o en la sangrienta persecución contra el campesinado cristero en el México de la Revolución.Y que conste que con todo esto no se trata de rememorar agravios, sino de recalcar, con una brevísima alusión que evita ofender a nadie, y soslaya ejemplos que todavía arden, que el laicismo en su implantación actual no es la ideología exenta de sangre que presume ser; y que la combinación de ideología y fuerza bruta se reveló en manos de los laicistas tan enormemente eficaz en la consecución del cometido antirreligioso que se habían propuesto como lo fuera en manos de cualquier otra ideología que no presume tanto de inocencia.


Una vez formuladas estas dos observaciones, a saber, una: que el laicismo es un fenómeno que tiene su origen exclusivo en el ámbito de la cultura europea y en su esfera de influencia americana. Y dos: que el laicismo no es el remanso de pura racionalidad exenta de sangre y de fanatismo que presume ser, sólo queda plantearse la pregunta acerca del papel que el laicismo, instalado en el poder como está ahora, desempeñará frente a los nuevos poderes religiosos que -quieras o no-, están surgiendo en los países ex cristianos que son los europeos.


Al hacer esta pregunta no me estoy refiriendo a las resurrecciones del cristianismo representadas por los numerosos movimientos de espiritualidad renovada y de organización que supongo están en las mentes de las personas bien informadas sean de la ideología que fueren, sino a los nuevos núcleos de poder y presencia religiosa que nacen de fidelidades y credos de nueva implantación y muy especialmente del Islam. ¿Cómo ideología de poder, conservará el laicismo ante esos nuevos poderes la antigua eficacia que le sirvió para desterrar el catolicismo, y en otra medida, al protestantismo no sólo de la vida pública, sino de la influencia sobre las conciencias?