23 septiembre 2007

Vaticano: retrospectiva sobre la muerte del Papa Juan Pablo II


Análisis

Solo en Corea del Norte y en el Vaticano se sigue practicando el culto a la personalidad. El deceso del Papa Juan Pablo II habrá sido de esta forma el marco propicio para escenas de duelo dignas de la muerte de Kim Il Sung. Sin embargo, en el caso del «Sumo Pontífice» esta liturgia viene acompañada de una retórica a lo San Sulpicio propia del catolicismo. De esta forma, en el diario Los Angeles Times, el ex presidente Lech Walesa da gracias a Dios por haber dado un Papa a Polonia. Afirmaba que le debe todo y que en esos momentos se sentía huérfano.

En medio de este diluvio hagiográfico, el editorial de Joseph Samaha en As Safir representa la nota discordante. Con talento y un cierto gusto por la provocación, el intelectual libanés establecía una comparación entre dos líderes religiosos a los que sus fieles presentan como «combatientes por la libertad»: Juan Pablo II y Osama Bin Laden. Ambos tenían el mismo patrón: Ronald Reagan; y el mismo adversario: los soviéticos. Juan Pablo II los expulsó de Polonia y Osama Bin Laden de Afganistán. Para llevar a cabo su misión, ambos hombres se apoyaron en las fuerzas más reaccionarias de su comunidad religiosa y lucharon contra los reformistas. Siguiendo esta línea de refrescante reflexión, el padre Adolf Holl, suspendido a divinis por el cardenal Josef Ratzinger (recientemente electo nuevo Papa con el nombre de Benedicto XVI), cuenta en el diario Die Presse que el cónclave fue arreglado de antemano. Como lo confirman documentos redactados por la Curia para la elección anterior, los cardenales reciben una puntuación de los nuncios apostólicos y los papables son cuidadosamente seleccionados. Las discusiones son una ilusión, así como la intervención del Espíritu Santo.

Serguei Markov, director del Instituto de Investigaciones Políticas de Moscú, comenta en Gazeta SNG el pasado viaje del presidente ucraniano a Estados Unidos. Viktor Yushchenko fue en primer lugar a darle las gracias a quien lo hizo rey. No obstante, esta alianza es frágil. Para Washington, Ucrania es un peón que permite debilitar a Rusia, pero Yushchenko vacilará entre satisfacer a su protector para mantenerse en el poder a cualquier precio y servir sus intereses nacionales. Por su parte, el embajador de Estados Unidos en Rusia, Alexander Vershbow, afirma en el diario Moscow Times que su país necesita una Rusia fuerte. Se propone de esta forma desmentir los análisis, ampliamente propagados en la prensa rusa, de que Washington manipula las revoluciones coloreadas para cercar y debilitar a Rusia. Sin embargo, esta declaración no tiene nada de apaciguadora: el diplomático señala a continuación lo que sería para él una «Rusia fuerte», es decir, un país que se abre al comercio mundial y acepta suministrar sus hidrocarburos para el desarrollo de Estados Unidos.

En el diario finés Turun Sanomat, el escritor y político estonio Jaan Kaplinski señala que lo que ocurre en estos momentos en Rusia no es el retorno al estalinismo sino más bien una modernización autoritaria comparable a la desarrollada por Ataturk en Turquía a comienzos del siglo XX. En lugar de sentirse ofendidos sería mejor ayudar a Rusia a cultivar al mismo tiempo su recuperación y las libertades civiles. En entrevista concedida a la agencia de noticias RIA-Novosti en vísperas de su llegada a Moscú, el vicepresidente argentino, Daniel Scioli, destaca los puntos comunes y la complementariedad de ambos países. Tanto Argentina como Rusia fueron testigos recientes de una grave crisis económica y ambos supieron recuperarse. Argentina vende a Rusia alimentos y le compra maquinarias agrícolas y abonos. Rusia en particular ofrece una respuesta a las necesidades energéticas y una asociación equitativa que le permite a Buenos Aires deshacerse de la tutela de Washington.

Finalmente, en el Christian Science Monitor, el coronel Austin Bay denuncia las elecciones amañadas en Zimbabwe y el mantenimiento en el poder de Robert Mugabe. Al considerar que Estados Unidos ha renunciado momentáneamente a desencadenar una revolución coloreada, hace votos por la elección de un Papa negro que se encargue de desbloquear la situación, como lo hizo Juan Pablo II en el caso de Polonia.