11 diciembre 2007

¿De vuelta al anticlericalismo?


Juan Goytisolo

El distanciamiento de la agonizante dictadura franquista por la jerarquía ecle­siás­tica y su discreta adaptación a los nuevos aires conciliares de Juan XXIII y Pablo VI, manifiestos en su conformidad al rumbo político de la Transición y en la relación fluida con el Gobierno de Felipe González por el cardenal primado Enrique Tarancón y una mayoría de los obispos, me indujeron a creer, con un exceso de optimismo, que mi anti­clericalismo de juventud, forjado por la muy poco santa alianza de la Iglesia y el Régi­men, pertenecía al pasado.


Nadie era ya anticlerical en el ámbito intelectual de la izquierda francesa en la que me eduqué cuando dejé al fin la España franquista por un mundo mejor, menos ma­niqueo y más vasto, por la sencilla razón de que, tras la tormentosa separación entre la Iglesia y el Estado republicano en 1905 –objeto de la iracunda reacción de Maurras y de L'Action Française, la primera se ocupaba de sus fieles y el segundo de los ciudadanos. Había, pues, dos espacios rigurosamente delimitados y sin interferencias recíprocas: los laicos convivían con la Iglesia y ésta no se entrometía en los asuntos de la República.


Pero Francia es Francia, y España, ay, España. La tenaz y corrosiva nostalgia del Episcopado actual de los buenos tiempos del nacionalcatolicismo y de la bendita Cruza­da que nos salvó del laicismo republicano y de la conjura judeomasónica y comunista se encarga de recordárnoslo.


En los felices ochenta del pasado siglo no prestaba demasiada atención a la invo­lución doctrinal que se gestaba en los pasillos y sótanos del Vaticano desde la elevación a la silla de Pedro de Juan Pablo II. Estratega eficaz –artífice esencial, como sabemos, de la caída de los regímenes prosoviéticos de la Europa del Este–, Wojtyła era un adep­to intransigente de la doctrina consagrada por la Iglesia con anterioridad a sus dos pre­de­cesores. La evolución democrática de la sociedad hispana le inquietaba en extremo y, según me refirió un alto cargo de nuestra diplomacia, había pedido a un grupo de monji­tas españolas, en vísperas de su entronización, que rezaran mucho por España porque su cardenal primado ¡era comunista!


Si los ocho años de Gobierno de Aznar pusieron un bálsamo providencial a su desasosiego respecto a la paulatina dispersión del rebaño de creyentes en la Península, la elección del actual presidente disparó todas las alarmas. Pocas semanas antes de su fallecimiento, la prensa nos informó de que el santo varón preguntaba obsesivamente a sus visitantes: "¿Qué hace Zapatero?". La ansiedad por la salvación del alma de nuestros paisanos le acompañó así, dolorosamente, hasta la tumba.


El giro a la derecha pura y dura se ha acentuado aún tras la elección de Ratzinger al solio pontificio. El retorno a las concepciones tradicionales del catolicismo más carca, tanto en el área doctrinal –resurrección del latín y del infierno de Pedro Botero con el plus de una llamativa e inmisericorde desprogramación del limbo– como en la sociedad –condena de anticonceptivos, aborto, divorcio, ley de parejas, matrimonio homosexual, etcétera–, ha abierto las compuertas de la frustración acumulada por el sector más reac­cionario de la jerarquía española desde que la Constitución española de 1978 dio fin a su intervencionismo opresivo en los asuntos públicos y a su monopolio en la gestión económica y moral de las almas.

No pudiendo perseguir a cuantos disienten de ella ni bendecir a quienes antes los fusilaban, asume el papel de perseguida en unas pastorales dignas de Radio Burgos y sus vociferantes consignas. Una asignatura tan anodina como la de la Educación para la Ciudadanía suscita alarmas apocalípticas por parte de Rouco Varela, Cañizares y de sus portavoces de la Cope. Tras el "España agoniza" la invita­ción a orar por la descarriada Monarquía y el imperturbable respaldo a los insultos y mentiras de la emisora episcopal, la beatificación masiva por Benedicto XVI de 498 fieles asesinados por los extremistas del campo republicano durante la behetría reinante en las primeras semanas de la Guerra Civil –mientras se excluye de tan divina gracia a los sacerdotes vascos ejecutados por el Ejército de Franco–, muestra la beligerancia san­ta de una Iglesia que no ha aprendido nada de los abusos y atropellos que cometió a lo largo de su historia ni renunciado a unas políticas que vulneran la legalidad y contradi­cen su presunto magisterio.


En unas andanadas contra una asignatura que homologa a España con los países democráticos europeos, ni la Santa Sede de Benedicto XVI ni los cardenales integristas que son su punta de lanza, tienen en cuenta la diferencia existente entre educación y adoctrinamiento. La Iglesia de Roma, como su envidiado y temido rival, el wahabismo islámico, no muestra ningún interés por la primera y se vuelca del todo en el segundo: en ese lavado de cerebro del rebaño que apacienta y guía con mano firme al redil, y so­bre el que extiende un manto protector de la mortífera contaminación laicista.


Pues lo que se trasluce hoy tras el encubrimiento por la Cope y medios afines de todas las false­dades e insidias en torno al origen de los atentados del 11-M y la extravagante petición de Esperanza Aguirre a don Juan Carlos de "un tratamiento humano" a Federico Jimé­nez Losantos, es el afán irreprimible de volver a los tiempos de la alianza entre el Trono y el Altar, o entre el Caudillo y el Altar que la restablezca en la plenitud de su imperio y de sus privilegios mundanos.


Todo ello me inclinaría a recuperar el militante anticlericalismo juvenil si la reac­ción de muchos católicos de base y de algunos sacerdotes privados por la jerarquía de la facultad de administrar los sacramentos no me permitiera establecer una distinción entre quienes se esfuerzan en mantenerse en sintonía con la sociedad y los que, como reza el reciente manifiesto de Redes Cristianas, han "emprendido una carrera para con­quistar el poder a cualquier precio".


El anticlericalismo del siglo XIX y del primer tercio del siguiente, prolongado en España por la dictadura franquista, debería pertenecer al pasado. Es lamentable que la conducta actual de la Iglesia nos empuje a volver a él.

El País, 11-12-07