15 diciembre 2007

Matar en nombre de Dios



Pilar del Río

Matar en nombre de Dios es hacer de Dios un asesino, dice José Saramago. Calumniar, difamar, sembrar odios y azuzar rencores en nombre de Dios es hacer de Dios un canalla, añado con más modestia aunque con igual firmeza. Asesino, canalla. No son estos los adjetivos que se le suelen aplicar a Dios, pero si miramos hacia atrás, o incluso prestamos atención al ruido que nos circunda, son los calificativos que saltan primero porque, en nombre de Dios, de cualquier dios inventado por culturas u hombres, se han perpetrado y se perpetran los peores crímenes y las atrocidades más bochornosas. Tanto en el ámbito de lo público como en la esfera privada, donde la conciencia parece no bastarse y necesita recurrir a dogmas para evitar enfrentarse a la capacidad de decidir y de optar de acuerdo con la razón.

In nomine Dei es una pieza de teatro que refleja la irracionalidad supina que nos habita y en la que habitamos. Saramago, en esta obra, cuenta un hecho real: la matanza a la que con saña se aplicaron católicos, luteranos y anabaptistas en la ciudad de Münster en el siglo XVI, cuando, a cuenta de si el bautizo debería ser en la edad adulta –como defendían los anabaptistas– o al nacer, como reclamaban los católicos, entraron en una espiral de violencia y delirio que acabó convirtiéndolos a todos en bestias nefandas, en torturadores, en perturbados que no inspiran ni lástima ni compasión sino el más profundo desprecio, pese a los sufrimientos padecidos, pese al número de víctimas que se dejaron llevar al matadero seguras de obtener el paraíso, sin darse cuenta de que tal acto de coraje, el de morir cuando no era su hora, el de matar, pese a estar prohibido, ponía a Dios, que era el mismo para unos y para otros y para todos un verdugo, en un segundo dilema: a quiénes recibiría como suyos, a quiénes condenaría al fuego eterno o salvaría para siempre. No sabemos cual fue la lógica de Dios ni para el caso importa: lo definitivo es que las miles de personas que murieron sacrificadas en Münster por una causa religiosa entorpecieron aun más la idea de Dios en el mundo. Y así hemos llegado hasta hoy.

Cuando Saramago escribió In nomine Dei dos aviones de pasajeros no se habían estrellado contra las Torres Gemelas de Nueva York, ni se habían puesto unas bombas en los trenes de cercanías de Madrid. Tampoco, con un nombre apocalíptico creado por un lince del Pentágono, se habían destruido los escombros que otros habían dejado en Afganistán y en Irak los niños podían ir a las escuelas sin que explotaran bombas de extrañas composiciones y la leucemia no era esa plaga que te espera en la sangre si consigues llegar a casa con el cuerpo intacto. En el 1993, cuando Saramago escribió esta obra, unos religiosos fanáticos no habían hecho de Alá un asesino de personas con nombres y retratos en nuestra memoria, ni unos cristianos de no sé qué confesiones financiaban, en países que son cercanos, porque el planeta tiene dimensión humana, operaciones petroleras y de otras índoles con una moneda en la que invocan a un Dios, al que así convierten, mientras nadie lo remedie, en testigo de todas los tráficos que se realicen con el papel que lleva estampado su nombre.

In nomine Dei no es un panfleto ni un sermón laico, es una obra literaria en la que un humano ha expresado su mejor condición, que es la de pensar. Y por pensar, sentir compasión de quienes, cada día, por asumir unas creencias que ellos califican de divinas, consideran que los demás son reos de culpa, seres ajenos al paraíso. Saramago sabe que hemos construido edificios admirables y cárceles donde encerrarnos a nosotros mismos y a los demás. Y hacemos eso en nombre de Dios como si tal fuera un eximente. No lo es. El mundo está poblado de guerras y no por seres humanos. Cada cultura quiere imponer su norma y cada persona, sobre todo las que se creen señaladas, intentan introducir sus códigos en otros. Pobre de ti si te quedas fuera: te matarán o te reducirán a la nada. Inventaron a Dios para machacar con más ahínco. Y se cargaron, los que en nombre de Dios reprimen, matan, imponen, ridiculizan o vejan, la idea de un ser supremo acogedor de todos, sea cual sea nuestro color, usos, costumbres o ritos. Quizá esa idea hubiera sido buena y humana, lo malo es que no se le ocurrió a nadie. Por eso las religiones no son aliadas de la humanidad, y sí un estorbo en el proceso de humanización al que no acabamos de llegar.

El País, 12-12-07