10 noviembre 2007

Un crucifijo del nueve largo


E. Cerdán Tato

Si Franco, en piedra y grabado de exaltaciones, va a salir de la Universidad de Valencia muy pronto, el padre Vendrell, S.J., salió del callejero de Alicante mediados los ochenta.


Si a Franco lo tiran a la escombrera los estudiantes de Els Quatre Gats y to­da la comunidad académica, al padre Vendrell, S.J., lo tiró al contenedor de los residuos presuntamente evangélicos un acuerdo del pleno municipal y la avenida ya rotulada o en trance de rotular con su nombre se rotuló afortunadamente con el de Eusebi Sempere.


Ya se pueden imaginar cómo ganó la ciudad, y aquella democracia de dodotis, con el cambio. A la luz de tantos mártires de la fe beatificados en una espectacular parada vati­cana, chirrían las trazas de uno de esos curas trabucaires o rebosantes de fanatismo, que no escasean ni en la historia ni en la memoria de España.


El padre Vendrell, S.J., fue un discípulo aventajado del cardenal Gomá, el confidente oficioso entre la Santa Sede y el Gobierno golpista de Franco. Si el cardenal Gomá dijo en Budapest, durante el Congre­so Eucarístico celebrado en aquella ciudad en mayo de 1938: "Paz, sí. Pero cuando no quede un adversario vivo", el padre Vendrell, S.J., diría, no mucho después, a los repu­blicanos prisioneros que iban a ser fusilados de madrugada: "No tened miedo, porque los moritos tienen muy buena puntería y no os harán ningún daño", y agregaba con fer­vor: "Vosotros sí que sois bienaventurados, puesto que conocéis el momento exacto en que ha de veniros la muerte, y así podéis poneros en paz con Dios, que es lo único que debe importaros".


Tan cínico y piadoso consuelo no silenció el comentario que ya era un estrépito entre los sombríos muros de la cárcel: "El padre Vendrell, lleva un crucifijo del nueve largo bajo las sotanas". Y aquellos testimonios y comentarios se publicaron en 1978 y dejaron a cuadros a quienes sostenían que "el padre Vendrell era un santo".


¿Qué hubiera hecho Ratzinger con un personaje tan perverso? Si el padre Vendrell, S.J., llevaba un crucifijo del nueve largo bajo las sotanas,


Benedicto XVI ya tiene una espada de oro y piedras preciosas, regalo de un rey saudí, como nos recordó Maruja Torres en su columna del jueves, en la que además sugería que el sumo pontífice debió de pensar: "En otros tiempos, bien habríamos podido usarla nosotros". Puede que antes, pero en la Guerra Civil, que se sepa, no usaron espadas de oro y piedras preciosas, pero sí le echa­ron bendiciones a los cañones y a las bombas de la aviación fascista y, que se sepa, la jerarquía eclesiástica no ha dicho aún ni pío a quienes les negaba la paz, mientras come­tieran la insolencia de seguir vivos.


Han beatificado a sus mártires y han cumplido, pero la soberbia les impide pedir perdón a sus víctimas. ¿Y para qué, si tuvieron la suerte de conocer el momento exacto de su muerte y los moritos tenían muy buena puntería? El padre Vendrell, S.J., tenía las cosas claras: acompañaba a los condenados al paredón y encima los bendecía. Y se quedó sin avenida. Pero nadie ha podido certificar, hasta hoy, si el crucifijo que llevaba bajo las sotanas era del nueve largo, o solo del nueve corto. Se exagera tanto.

El País, 10-11-07

04 noviembre 2007

EL ABSOLUTISMO ECLESIAL


La ecuánime Iglesia Católica española ha entrado en tal espiral de hipocresía que ha terminado por padecer alzhéimer, y por creerse sus propias mentiras.

Y no hay mejor cosa para quitar de en medio lo insidioso de los “otros”, que magnificar lo propio hasta límites inverosímiles, de este modo nos encontramos con la revancha que plantea la Iglesia Católica frente a los tímidos avances de la laicidad, con el objetivo supremo de situarse como Iglesia perseguida, como mártir sempiterno, cuestión que tanto jugo siempre le saca la casta eclesial a esto del martirio.

Por ello se ha lanzado a las beatificaciones de sus mártires sin parangón alguno, en base a satanizar al otro, olvidando que ella ha sido el poder absoluto durante muchos siglos, apoyando y cuando no impulsando la desaparición de otras culturas de otros pueblos , como el islámico o el judío que tuvieron plaza y sede en nuestro país.

Sin olvidar que Roma quitaba o ponía reyes a capricho o a conveniencia, o que sus agentes inquisitoriales eran la peor peste que podía sufrir un país, y España sufrió tales padecimientos durante siglos.

Pero llegado al siglo XXI la Iglesia parece tener amnesia en toda regla, y lo que es curioso todavía sus jerarcas y sus clérigos se asombran de que se les desprecie, cuando casi podemos decir que los españolas llevamos en los genes dos miedos o dos rencones ancestrales: la Guardia Civil y la Iglesia .

Podíamos decir que todo esto es cosa antigua y vieja, y por tanto no merece la pena revolver el pasado, pero la Iglesia Católica se quiere reforzar de nuevo, no presentándose como el poder perseguidor que fue, y que legitimó al dictador Francisco Franco, El Caudillo, imponiendo a marcha martillo el lema “Dios y la Patria”. Olvidando que con su aprobación y consentimiento los fascistas entraron en los cementerios para arrancar los símbolos que molestaban a la Iglesia triunfadora, las cruces siempre han estado ahí, pero sin embargo desaparecieron otros símbolos de las tumbas y panteones, entre ellos los masónicos.

Mientras los paredones d los camposantos e Iglesias se llenaron de cruces falangistas y franquistas, y de largas estelas con nombres y mártires de los "caídos por Dios y la Patria"; que más da que se hubiera perdido la “legitimidad monárquica” o la republicana, ella la gran Madre Iglesia salvaba los trastos colocándose junto a los vencedores para así reinar de forma absoluta durante todo el franquismo, y lo que no ha sido franquismo.

Una Iglesia que parece olvidar que sus más altas jerarquías decían cosas como estas: “La violencia no se hace en servicio de la anarquía, sino lícitamente en beneficio del orden, la Patria, la Religión”, predicaba a comienzos de agosto 1936. D. Rigoberto Domenech, Arzobispo de Zaragoza

Parece olvidar esta iglesia absolutista su implicación en la represión que llevó el régimen franquista, pues hubo sacerdotes en las ejecuciones y en las cárceles que no trataban de aminorar los castigos, o el sufrimiento físico. La exclusiva preocupación del clero estaba centrada en la “otra vida” lo que hacia que la obsesión de los curas era que los fusilados recibieran, antes de morir, la Extremaunción, lo que les hacía ser ciegos con las arbitrariedades del franquismo. Por otro lado, los informes de los párrocos eran determinantes en el procedimiento de responsabilidades políticas, de depuración de los maestros o para la concesión de la libertad condicional.

Así se cuenta la historia de una Iglesia Absolutista como la Española, que se descuelga ahora con sus mártires y olvida pedir perdón por tanta barbarie como pasó por sus manos y sus confesionarios, y con la que tanto se implicó.

Pero España parece diferente. Lo que no se atrevieron a hacer las Iglesias de otros países Francia, Alemania, o Polonia, lo hace España con el descaro más absoluto evidentemente dando la espalda al evangelio. Esa es la historia de la Iglesia Católica Española.

Victor Guerra