27 noviembre 2007

La familia que apostata unida...


Un padre, una madre y una abuela deciden borrarse de la Iglesia y cada diócesis les contesta de una manera

M. Á. MARFULL - Madrid - 26/11/2007 20:40

No se muestra la más mínima extrañeza. Con la diligencia de un empleado acostumbrado a descolgar el teléfono y, con los oídos blindados, la respuesta no varía.
–Hola, quería información para poder apostatar.
–Un momento. Le paso.

Da igual en qué obispado se haga la prueba. Público lo intentó en media docena de provincias diferentes. “Tiene usted que traer su certificado de bautismo y una fotocopia del DNI”. ¿Tardarán mucho? “No. No, qué va. Lo lleva usted a la vicaría y ahí le dan de baja. En dos o tres minutos está listo todo. Se lo hacemos enseguida”.

Con esta limpieza, propia de una extracción de sangre o del centro de atención al cliente de unos grandes almacenes, se despachó el asunto en el Arzobispado de Madrid.

¿Enseguida? Las cartas, respuestas, comunicaciones, idas y venidas del trámite que conduce a darse de baja en los registros de la Iglesia católica reflejan una realidad distinta. La actitud de los diferentes obispados también difiere en el fondo, en la intención y en a forma.

Una familia al completo inició el año 2007 con la promesa de apostatar, habida cuenta de que los deseos habituales, perder peso, dejar de fumar o aprender inglés son reversibles o ya están conquistados. Cuando recibieron la respuesta del arzobispado, descubrieron que apostatar también tiene marcha atrás.

“Dialogar con usted”

“Hemos recibido el escrito en el que Ud. expresa su decisión de no ser considerado como miembro de la Iglesia y abandonar la fe católica”. Así comienza la carta que el Arzobispado de Granada remitió a Jesús, el padre, el pasado 29 de octubre de 2007.

Distinguida señora, hemos recibido en este obispado su carta, en la que manifiesta su propósito de abandonar la Iglesia católica. Ante la trascendencia de este acto, nos agradaría dialogar con usted”, arranca la misiva enviada a la madre, Esther, desde el Arzobispado de Barcelona el 5 de julio de este año.

“El formalizar dicho acto de apostasía conlleva un proceso a seguir y unas consecuencias que le vienen señaladas en la hoja que le adjunto”, advierte el Arzobispado de Burgos a la abuela, Severina, en una comunicación firmada en esta ciudad, el 7 de junio.

Las consecuencias mencionadas son, por lo demás, previsibles. Nadie se las ha pedido pero, por si acaso, la carta que firma “con afecto sincero” el canciller secretario general del Arzobispado de Burgos deja claro que “el abandono de la Iglesia” produce efectos secundarios a la hora de contraer matrimonio por el rito católico, bautizar a los hijos o recibir sacramentos. A la abuela también, como a todo el mundo, le cuentan además que, en cuanto a funerales, “a no ser que se haya dado alguna señal de arrepentimiento, quedará privada de las exequias eclesiásticas públicas”.

La diócesis de Barcelona entiende, con razón, que quien da el paso de solicitar la apostasía no se conmueve fácilmente con las advertencias de la Iglesia. De manera cortés, se ofrece para “hablar con usted”, pero se anticipa a la previsible negativa. “Ahora bien, si en un tiempo prudencial no indica otra cosa, se procederá sin más a dejar constancia de su petición”. No esperaron mucho. Apenas una semana después, daba por concluido el trámite. “Querida señora: Con fecha de hoy, hemos procedido a registrar su acto formal de causar baja en la Iglesia católica”, comunica el vicario “atentamente”. “Se han cancelado sus datos personales”, añade en otro tarjetón.

Siempre está a tiempo

Tres meses después, recibió la respuesta del Arzobispado de Granada Jesús, el marido de Esther, ya apóstata, y yerno de Severina. “Tenga en cuenta que la condición de cristiano no se pierde nunca, pues el bautismo no puede eliminarse, como tampoco puede repetirse”. Primer jarro de agua fría. “...el abandono de una confesión religiosa ante la correspondiente instancia confesional carece de trascendencia civil”, segundo revés. “En cuanto a la cancelación de la partida de bautismo, debe saber que el libro de bautismos es un registro que da fe de un registro histórico, que no puede negarse”. Tercer pero que administra la carta.

También a Jesús le advierten que, a partir de ahora, deberá olvidarse de los sacramentos, y le invitan a tocar madera al retirarle el derecho a las exequias eclesiásticas en su funeral. “El trámite lo haremos efectivo diez días después de este envío”.

El Arzobispado de Granada no da la batalla por perdida: “Tenga la seguridad de que en la Iglesia encontrará siempre las puertas abiertas, si algún día desea modificar su resolución actual”.

–¿Entonces, basta con el DNI y una carta?
–Sin ningún problema. Ningún problema (silabea el empleado que atiende en el Arzobispado de Madrid).

Público, 27-11-07

25 noviembre 2007

EL OBISPO BLÁZQUEZ PIDIÓ PERDÓN


Francisco Miñarro,

Coordinador de la Federación Internacional de Ateos (FIdA)

20.11.07

Cuando vemos que la prensa bienpensante aplaude las tibias disculpas de Ricardo Blázquez, que no son tales si leemos atentamente el discurso pronunciado ayer ante la Asamblea Plenaria, y en los titulares se nos martillea con el timo de que "la Iglesia pide perdón", no puede evitarse un dolor que nos recorre la médula, un escalofrío que rima con las viejas pruebas de fe, con el fuego purificador, con las voces totalitarias, con el temblor de los condenados y con el castigo eterno del rojo y del ateo.

No, lo de Blázquez no han sido palabras de perdón, sino de oportunismo, hipocresía y calculada estrategia ante las elecciones internas a la Presidencia de la CEE. Forzando el asombro del sector ultra, apareciendo al estilo de una reencarnación taranconiana que reivindica descaradamente rasgos democráticos, Blázquez quiere dejar la Presidencia envuelto en un halo de pacificador, desfilando como el obispo más comprometido con las virtudes de la convivencia, la tolerancia y la pluralidad. Sus reflexiones podrán engañar al poco avisado, pero para refutarlas basta con tomar el término "memoria" no como la melancólica imagen de un recuerdo personal, sino en tanto que una necesaria y saludable práctica de supervivencia colectiva.

¿El ejercicio a abordar? Releer, sencillamente, el discurso con el que el cardenal Vicente Enrique y Tarancón inauguró la XXIII Asamblea Plenaria del Episcopado, el 15 de diciembre de 1975. Poco menos de un mes había pasado desde la muerte de Franco. El tan alabado "Cardenal aperturista de la transición", admirado aún por la izquierda domesticada y denostado por la jauría del régimen, se expresaba por entonces así:

“Una figura auténticamente excepcional (Franco) ha llenado casi plenamente una etapa larga –de casi cuarenta años– en nuestra Patria. Etapa iniciada y condicionada por un hecho histórico trascendental –la guerra o cruzada de 1936– y por una toma de postura clara y explícita de la jerarquía eclesiástica española con documentos de diverso rango, entre los que sobresale la Carta Colectiva del año 1937 (…) La jerarquía eclesiástica española no puso artificialmente el nombre de Cruzada a la llamada guerra de liberación: fue el pueblo católico de entonces, que ya desde los primeros días de la República se había enfrentado con el Gobierno, el que precisamente por razones religiosas unió Fe y Patria en aquellos momentos decisivos. España no podía dejar de ser católica sin dejar de ser España.”

Ricardo Blázquez homenajeó ayer en su discurso "rupturista" a aquel que, mostrando igualmente una postura moderada –tal como claramente se desprende de su discurso-, supo diseñar un plan de adaptación que evitó el aislamiento de la Iglesia tras cuarenta años de nacional-catolicismo. Los obispos más radicales también se mostraron en su momento contrarios a secundar posiciones “democráticas” cercanas al camaleonismo político del Concilio Vaticano II (los integristas no son precisamente un subproducto de la postmodernidad). Pero los aparentes aires renovadores que en aquel momento algunos insuflaban en la enrarecida atmósfera eclesiástica no eran más honestos que las cacareadas disculpas de Blázquez por las "acciones concretas" de la gran Secta. Guárdese, pues, sus excusas para la intimidad.

Mucho más coherente con la política diseñada en Roma es la línea seguida por Rouco y Cañizares, los abanderados del mayoritario sector nostálgico de la Conferencia Episcopal. El providencialismo del todavía Presidente de los obispos se limitó a un tímido ensayo martiriológico, a una confesión oficiada desde las alturas clericales. Quiso neutralizar, de este modo, la explosión fascista que, en el aniversario de la “Marcha sobre Roma”, reunió a lo más aguerrido de la fauna gótica contemporánea en la Plaza de san Pedro, hace solo unas semanas. Quiso aparentar que la Iglesia está con todos, que el “amor de Cristo” abarca a todos. Pero no se desvió ni un ápice de la acusación contra la “memoria selectiva” voceada por el alto clero en las fechas anteriores a la aprobación de la triste ley confabulada en el Parlamento.

La Iglesia no hace bien en pedir perdón por ser coherente consigo, ni por haber actuado históricamente como la corporación criminal que es. No ha lugar. Es preferible oír a un Ratzinger enloquecido afirmar que la difusión del SIDA en África se debe “a una noción equivocada del matrimonio” que soportar el hipócrita y acomodaticio mea culpa de aquellos otros que tratan de hacer pasar su delirio subjetivo por una respetable sanidad democrática. Al fin y al cabo, en el núcleo de ambas estrategias se oculta el mismo cáncer y el mismo y monstruoso desatino.