15 diciembre 2007

Matar en nombre de Dios



Pilar del Río

Matar en nombre de Dios es hacer de Dios un asesino, dice José Saramago. Calumniar, difamar, sembrar odios y azuzar rencores en nombre de Dios es hacer de Dios un canalla, añado con más modestia aunque con igual firmeza. Asesino, canalla. No son estos los adjetivos que se le suelen aplicar a Dios, pero si miramos hacia atrás, o incluso prestamos atención al ruido que nos circunda, son los calificativos que saltan primero porque, en nombre de Dios, de cualquier dios inventado por culturas u hombres, se han perpetrado y se perpetran los peores crímenes y las atrocidades más bochornosas. Tanto en el ámbito de lo público como en la esfera privada, donde la conciencia parece no bastarse y necesita recurrir a dogmas para evitar enfrentarse a la capacidad de decidir y de optar de acuerdo con la razón.

In nomine Dei es una pieza de teatro que refleja la irracionalidad supina que nos habita y en la que habitamos. Saramago, en esta obra, cuenta un hecho real: la matanza a la que con saña se aplicaron católicos, luteranos y anabaptistas en la ciudad de Münster en el siglo XVI, cuando, a cuenta de si el bautizo debería ser en la edad adulta –como defendían los anabaptistas– o al nacer, como reclamaban los católicos, entraron en una espiral de violencia y delirio que acabó convirtiéndolos a todos en bestias nefandas, en torturadores, en perturbados que no inspiran ni lástima ni compasión sino el más profundo desprecio, pese a los sufrimientos padecidos, pese al número de víctimas que se dejaron llevar al matadero seguras de obtener el paraíso, sin darse cuenta de que tal acto de coraje, el de morir cuando no era su hora, el de matar, pese a estar prohibido, ponía a Dios, que era el mismo para unos y para otros y para todos un verdugo, en un segundo dilema: a quiénes recibiría como suyos, a quiénes condenaría al fuego eterno o salvaría para siempre. No sabemos cual fue la lógica de Dios ni para el caso importa: lo definitivo es que las miles de personas que murieron sacrificadas en Münster por una causa religiosa entorpecieron aun más la idea de Dios en el mundo. Y así hemos llegado hasta hoy.

Cuando Saramago escribió In nomine Dei dos aviones de pasajeros no se habían estrellado contra las Torres Gemelas de Nueva York, ni se habían puesto unas bombas en los trenes de cercanías de Madrid. Tampoco, con un nombre apocalíptico creado por un lince del Pentágono, se habían destruido los escombros que otros habían dejado en Afganistán y en Irak los niños podían ir a las escuelas sin que explotaran bombas de extrañas composiciones y la leucemia no era esa plaga que te espera en la sangre si consigues llegar a casa con el cuerpo intacto. En el 1993, cuando Saramago escribió esta obra, unos religiosos fanáticos no habían hecho de Alá un asesino de personas con nombres y retratos en nuestra memoria, ni unos cristianos de no sé qué confesiones financiaban, en países que son cercanos, porque el planeta tiene dimensión humana, operaciones petroleras y de otras índoles con una moneda en la que invocan a un Dios, al que así convierten, mientras nadie lo remedie, en testigo de todas los tráficos que se realicen con el papel que lleva estampado su nombre.

In nomine Dei no es un panfleto ni un sermón laico, es una obra literaria en la que un humano ha expresado su mejor condición, que es la de pensar. Y por pensar, sentir compasión de quienes, cada día, por asumir unas creencias que ellos califican de divinas, consideran que los demás son reos de culpa, seres ajenos al paraíso. Saramago sabe que hemos construido edificios admirables y cárceles donde encerrarnos a nosotros mismos y a los demás. Y hacemos eso en nombre de Dios como si tal fuera un eximente. No lo es. El mundo está poblado de guerras y no por seres humanos. Cada cultura quiere imponer su norma y cada persona, sobre todo las que se creen señaladas, intentan introducir sus códigos en otros. Pobre de ti si te quedas fuera: te matarán o te reducirán a la nada. Inventaron a Dios para machacar con más ahínco. Y se cargaron, los que en nombre de Dios reprimen, matan, imponen, ridiculizan o vejan, la idea de un ser supremo acogedor de todos, sea cual sea nuestro color, usos, costumbres o ritos. Quizá esa idea hubiera sido buena y humana, lo malo es que no se le ocurrió a nadie. Por eso las religiones no son aliadas de la humanidad, y sí un estorbo en el proceso de humanización al que no acabamos de llegar.

El País, 12-12-07

11 diciembre 2007

¿De vuelta al anticlericalismo?


Juan Goytisolo

El distanciamiento de la agonizante dictadura franquista por la jerarquía ecle­siás­tica y su discreta adaptación a los nuevos aires conciliares de Juan XXIII y Pablo VI, manifiestos en su conformidad al rumbo político de la Transición y en la relación fluida con el Gobierno de Felipe González por el cardenal primado Enrique Tarancón y una mayoría de los obispos, me indujeron a creer, con un exceso de optimismo, que mi anti­clericalismo de juventud, forjado por la muy poco santa alianza de la Iglesia y el Régi­men, pertenecía al pasado.


Nadie era ya anticlerical en el ámbito intelectual de la izquierda francesa en la que me eduqué cuando dejé al fin la España franquista por un mundo mejor, menos ma­niqueo y más vasto, por la sencilla razón de que, tras la tormentosa separación entre la Iglesia y el Estado republicano en 1905 –objeto de la iracunda reacción de Maurras y de L'Action Française, la primera se ocupaba de sus fieles y el segundo de los ciudadanos. Había, pues, dos espacios rigurosamente delimitados y sin interferencias recíprocas: los laicos convivían con la Iglesia y ésta no se entrometía en los asuntos de la República.


Pero Francia es Francia, y España, ay, España. La tenaz y corrosiva nostalgia del Episcopado actual de los buenos tiempos del nacionalcatolicismo y de la bendita Cruza­da que nos salvó del laicismo republicano y de la conjura judeomasónica y comunista se encarga de recordárnoslo.


En los felices ochenta del pasado siglo no prestaba demasiada atención a la invo­lución doctrinal que se gestaba en los pasillos y sótanos del Vaticano desde la elevación a la silla de Pedro de Juan Pablo II. Estratega eficaz –artífice esencial, como sabemos, de la caída de los regímenes prosoviéticos de la Europa del Este–, Wojtyła era un adep­to intransigente de la doctrina consagrada por la Iglesia con anterioridad a sus dos pre­de­cesores. La evolución democrática de la sociedad hispana le inquietaba en extremo y, según me refirió un alto cargo de nuestra diplomacia, había pedido a un grupo de monji­tas españolas, en vísperas de su entronización, que rezaran mucho por España porque su cardenal primado ¡era comunista!


Si los ocho años de Gobierno de Aznar pusieron un bálsamo providencial a su desasosiego respecto a la paulatina dispersión del rebaño de creyentes en la Península, la elección del actual presidente disparó todas las alarmas. Pocas semanas antes de su fallecimiento, la prensa nos informó de que el santo varón preguntaba obsesivamente a sus visitantes: "¿Qué hace Zapatero?". La ansiedad por la salvación del alma de nuestros paisanos le acompañó así, dolorosamente, hasta la tumba.


El giro a la derecha pura y dura se ha acentuado aún tras la elección de Ratzinger al solio pontificio. El retorno a las concepciones tradicionales del catolicismo más carca, tanto en el área doctrinal –resurrección del latín y del infierno de Pedro Botero con el plus de una llamativa e inmisericorde desprogramación del limbo– como en la sociedad –condena de anticonceptivos, aborto, divorcio, ley de parejas, matrimonio homosexual, etcétera–, ha abierto las compuertas de la frustración acumulada por el sector más reac­cionario de la jerarquía española desde que la Constitución española de 1978 dio fin a su intervencionismo opresivo en los asuntos públicos y a su monopolio en la gestión económica y moral de las almas.

No pudiendo perseguir a cuantos disienten de ella ni bendecir a quienes antes los fusilaban, asume el papel de perseguida en unas pastorales dignas de Radio Burgos y sus vociferantes consignas. Una asignatura tan anodina como la de la Educación para la Ciudadanía suscita alarmas apocalípticas por parte de Rouco Varela, Cañizares y de sus portavoces de la Cope. Tras el "España agoniza" la invita­ción a orar por la descarriada Monarquía y el imperturbable respaldo a los insultos y mentiras de la emisora episcopal, la beatificación masiva por Benedicto XVI de 498 fieles asesinados por los extremistas del campo republicano durante la behetría reinante en las primeras semanas de la Guerra Civil –mientras se excluye de tan divina gracia a los sacerdotes vascos ejecutados por el Ejército de Franco–, muestra la beligerancia san­ta de una Iglesia que no ha aprendido nada de los abusos y atropellos que cometió a lo largo de su historia ni renunciado a unas políticas que vulneran la legalidad y contradi­cen su presunto magisterio.


En unas andanadas contra una asignatura que homologa a España con los países democráticos europeos, ni la Santa Sede de Benedicto XVI ni los cardenales integristas que son su punta de lanza, tienen en cuenta la diferencia existente entre educación y adoctrinamiento. La Iglesia de Roma, como su envidiado y temido rival, el wahabismo islámico, no muestra ningún interés por la primera y se vuelca del todo en el segundo: en ese lavado de cerebro del rebaño que apacienta y guía con mano firme al redil, y so­bre el que extiende un manto protector de la mortífera contaminación laicista.


Pues lo que se trasluce hoy tras el encubrimiento por la Cope y medios afines de todas las false­dades e insidias en torno al origen de los atentados del 11-M y la extravagante petición de Esperanza Aguirre a don Juan Carlos de "un tratamiento humano" a Federico Jimé­nez Losantos, es el afán irreprimible de volver a los tiempos de la alianza entre el Trono y el Altar, o entre el Caudillo y el Altar que la restablezca en la plenitud de su imperio y de sus privilegios mundanos.


Todo ello me inclinaría a recuperar el militante anticlericalismo juvenil si la reac­ción de muchos católicos de base y de algunos sacerdotes privados por la jerarquía de la facultad de administrar los sacramentos no me permitiera establecer una distinción entre quienes se esfuerzan en mantenerse en sintonía con la sociedad y los que, como reza el reciente manifiesto de Redes Cristianas, han "emprendido una carrera para con­quistar el poder a cualquier precio".


El anticlericalismo del siglo XIX y del primer tercio del siguiente, prolongado en España por la dictadura franquista, debería pertenecer al pasado. Es lamentable que la conducta actual de la Iglesia nos empuje a volver a él.

El País, 11-12-07

09 diciembre 2007

El puente de la Inmaculada


Salvador López Arnal

En una de sus últimas publicaciones, Daniel C. Dennett 1, uno de los más grandes filósofos analíticos vivos, el celebrado autor de La peligrosa idea de Darwin, sostiene que decir que la religión es natural en contraposición a sobrenatural, como él mismo escribe en el subtítulo de su ensayo, es afirmar que es un fenómeno humano compuesto de organismos, objetos, acontecimientos, estructuras, patrones,…todos los cuales responden a leyes conocidas de las ciencias físico-químicas y de las ciencias biológicas, y que, por ello, no evocan, en principio, milagro alguno para su explicación aunque algunos de los acontecimientos estudiados pueda llevar esa etiqueta taxonómica. Eso, prosigue Dennett, es exactamente lo que él tiene en mente al hablar de una aproximación a la religión como fenómeno natural. Puede ser que Dios exista, admitámoslo, que Dios, un Ser sobrenatural sin duda, sea nuestro amoroso creador, un ser máximamente inteligente, bondadoso y consciente, pero, aunque así fuera, la religión en sí misma 2, es decir, en tanto conjunto de fenómenos complejos es un fenómeno perfectamente natural, no sobrenatural, añadiendo Dennett:
Nadie pensaría que escribir un libro titulado El deporte como un fenómeno natural o El cáncer como un fenómeno natural implica asumir el ateísmo. Tanto el deporte como el cáncer son ampliamente reconocidos como fenómenos naturales, no como fenómenos sobrenaturales, a pesar de las ya conocidas exageraciones de sus promotores.
¿Exageraciones de sus promotores? Dennet cita como ejemplos, por no mencionar los anuncios de investigaciones y clínicas que pregonan otra “milagrosa curación del cáncer”, dos pases para la anotación del fútbol usamericano conocidos con los nombres de “Ave Maria” y “La Inmaculada Recepción”. El pase o la “jugada de Ave María” (Hail Mary Pass), señala el traductor en nota, consiste en un esfuerzo de último minuto por el que el balón del juego es lanzado desde una larguísima distancia sin casi ninguna probabilidad de ser recibido por otro jugador en la línea de meta. El nombre de la jugada proviene de que, al ser tan improbable, los jugadores del equipo que intenta la proeza rezan por la intervención de la Virgen María. Acaso, admitámoslo, los jugadores del equipo contrario recen por la no intervención o confíen, alegremente pero con razones atendibles, en los teoremas de la probabilidad y en las leyes de la física.
“La Inmaculada recepción” es el sobrenombre con que se conoce la jugada de los Steelers de Pittsburg en contra de los Raiders de Oakland. La increíble jugada los llevó a la victoria en la final de la AFC de 23 de diciembre. Fue en 1972. Estamos ahora en 2007. Pero no celebramos hoy la extraordinaria jugada de la Inmaculada Recepción sino el día de la Inmaculada concepción. ¿Qué celebramos y por qué?
El puente que se suele celebrar en España por estas fechas tiene sus anclajes en los días 6 y 8 de diciembre. El 6 recuerda el día en que la ciudadanía aprobó de forma mayoritaria, pero con una abstención significativa 3, la actual Constitución española. Fue en 1978.
El 8 es una fiesta religiosa. Es el día en el que se recuerda la proclamación por dogma de fe de la concepción Inmaculada de la naturaleza de María, la madre de Dios. Lo estableció un Papa, Pío XI.
En años de la transición, se intentó que la Iglesia católica aceptase otro día y motivo de celebración, religioso por lo demás. No se consiguió. Con los símbolos de la Iglesia católica, apostólica y romana, española además, no se juega. Es difícil persuadirles razonablemente, sin otros procedimientos persuasivos, que ceden un milímetro sin pérdida en cualquier circunstancia. ¿Trasladar a otra día un día religioso de celebración tan esencial como éste de la Inmaculada? Pero ¡qué se habían creído estos laicos, agnósticos, ateos y anticlericales!
El empresariado español, algunos sectores, se quejaron en su momento, acaso por descoordinación, o conflicto de intereses, con el poder fáctico eclesial. Muchos días de fiesta, un largo puente cercano a las fiestas de fin de año, disminución de la productividad y de los resultados, demasiada relajación obrera insistían. España no puede permitirse esos lujos. Ellos si, desde luego. Más tarde ya se sabe: silencio contenido en sus reclamaciones. Consiguieron lo mismo por otros medios. Otro efecto de la contrarrevolución capitalista de estas últimas décadas. Éxitos en los negocios de la diversión, y más beneficios y, si se me permite, alienación y canibalismo consumista 4, conversión de días festivos en días laborables, con algún extra caritativo. En un supermercado cercano a donde vivo, y es norma en otros también, abrieron el 6 por la mañana y abrirán en la mañana del 8. Los trabajadores y trabajadoras, algunos de ellos cuanto menos, acaso más de la mitad de la plantilla, han tenido jornada laboral normal continuada el 6 o el 8, o el 6 y el 8. El 7, desde luego, fue día laborable. Así, pues, sin puentes, como quería la patronal de extrema derecha dirigida por el señor Cuevas quien, misterios abisales de la larga transición española, asistió recientemente al merecido homenaje a Marcelino Camacho 5.
Decíamos que el 6 era el día de la actual Constitución española. En el título I, “Derechos y deberes de los españoles”, artículo 16, se “garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y las comunidades sin más limitación, en sus manifestaciones, que la necesaria para el mantenimiento del orden público protegido por la ley”. Se afirma a continuación que “Nadie podrá ser obligado a declarar sobre su ideología, religión o creencias”, cosa que no siempre ocurre, y, finalmente, en el aparado 16.3, se sostiene que “ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones”. Que este último apartado del artículo 16 sea totalmente consistente en su formulación no es cosa que se imponga con la obviedad con que aceptamos que el siguiente natural de 2 es 3, pero en todo caso, destaquemos ahora, se afirma en la primera parte de 16.3 que ninguna confesión religiosa tiene carácter de confesión de Estado. El Reino de España (¡qué cosa! ¡qué sonidos!) acaso no sea laico, dadas esas extrañas relaciones de cooperación con la Iglesia Católica 6, institución que además está subordinada por acuerdos con un Estado extranjero, pero en cualquier caso, constitucionalmente, no es o no debería ser un Estado confesional. Y este carácter no confesional debería reflejarse en símbolos, instituciones y en fiestas ciudadanas. El día 8 es una de ellas. ¿Qué celebramos el 8 de diciembre? Veámoslo.
Un gran economista matemático, filósofo y activista ciudadano Alfons Barceló 7, hacía recientemente un magnífico relato de la celebración. Recordaba Barceló que la sesión inaugural de las Jornadas que se estaban celebrando en recuerdo de Manuel Sacristán se habían realizado en el Paraninfo de la Universidad de Barcelona, el cual está presidido por un cuadro que representa la Purísima Concepción. Hacía entonces un año, el 22 de noviembre de 2004, a las 19 horas, había tenido lugar en ese mismo Paraninfo la segunda sesión de los actos conmemorativos del 150 aniversario de la proclamación de la Concepción Inmaculada de María. En una Universidad pública, en la Universidad de Barcelona.
¿Y qué sostiene esa concepción sobre la naturaleza de la madre del Jesús? La creencia generalizada es que el asunto describe el supuesto embarazo virginal de María. Pero en realidad se trata de algo diferente. Se trata de que María, no Jesús, ha sido concebida sin pecado original.
Barceló recordaba algunos elementos de la larga historia de esta, digamos, doctrina teológico-antropológica. En las Cortes de Cataluña celebradas en Barcelona en 1454-1458, se decretó pena de perpetuo destierro contra quienes combatiesen el misterioso misterio. Entre 1496 y 1497 la Universidad de París estableció la obligación de jurar y defender perpetuamente el misterio de la Inmaculada para todos sus doctores, y la no admisión a los grados en dicha universidad a los que no hiciesen tal voto y juramento. Valencia fue en 1530 la primera Universidad en España en fijar parecidos requisitos. El 8 de diciembre de 1854, Pío IX, rodeado de 54 cardenales, 42 arzobispos y 98 obispos, y ante una muchedumbre de unas 50 000 personas, en la gran basílica de San Pedro de Roma, definió “que la doctrina de que la Bienaventurada Virgen María en el primer instante de su Concepción, por singular gracia y privilegio de Dios Omnipotente, en atención a los méritos del Salvador del género humano, Jesucristo, fue preservada inmune de toda mancha de culpa original, ha sido revelada por Dios, y por tanto debe ser firme y constantemente creída por todos los fieles”.
La bula Ineffabilis se publicó ese mismo 8 de diciembre de 1854. Así, pues, la madre de Dios, desde el comienzo de su existencia, desde que fue concebida, había sido preservada del pecado original que afecta a todos los descendientes de Adán por la carencia de gracia que deberían poseer al venir a su existencia, carencia de gracia motivada por haber roto el mandamiento divino de no comer del árbol prohibido. Es decir, por haberse rebelado contra una prohibición movidos por el peligroso gusanillo del saber.
La proclamación por dogma de esta concepción de la naturaleza de la Virgen María era necesaria, bajo presupuestos internos, ante la probable contradicción de su característica de Madre del Hijo y su naturaleza humana de descendiente de Adán y portadora, por tanto, de pecado, de ausencia de gracia.
Salvada la probable inconsistencia doctrinal católica por Pío XI, queda acaso apuntar otra de naturaleza muy distinta: ¿Es consistente que una sociedad regida por una Constitución no confesional celebre como fiesta ciudadana el día de la proclamación como dogma de fe, y de su edición en Ineffabilis, de un asunto estrictamente teológico cuyo interés, lógico, teológico, tiene aristas estrictamente religiosas o, si se quiere, de preferencia por la consistencia lógica?
¿Nos podemos imaginar qué se diría si un Estado socialista celebrase como fiesta ciudadana el día de la primera edición del primer volumen de El Capital? ¿Nos lo podemos imaginar? Seguramente no. Pero, por otra parte, teniendo en cuenta contenidos científicos contrastados, y sin que eso signifique otorgar cientificidad a todos sus pasos, ¿no habría más motivos en el caso de El Capital que era, además, según subtítulo, y no es poco, crítica de la economía política?
1 Danel C. Dennett, Romper el hechizo. La religión como fenómeno natural. Katz ediciones, Buenos Aires, 2007, pp.45-46 (traducción de Felipe De Brigard).
2 Es destacable el uso hegeliano-marxista de la expresión por parte del filósofo analítico Dennett.
3 Rondó, si no recuerdo mal, el 40%. Grupos nacionalistas, anarquistas y de izquierda comunista, por diferentes motivos, fueron algunos de sus promotores. También, si no ando errado, no se trata de negarlo, grupos de la extrema derecha española que se movieron entre el NO y la abstención.
4 Sobre este punto, cualquiera de los trabajados recogidos en: Santiago Alba Rico, Capitalismo y nihilismo. Dialéctica del hambre y la mirada. Akal, Madrid 2007. En mi opinión, uno de los mejores libros de filosofía publicados en España en estos últimos años. Si hubiera justicia intelectual, firme candidato para el Premio Nacional de Ensayo (incluso de Narrativa)
5 Otro argumento razonable en contra de los efectos culturales de los pactos de la Moncloa y de la columna vertebral del gran pacto de la transición: si un individuo con el historial del señor Cuevas acude sin ninguna vacilación y sin ninguna critica conocida y extendida al homenaje ciudadano al gran sindicalista, rojo, entregado, resistente, encarcelado, el compañero Marcelino Camachado es que, entre todos, algunas cosas hemos hecho rematadamente mal. ¿Es posible rozar, tocar, alcanzar algún tipo de hegemonía, tal como quería Antonio Gramsci, con estas celebraciones en las que todo monte es orégano democrático?
6 Téngase en cuenta, además, los acuerdos del Concordato cuya legalidad sin tacha está, no sin razón en discusión permanente.
7 Véase su “Extremista discreto” en S. López Arnal e I. Vázquez Alvárez (eds), El legado de un maestro. Papeles de la FIM, Madrid, 2007.

AFRANCESADOS

A los que ya nos gustaba la «grandeur de la Françe», su cultura, su «savoir faire» aunque a veces detestemos ese chauvinismo que nos deja fríos, aunque he de reconocer que en otras ocasiones me entusiasma ver cómo una nación hace suyos a los héroes extraños y hasta recupera la memoria histórica a través de ellos, como sucedió con el guerrillero luanquín Cristino García Granda, fusilado por el franquismo allá en los años 1946 y a cuyo homenaje luego se juntaron miles de personas en París, y a quienes los franceses le concedieron el privilegio de otorgarle varias de sus patrias calles, aquélla que después de todo supo acoger a tantos exiliados.

Ahora que el patriotismo americano lo arrasa todo con tal de imponer su voluntad e interés estratégico en lo político y en lo económico, pasándose por la entrepierna la ética política y humanitaria, la Corte Internacional y las propias resoluciones de la ONU, ¡pues que le den! Ahora que el Sr. Aznar se ha pasado al bando yanqui, que ha apostado por la cultura del «Reader Digest» y la comida rápida, pasando de culturalismos y de pasados históricos, y ha empezado a chapurrear en anglo-yanqui, comenzando a hacer las mismas tonterías políticas y sociales que su amigo Bush, ¡que paren este tren que me bajo en la próxima!

Cuando los obispos españoles y la iglesia entera ha perdido su capacidad de trasmitir la fe, la comunión de las iglesias y encandilar a los suyos en la construcción de un nuevo espíritu, y en cambio ha optado por tirar de tiara, báculo y presión optando por los ultrasur, haciendo de la Iglesia la casa de los «kikos» y los «neocatecumenales» que se van imponiendo por acción y devoción del caballo de troya cántabro que nos van inundando en pueblos y parroquias de tales concepciones, aunque alguna que otra pintada se va ganando al respecto.

Pues eso, viva la madre Francia. Cuando en España es imposible tocar una Constitución, y en Europa es toda una realidad con la cual la jerarquía católica y sus compañeros de viaje juegan a cambiar intereses para meter de rondón en la nueva Constitución europea, el tema pancristiano, católico y romano como herencia, hasta han tenido la suerte de que todo ello se pueda firmar en Roma en vez de Francia. ¡Que vamos a decir!

Ante todo ello qué quieren que les diga, al igual que los ilustrados liberales asturianos, yo me hago jacobino «un sans culotte» y voto y canto por la «grandeur» de Francia que aún predica con el ejemplo sobre su ética política y cultural, como bien nos recordaba no hace mucho el profesor Cuenca Toribio en el Ateneo Jovellanos, hablando y filosofando sobre la coherencia de la postura de Francia en Irak.

Una nación donde su concepto laicismo debía ser una marca de referencia, para la escuela, para los políticos, etcétera. Concepción que llega incluso a la esencia de la propia masonería, a la cual desviste de esoterismos, cábalas y magias variadas, y cómo no iba a llegar ese «grandeur» a una acción cultural no de tan altos vuelos como el Instituto Cervantes, pero más ejemplar y popular y efectiva como es la Alianza Francesa, ante ello qué quieren que les diga, si algún día me pierdo que me busquen en Francia, en la rue Cadet bajo la triple enseña de «Libertad, igualdad y fraternidad», porque a buen seguro que como aquellos liberales asturianos yo también me habré convertido en afrancesado, y espero no ser tan tibio como alguno que luego pasó al servicio de su majestad británica.