09 marzo 2008

Apostasía, ya

Maruja Torres 09/03/2008

Unas vacaciones romanas, no tan largas como habría deseado, pero sí muy intensas, bastaron para aportarme no pocas pruebas de la furibunda vitalidad de que goza en estos momentos el integrismo católico / totalitario (lo sé: es una redundancia, pero me gusta; nunca está de mal redundarlos). Los españoles que menean sus faldas o sus alzacuellos por el Vaticano exultan y levitan cuando hablan de su lucha contra el exterminio de la fe que, aparentemente, se produce en nuestro país. No se cortan un pelo, de paso, sean jesuitas o del Opus Dei, a la hora de indagar –simpáticamente, en plan colegas– sobre las aficiones íntimas de sus compatriotas, cuando hablan con ellos. Dan por sentado que les pertenecemos.

Son como mi taxista romano, quien después de conducirme a la tercera iglesia del día –atraída por sus tesoros artísticos fui; para nada por mi piedad, tan de este mundo–, ronroneó: “Claro, usted también es católica”. Y no paró de enseñarme templos, contuvieran o no caravaggios. Algunos, llenos de estatuas papales y de bustos de ceñudas benefactoras con su acreditada virtud hecha lápida, eran más bien espeluznantes. Pero cómo me gustó la pequeña basílica de San Clemente. Tres en una: pagana en el subsuelo, cristiana de los primeros días –cuando muchos de los fieles eran fanáticos que ansiaban inmolarse– en el plano medio y, por fin, rabiosamente triunfante, la cruz de Constantino en la iglesia que hoy se dedica al culto: poder absoluto.

Pone la carne de gallina que ese poder vuelva a ejercerse con la aplastante contundencia que evidencian los monumentos elevados a mayor gloria de la Iglesia. Aunque quién nos diera un papa Julio, culto y disoluto, antes que estos hipócritas de ahora.

Por las calles de Roma pasan autobuses especializados en turismo cristiano; en numerosas fachadas asoma su ratonil sonrisa el actual Pontífice –señor de los puentes: para cortarlos–; se convocan actos contra la interrupción voluntaria del embarazo, que a sus monseñorías les parece “el nuevo holocausto”; los curas participan en debates sobre la crisis del fútbol italiano… Roma, la vieja cantinera, repta como puede por entre tanta hierba oscura y venenosa. Estalla Roma, como siempre, en descarada, abrumadora belleza: un pecado de la carne, más que un misticismo.

Pero, en su Vaticano, su santa curia sigue fastidiando con la canción del verano de los peores años: haces bien en tener una familia, hija mía –vinieron a decirle a una amiga–, porque por mucha modernez y mucha depravación que vivamos, los hombres siempre preferirán a una mujer decente.

Esa niña española, que diría Rajoy. Ese ideal de todo confesor.

La inmunidad con que platican estos pastores eclesiásticos puede deberse a razones varias. Una y principal, saber que, en España, su implicación con los políticos ultraconservadores les ha garantizado masas en las calles, ya que no en las misas; por otra parte, que un Gobierno socialista como el de Zapatero les haya colocado como embajador de España a un salpicapilas como Francisco Vázquez, también ha debido de inyectarles moralítica. Luego está el éxito de la Cope, versión radiofónica del Apocalipsis que tiene mucha garra para los anunciantes de compañías de seguridad, así como de barbacoas. Y estos buenos vivientes –permítanme el galicismo más que gálico, pero nada fálico– se abanican, como mi taxista, con la creencia de que todos los españoles somos católicos. Pastorean las ovejas suyas, pero al contar hacen trampa: incluyen a las reses que no pastan en su pradera.

–Yo apostataría si no me lo pusieran tan difícil.

–Hija mía, en el fondo no deseas hacerlo.

–Apueste a que sí. Soy apóstata in péctore.

–Pero si te permitimos apostatar, te privamos de la posibilidad de arrepentirte al morir.

Deberíamos apostatar en masa. Eso les bajaría los humos.