21 abril 2008

Carta abierta al Cardenal-arzobispo de Sevilla


José María Gallego Leal

Estudiante de Humanidades en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Cádiz.

Observatorio laico desde La Isla

21.04.08

“Muamar Gadafi nos dijo que lo peor que podía haber era un persona que no creyera en nada porque no hay puntos de referencia para dialogar con ella. Necesitamos una trascendencia, una persona religiosa siempre tiene un código moral y respeta a las personas. Puede haber cosas con las que no estemos de acuerdo, nosotros no tenemos otro camino que el Evangelio y Jesucristo y precisamente desde el Evangelio tenemos que respetar a los demás y una persona fiel y religiosa siempre tiene un código de conducta moral muy apreciado bajo todos los puntos de vista”.

Carlos Amigo Vallejo —Cardenal-arzobispo de Sevilla—, en declaraciones al San Fernando Información (20 de abril de 2008).

¿Debemos entender los ateos que de estas declaraciones se desprende que, al no creer en un dios, somos lo peor del mundo? Quizá esté malinterpretando las palabras del Cardenal-arzobispo de Sevilla. Pero también puede que no. Si es así, si es que no estoy malinterpretando nada y realmente el Cardenal-arzobispo de Sevilla ha querido decir que no hay nada peor en el mundo que un ateo, considero que como tal es mi deber mostrar mi más profunda indignación y rechazo hacia estas declaraciones.

En primer lugar, el Cardenal-arzobispo de Sevilla debería ver quién es el personaje con el que comparte las palabras lo peor que podía haber era una persona que no creyera en nada: Muamar Gadafi, dictador de un país en el que se vulneran de forma sistemática los derechos humanos y donde no existe respeto para el disidente. ¿Es peor un ateo que el creyente Gadafi?

La historia nos da pruebas suficientes para demostrar que las religiones y las creencias no sólo no han sido un impedimento para cometer los más terribles crímenes, sino que además, en la mayoría de los casos, los han promovido: ¿es peor un ateo por el mero hecho de no creer que los responsables de la Inquisición? ¿Es peor un ateo que los creyentes Hitler, Franco, Pinochet, Bin Laden o Sharon? ¿Es peor un ateo que se manifiesta contra las guerras que un Bush o un Aznar que, amparándose en su dios, perpetran? ¿Es peor un ateo que los curas pedófilos? ¿Qué hay de las guerras de religión? ¿Y de las cruzadas? ¿Qué de los atentados suicidas en nombre de una religión y un dios? Así, replantéese su afirmación y formúlela en forma de pregunta: ¿una persona religiosa siempre tiene un código moral y respeta a las personas?

Con sus palabras el cardenal está condenando al ostracismo a los ateos. Esta vez no nos quemarán en las hogueras como ya hicieran en el pasado: ahora les basta con usar los medios para llevar a cabo su particular cruzada contra los que no creemos en dioses ni nos dejamos llevar por dogmas. ¿Tiene derecho, por otra parte, el Cardenal-arzobispo de Sevilla a hablar de respeto cuando este mismo es negado por la Iglesia católica y las demás religiones a los homosexuales, por citar sólo un ejemplo? Quizá sus Evangelios no lleguen a tanto.

Su lógica no es clara. Ni siquiera es lógica. Cardenal-arzobispo de Sevilla, ¿piensa usted que por creer en un dios ya está libre de cometer cualquier atentado contra el ser humano? Como ya he dicho, la historia, y la actualidad, nos demuestran lo contrario. Pero no sólo eso. A ustedes, los creyentes, poco les importa “pecar”, puesto que creen en un dios que les concederá el perdón y las llaves para una segunda vida, esta vez eterna y feliz. Nosotros, los ateos, no concebimos como usted comprenderá tal cosa. Para nosotros la existencia es aquí y ahora, y por tanto no debe haber lugar para el crimen, puesto que la vida que tenemos es lo más valioso y no tendremos segundas oportunidades. Para esto, nos dotamos inter-subjetivamente, sin necesidad de dogmas supuestamente universales (y mucho menos de dogmas de inspiración divina), de normas para poder ejercer nuestros derechos y deberes como ciudadanos en libertad.

Los religiosos obran creyendo que serán recompensados en otra vida por un dios. Nosotros obramos de forma altruista, valiéndonos la satisfacción del deber cumplido, de haber hecho una buena obra. No necesitamos la recompensa de un dios. ¿Somos lo peor por obrar así? Más bien parece que al contrario, ¿no? Como dijo Einstein, “si la gente es buena sólo porque teme el castigo y espera una recompensa, somos efectivamente un grupo lamentable” (Cita extraída de Richard Dawkins, “El espejismo de Dios”, Espasa Calpe, 2007). Esto me hace pensar, por otra parte, que la existencia de dios es más deseable que probable, pero no es este el tema. El laicismo representaría así una gran altura moral frente a la caridad recompensada del creyente si cabe, porque el laico reconoce el límite de la vida, su finitud.

Pero, ¿qué pretende el Cardenal-arzobispo de Sevilla haciendo esa distinción entre creyente y no creyente. Me tomaré la libertad de citar unas palabras de Maurizio Viroli (sacadas de “Diálogo en torno a la República”, Viroli y Bobbio):

“Si las palabras, como yo considero, tienen un sentido, hablar de creyentes y no creyentes significa aceptar de hecho el prejuicio cristiano de que quien no tiene una fe religiosa no puede tener principios morales firmes ni fe sincera. Es sólo un no creyente”.

Habría que plantearse pues: ¿es necesario ser un creyente para tener unos principios morales o éticos? Es más que evidente que no. Entonces, y repito, ¿qué pretende el Cardenal-arzobispo de Sevilla? Con estas declaraciones parece prestarse a la cruzada del Papa Benedicto XVI contra los ateos (o no creyentes).

El hecho de aceptar un dogma religioso y querer llevarlo al terreno de la moral es otra forma de violencia. Pretender que las creencias personales de unos sean la base reguladora de la sociedad es un ataque a la diferencia y a la vida privada de las personas. Esto ha llevado, por ejemplo y sin ir muy atrás en el tiempo, a que desde la Iglesia católica se haya intentado negar el derecho de las parejas del mismo sexo a casarse y formar una familia.

Sigo con Viroli:

“No hay necesidad de verdades morales absolutas fundadas en una revelación para dar sentido a la vida y al compromiso. Las verdades son aquellas que cada uno siente como verdades morales. Una convicción profunda, aunque no absoluta, puede impulsar a actuar con una gran coherencia y una fuerza comparables a la que posee quien vive de acuerdo con una inspiración religiosa. Si de verdad se cree en un ideal, por ejemplo en el ideal de la libertad, no se necesita nada más para obrar en su defensa”.

La historia de las relaciones entre moral (me refiero a la moral que nos quieren imponer las personas religiosas) y la cosa pública, nos muestra lo poco recomendable de esta asociación: ya he citado los ejemplos de las guerras de religión y de las cruzadas, pero también tenemos en España la terrible experiencia del Nacional-catolicismo. Sin más, pido al Cardenal-arzobispo de Sevilla que se retracte y se disculpe públicamente por ofender con sus declaraciones a las miles de personas que no comparten su código moral y que, sin embargo, estoy convencido de que no son lo peor del mundo.