27 mayo 2008


El sábado, día anterior al Corpus, Toledo recibió el pasacalles de la compañía Morboria. Ése fue el detonante de las declaraciones del cardenal arzobispo de Toledo, Antonio Cañizares, que lo calificó de blasfemia (El País, 26.05.08).

26.05.08

Al señor Arzobispo de Toledo, el Primado de España, don Antonio Cañizares, Cardenal.

Monseñor:

Enterados por la prensa de lo que no sin cierta demagogia califica Vd. de “blasfemia” y “ultraje” al cuerpo de su hombre-dios, en el cual confluyen los valores soteriológicos de su religión, tomamos la decisión de darle a conocer nuestro aviso respecto a éstas sus declaraciones, con el único afán de poner en evidencia el ánimo que las inspira y el trasfondo político desde el que se realizan.

Azuzar a los acólitos contra el Estado de Derecho es, sin duda, experiencia y práctica cristiana de conocido arraigo. Pero la turba comprometida suele responder sin precaución ni entendimiento, asimilando como imperativas las proclamas emitidas por el clero, y, así como de la cobardía surge la violencia, y de la ignorancia la fe, el humor contrariado de sus fieles es fuente de intolerancia, censura y condicionamiento. Lamentamos, pues, hondamente, su ansia de reconquistar a esta nación, antes costumbrista que católica, y execramos de la técnica empleada, que pretende convertir al Estado en policía de sus particulares creencias.

Fue esa más o menos la expresión utilizada hoy por Álvaro Cuesta, responsable socialista: "Si lo que se pide es que el Estado haga de gendarme de la creencia religiosa católica, eso es imposible. El Estado tiene que preservar la libertad, la de creer y la de no creer, pero nada más". Y sabido es que cuentan los obispos con un rebaño fiel entre las filas de ese partido, motivo por el cual la militancia de base, siempre más coherente que las cúpulas, exige, pero no alcanza a concretar, la derogación inmediata de un Concordato urdido en penumbras preconstitucionales. Rebaño éste con firme influencia en el territorio de su demarcación diocesana, y al que, una vez más, el peso de su gesto cardenalicio reduce al papel de abúlico parroquiano. Nos referimos al alcalde de Toledo, don Emiliano García-Page, sin duda un hombre tediosamente atormentado por la pugna entre su credo y sus ambiciones políticas.

Pero no es él quien merece hoy nuestra réplica ni nuestra mofa. Hablamos, fundamentalmente, de su insolencia verbal contra una cabalgata festiva y hedonista, heredera además del espíritu y del teatro medieval, de tanta o más solera que la pirueta teológica a la que Vds. los católicos llaman “Corpus Christi”. Su colega y Presidente, el también cardenal Rouco Varela, busca el alarmismo público al evocar la “muerte de Dios”, y al unísono se reclama Vd. como víctima compungida, doliéndose a voces de las ofensas y agravios a la Santa que le inflinge un simple espectáculo callejero.

Acostumbrados al sainete, rebufan Vds. con el arma de la indignación fingida. Y lo hacen desencadenando anatemas y exhortando al derecho a la libertad religiosa. Una “libertad” que se quiere ajena y blindada contra toda crítica, como espasmo epiléptico o gusto privado, pero que, por mérito democrático, no puede eximirse de la burla popular, lo quieran o no. ¿Libertad religiosa? ¿No fue rechazado ese artículo como contrario a la ley canónica por el Papa Pío VIII? Una publicación jesuita proclamaba, no hace mucho, el derecho a la libertad para la Iglesia católica y el fin de la misma para todas las otras. En la actualidad, el hechizo de la cultura es en demasía potente para que se excuse, al clero, de incitar al odio. Pero todavía tan indudablemente débil como para seguir permitiendo su osadía, al culpar al Gobierno de que no se respetan sus pías certidumbres.

Vds., obispos, nunca han dejado de contemplar el arte como una agresión, y el esparcimiento del pueblo como una amenaza. Y en ello radica su astucia y su impotencia. La estrategia de desgaste contra las tímidas medidas laicistas de un Gobierno atado a la estadística, el ansia de ocupar espacios públicos y privilegios y el afán por imponer su hueca intransigencia les convierten en sujetos ciertamente peligrosos para la democracia. No lamentamos el ridículo en que incurren, sino la insensatez de su programa.

Con nuestras sinceras felicitaciones al colectivo Morboria.

Le recordamos por último, Monseñor, que seguimos esperando una declaración concreta por parte de su Iglesia con respecto a la petición contenida en nuestro Manifiesto por la excomunión. Como ven, no paramos de darles motivos.

Atentamente,

Francisco Miñarro,

Coordinador FIdA.