15 noviembre 2008

¿SANTO, PÍO XII, EL PAPA DE HITLER?


Íñigo Ramírez de Haro

En la portada de hace unos días de esa inefable publicación “Alfa y Omega”, que acertadamente Savater llama el nuevo “Malleus Maleficarum”, o “Martillo de brujas”, aparece una conocida foto de prisioneros judíos en un campo de concentración nazi con la siguiente leyenda debajo: “… esto es lo que ocurre cuando el hombre decide que Dios ha muerto.” Sorprendente, toda vez que los perpetradores de los crímenes se autodenominaban cristianos, algunos con fe acendrada. No tiene ninguna novedad. Como explicaba en este mismo periódico hace poco Sánchez Ferlosio, entre otros, es cuando Dios existe que todo está permitido.

Aún más sorprendente resulta que esa portada aparece el mismo día que el actual Papa, Benedicto XVI, ha dado luz verde a la beatificación- santificació n de Pío XII, el Papa de Hitler. Como es bien conocido, la complicidad de las iglesias católica, protestantes y ortodoxas con los regímenes nazis y fascistas de la época, hace que para muchos la leyenda debajo de la foto debería ser más bien: “… esto es lo que ocurre cuando un Papa es cómplice de un dictador asesino.”

Porque la relación de Pío XII está perfectamente documentada en la historiografí a y literatura desde la emblemática obra de teatro “El vicario” de Hochhuth o el clásico “Pío XII y el Holocausto” de Saúl Friedlander, donde demuestra cómo el Vaticano sabía ya desde el verano de 1942 la existencia, procedimientos y gaseamientos de los campos de concentración… , hasta el recientemente publicado “El Holocausto y el mundo cristiano” de “Yad Vashem” con amplio abanico de autores judíos y cristianos sobre el tema, pasando por libros como el polémico de John Cornwell, “El Papa de Hitler”.

Los hechos históricos son claros y nadie los discute: Pío XII jamás condenó el régimen nazi ni las matanzas de judíos y no judíos; el famoso “silencio” del Papa. Lo que sí varían son las interpretaciones de este silencio. Para los críticos, Pío XII representa el típico Papa de la larga tradición antisemita de la Iglesia Católica, con sus decenas de bulas, concilios y declaraciones contra los judíos, que tras su larga estancia en Alemania ve con muy buenos ojos a Hitler y a sus dictadores satélites. Curiosamente Pío XII sí habló, y mucho, para condenar “los males” de la época como el comunismo, el liberalismo y otras lacras que trae la modernidad.. Tampoco condenó a los dictadores fascistas católicos, como el sacerdote Tiso en Eslovaquia, Pavelic en Croacia o Franco en España. Por ejemplo, sólo Pavelic se calcula que asesinó a 700.000 serbios ortodoxos. O la red vaticana para salvar a nazis al final de la guerra…

Difícil lo han tenido siempre los defensores de Pío XII. Su argumentación no suele pasar de justificar la “eficacia” del “silencio” papal en relación a la diplomacia tradicional vaticana en tiempos de guerra, o sea, la “reserva, prudencia y neutralidad” adecuadas para que las matanzas no fuesen peores. Los propagandistas del Vaticano sacan a relucir a partir de ahí los casos extraordinarios de curas y monjas que dieron sus vidas para salvar a los judíos y no judíos. 

Encomiables, ciertamente, pero fueron eso: casos extraordinarios, porque el comportamiento ordinario de las Iglesia católica, y no católica, en Alemania y en los países satélites, Francia incluida, fue mayoritariamente laudatoria de Hitler y sus dictadores fascistas, con la aprobación del Vaticano. Nadie puede olvidar, por citar un caso, el telegrama de felicitación del cardenal Bertram, presidente de la Conferencia Episcopal de Alemania, cuando Hitler se anexiona de Austria: “Para expresar con el debido respeto mi felicitación y mi gratitud… a cuyo fin he dispuesto un solemne redoble de campanas para el próximo domingo.” Y así uno tras otro.

Con estos antecedentes, ¿cómo puede explicarse que Benedicto XVI no deje correr un tupido velo sobre ese Papa y decida resucitar la polémica con su beatificación- santificació n? Es cierto que, parafraseando a Pascal, el Vaticano tiene razones que la razón desconoce, pero parece evidente que si según el diccionario beato y santo se definen en términos de ejercitar la virtud, perfecto y libre de toda culpa, Pío XII no entra en esta categoría. Aunque sólo sea por lo que escribe otro Friedlander, Albert: “La cuestión no es si Pío XII fue malo; sino si fue santo. Debo pedir a la Iglesia que reajuste su conciencia. ¿La santidad no implica un esfuerzo sobrehumano?”

Ya se sabe que en el Santoral hay muchos santos con historias delictivas cuando no criminales, incluidos algunos Papas. Pero ocurrió en el pasado. Hoy la Iglesia ya no es dueña y señora del mundo, hay otro nivel de educación de la ciudadanía, por lo que sus actos son fiscalizables. ¿Entonces, por qué esta contumacia en desenterrar este asunto “radioactivo”, como lo llamó Rudin, aunque sólo sea porque genera un enorme malestar internacional entre no católicos y católicos sensatos, y que demuestra muy poca sensibilidad en estas épocas de los respetos políticamente correctos? ¿Será que se siente tan confiado en su buena imagen que le permite situarse más allá del bien y del mal? ¿Será que la Iglesia ha comprendido que necesita subir la tensión porque con la tranquilidad y la paz pierde rédito con su grey? ¿Será que el viejo Papa se quiere quitar la espina de juventud de sentirse señalado? Benedicto XVI es alemán y vistió el uniforme nazi de joven; otros alemanes no lo hicieron y sufrieron por ello.. ¿O será que, simplemente, en la milenaria política vaticana de apuntarse siempre al bando vencedor quiere ahora sumar a Pío XII, y de paso a la Iglesia y a él mismo, entre las víctimas del holocausto y la barbarie nazis? Pero para eso, tiene que rescribir la historia, como tantas otras veces. No lo tiene fácil. El “silencio” cómplice de Pío XII canta demasiado. No olvidemos que el holocausto es la culminación de dos mil años de la “enseñanza del desprecio” a los judíos que los cristianos han venido practicando con pocas fisuras. El odio de Hitler a los judíos es un odio cristiano.

(*) Íñigo Ramírez de Haro. Es ingeniero aeronáutico, diplomático, filólogo y escritor. Es miembro de Europa laica.

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