14 julio 2009

LAICISMO POLÍTICO 1ª parte)

 

Ahora que está tan de moda por los poderes públicos y políticos españoles hablar y plantear el tema de la Laicidad Positiva, en  cuyo planteamiento algunas Obediencias masónicas españolas se encuentra muy cómodas, traigo a colación este trabajo de quien fuera Gran Maestre dela Gran Logia de Chile, Jorge Carvajal Muñoz, con el cual mantuve hasta su muerte una intensa comunicación.

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En su memoria traigo hasta aquí este artículo.

  El laicismo está explicitado en la frase evangélica “dad al César lo que es del César  y a Dios lo  que es  de  Dios”. Especifica que el  objeto propio  y  directo  de la sociedad temporal es el bien natural, no el reino de Cristo: “Mi reino no es de este mundo”. Y el Apocalipsis desacraliza la política al condenar el culto a los reyes. “El mundo pertenece exclusivamente al estado; la Iglesia tiene su propio campo de acción, que en cierto sentido es “ulatramundano”,  afirma  Juan  Pablo  II  en  “Memoria e Identidad”. El pensador político inglés Michael Oakeshott ( Chelsfield, Kent 1901-1991) no dudaba  en  afirmar  que  el  primer  triunfo  de  lo  que  él  llamaba  la  “política  del escepticismo” -la política- en contraste con la “política de la fe”, “consistió en distinguir entre política y religión”.


  Históricamente, haciendo un recuento  del pensamiento occidental, el espíritu laico comenzó a gestarse desde fines del siglo V de nuestra era, el dualismo ya iniciado por Agustín  de Hipona  y  algunos cristianos de la  patrística, planteaba  dos tipos de ordenes:  los  intereses  espirituales  y  de  salvación  eterna  resguardados  por  la organización clerical y los intereses temporales o seculares que correspondían a las autoridades civiles y seculares.

Dicha concepción fue autorizada por el papa Gelasio I y se denomina "doctrina de las dos espadas" o de las dos autoridades, aceptada en la primera parte de la edad media. Sin embargo, cuando se generan las disputas y rivalidades entre el papado y las monarquías, ambos bandos se ven obligados a replantear sus posturas: En cuestiones doctrinales el emperador debe subordinar su voluntad al clero y tiene que aprender más bien que presumir enseñar. Se sigue con ello que la iglesia por intermedio de sus jerarcas y ministros, tiene que tener jurisdicción sobre todas las materias eclesiásticas, ya que es indudable que de otro modo no puede ser una institución independiente y autónoma. ( Sabine, George H. Historia de
la teoría política. FCE. México, 1980. p. 244 )

  Lo anterior significa, en primer lugar, la necesidad de plantear la autonomía para asegurar un desarrollo independiente, pero también implicó la primacía de una entidad política sobre la otra:

La aplicación dada hasta ahora de las ideas políticas de San Ambrosio y San Agustín, subraya la autonomía de la iglesia en cuestiones espirituales (...) Tal posición  implica  la independencia  de  la  iglesia  pero  también  la  del  gobierno secular.( Sabine, George H. Historia de la teoría política. FCE. México, 1980. p. 236)

  Si bien es cierto, que Agustín de Hipona jamás acuñó el concepto de laicidad ni se  asumió  como  tal,  en  su  obra  "La  Ciudad  de  Dios"  marcó  distancias significativas  entre  los  gobiernos  civiles  y  el  gobierno  de  Dios  "la  iglesia cristiana", esta última, considerada la única sociedad realmente perfecta y por tanto superior al estado civil. Dicha distinción marcará el inicio de la dualidad entre ambos gobiernos y señalará la necesidad de la lucha por su autonomía y su  definición  de  no  sometimiento  la  una  a  la  otra.


  Esta visión política no se da de manera aislada, se refleja en el mundo de la cultura, de la filosofía y de la ciencia. Concretamente en el plano de las ideas, emerge la postura que señala dos caminos para avanzar: el camino de la fe y el camino de la razón, sus metas son distintas, asimismo sus fuentes y formas: El camino de la razón sólo puede asegurar la existencia de un mundo ordenado a partir de las categorías puestas por el entendimiento racional, el conocimiento  científico es su meta o fin, a través de la razón no se pueden afirmar supuestos
metafísicos, sino es por el camino de la fe, única vía que acepta los dogmas o  verdades absolutas aceptadas independientemente de la demostración racional científica.  (Ana  Cecilia  Valencia  Aguirre.  Universidad  Pedagógica  Nacional.  Guadalajara.  México 

  Fe y razón se oponen, este es el rasgo distintivo y constante de la modernidad surgida  en  Occidente  desde  el  siglo  XVI,  donde  Renato  Descartes,  representante máximo de la modernidad, señala que el camino para lograr la verdad es el método guiado por la razón y el entendimiento. La verdad, por otra parte, es aquella que se muestra al espíritu racional, como lo claro y lo distinto, la claridad se expresa en la representación y la distinción del objeto está en la demostración matemática: por tanto todo objeto verdadero tiene que ser representable y demostrable matemáticamente.

Toda ciencia tiene que plantearse como camino el método y la demostración causal a través  de  la  matemática    y  la  experimentación,  como  lo  habían  señalado  Bacon, Galileo,  Newton,  y  el  propio  Descartes,  cada  uno  a  su  manera,  como  es  obvio.

Esta  situación  de  las  ciencias  del  siglo  XVI,  exigía  una  mayor  autonomía  en  las universidades, lugares donde se gestaba precisamente el espíritu crítico basado en una
ciencia autónoma. No es gratuito que en los países donde se da el desarrollo de las ciencias,  sean  aquellos  donde  se  dan  los  primeros  movimientos  liberales  o  las   3 monarquías  constitucionales  y  representativas.  El  caso  ejemplar  es  Inglaterra  en  el siglo  XVI,  y  John  Locke,  su  primer  filósofo  constitucionalista  y  padre  del  gran movimiento empirista británico, que tanto motivó las mentes brillantes de su tiempo.

  El  ejemplo  y  la  lección  histórica,  nos  muestran  que  la  laicidad  más  que  una norma que surja de un afán de poner en conflicto las relaciones entre el clero y los recién  inaugurados estados modernos  o monarquías representativas, surge  ante  un afán  propio  del  espíritu  humano,  por  señalar  que  la  vía  del  progreso  espiritual, científico, artístico y cultural es proyecto y obra de la razón. De una razón que exige autonomía,  esto  es,  libertad  para  asegurar  un  desarrollo  y  un  progreso  planificado racionalmente. 

  En pocas palabras, las cuestiones  políticas, culturales, científicas, artísticas, son  asuntos humanos cuyo instrumento, falible y sujeto al acuerdo, a la aprobación pública, a la comprobación o demostración científica, según se trate, es la propia razón y su facultad de entendimiento. Los asuntos de la fe, pertenecen al orden de la creencia personal, son religiosos, y están en el orden privado; en cuanto al clero, institución dedicada a instruir conciencias en el plano de la fe, ésta debe dedicarse a tratar su misión  de manera  autónoma sin inmiscuirse  en  los asuntos  de la  política  y  de sus instituciones: la educación pública es una institución política.

  El  librepensamiento  es  tributario  entre  otros  filósofos,  del  ya  nombrado  John Locke quien consideró la filosofía como indagación de los problemas del hombre en cuyas “Cartas sobre la tolerancia” y en los “Tratados sobre el gobierno”, sostiene que, por nacimiento, los hombres son iguales y libres; ninguno posee derecho sobre los otros.  Como en el estado de naturaleza el goce de los derechos de cada uno resultaba inseguro, con el fin de afianzar el disfrute de la libertad y de la propiedad realizaron los hombres un pacto para constituir una comunidad organizada y una autoridad estable que ejerciera el poder de acuerdo con la voluntad de la mayoría.

  En su pensamiento sobre la tolerancia pueden encontrarse atisbos del “deísmo”, entendido como “el conjunto de opiniones enderezadas a elaborar una interpretación “natural” de la religión, atendida a la razón y ajena a cualquier imposición dogmática”.

  Herbert de Cherbury también impulsó fuertemente el deísmo; pero estimó que esta expresión filosófica correspondía a la de “free-thimkers”, librepensadores.

  Otro autor, John Toland, siguiendo a Locke, defendió la libertad de pensamiento y la tolerancia, sosteniendo que en los evangelios no hay nada opuesto a la razón ni
tampoco encima de ella.   4

John Collins, en el “Discurso sobre el Librepensamiento” (1713), sostiene que el librepensamiento no puede ni debe ser constreñido.

  En el desarrollo filosófico, la “filosofía moderna”, que considera como tal a los movimientos filosóficos posteriores a Kant, se caracteriza “por su pugna en lograr la autonomía del pensamiento frente a los dictados del dogma teológico, y su esfuerzo por  elaborar  paulatinamente  una  nueva  interpretación  del  mundo  y  de  la  vida  que, aunque no elimina el motivo religioso, atiende en primer término y cada vez más a compresión  de  las  cosas  mediante  el  libre  uso  de  la  inteligencia  y  con  una  firme predilección por lo natural, lo concretamente humano, lo terrenal”.

  Debe  considerarse  que  el  pensamiento  filosófico  moderno,  en  un  mundo  de comunicaciones limitadas, alcanzó trascendencia a través de las elites intelectuales y, no obstante la  lentitud en su desarrollo, fue alcanzando sus fines de manera sostenida, como una marejada que no paró de avanzar.

  Hasta mediados del siglo XVIII no se conoció como una realidad la tolerancia religiosa  en  Europa.    Desde  que  la  sociedad  europea  pasa  a  identificarse  con  el catolicismo romano, a partir de Constantino, se da origen a una comunidad de fe en que la religión llega a ser parte constitutiva de una sociedad completamente intolerante.

  La liberación del individuo de la sujeción medieval al vasallaje total y la liberación de los grupos sociales, permitió el paso de la unidad política y cultural, eminentemente teológica,  a  la  diversidad  política  y  la  aproximación  cultural  a  las  ciencias  y  la investigación.

  La autonomía cultural tiene, de este modo, rasgos comunes con la liberación del pensamiento, la autonomía de la voluntad y la configuración de los derechos humanos; todo lo que se va traspasando como elementos constituyentes de las transformaciones sociales.

  Con el tiempo, este desarrollo permitía suponer que, junto con el crecimiento del “free  think”,  surgiría  el  proceso  de  la  completa  decadencia  del  dogmatismo  y  la intolerancia.

  Esa consecuencia lógica no se ha dio.  Los principios filosóficos de conciliación de  los  propios  autores  que  impulsaron  la  tolerancia  y  el  “free  think”,  facilitaron  la vigencia,  la  consolidación  en  el  mundo  occidental  del  cristianismo  y  sus  redes  de influencia.  Su división entre católicos, protestantes, anglicanos, no hizo más que abrir campos de acción para la fe, con posiciones intransigentes entre ellos mismos y una actitud común de intolerancia hacia el no creyente.   5

  El debilitamiento de la unidad política y de la hegemonía confesional, que se había alcanzado por el avance del librepensamiento, fue evidentemente frenado por la recuperación del poder dogmático en áreas geográficas intelectualmente más débiles, como América Latina.

  Hombres como Locke previeron que la única forma en que tanto la tolerancia, como la democracia, claves en la existencia de un humanismo laico, podrían subsistir y proyectarse en la sociedad civil, era  la educación.

  Sin embargo, la misma idea fue manejada por los sectores confesionales con medios,  influencia  y  oportunidad  mejores,  logrando,  en  gran  medida,  el  control  del desarrollo intelectual en el mundo occidental.  La influencia religiosa en la educación y su  complementación  con  el  poder  de  los  medios  de  comunicación,  han  llegado  a dominar las áreas educacionales de nuestros países.  Ni los Estados Unidos escapan a estos poderes, sincronizados con el papado, como se manifiesta en la teoría del diseño
inteligente  con  que  se  quiere  debilitar  la  teoría  de  la  evolución  de  Darwin,  en  los
programas escolares.

  Los procesos laicos, en general, han debido enfrentar este problema.  El caso de Francia y Bélgica creo que son demostrativos de esta realidad.

  Pero, además, la definición clásica de laicismo ha ido dando paso, al mismo tiempo, en las últimas décadas, durante las cuales se han profundizado y activado las acciones  concretas  destinadas  al  establecimiento  de  la  igualdad  de  las  tendencias laicas y las confesiones religiosas, en sus relaciones con el Estado, a una separación conceptual  del  término,  dividiéndolo  en  dos  áreas:  el  laicismo  político  y  el  laicismo
filosófico.

  Uno de los primeros autores que conocemos en proponer esta demarcación al laicismo, ha sido nuestro amigo Philippe Grollet, quien ha señalado que el Laicismo Político o Laicismo de Estado se define “como el deber de imparcialidad de los poderes públicos respecto de las concepciones filosóficas y religiosas de los ciudadanos”.

  Se habla de “laicismo filosófico”, prosigue nuestro autor, “cuando la expresión está referida a la moral, que se funda en un humanismo libre de cualquiera referencia divina, como una concepción de vida no confesional, fundada en valores”.

  Enseguida precisa aún más al alcance de esta clasificación:   “Los dos laicismos, el laicismo político y el laicismo filosófico, no son en absoluto contradictorios, sino por el contrario, se complementan.  Mientras que uno requiere de  la imparcialidad de los poderes públicos, el otro supone el compromiso moral de los individuos con los valores humanistas que se liberan con un pensamiento crítico, de los dogmas y los sobrenatural”.

  Es de toda evidencia que ambos laicismos no se contraponen, no obstante que el  laicismo  filosófico  estará  siempre  adscrito,  por  su  propia  naturaleza,  el  laicismo político  que  garantiza  la  existencia  de  un  espacio  social  libre  y  tolerante,  donde  el compromiso moral de los individuos para a ser verdadero.

  No es, por cierto, la primera variación que surge en la visión del laicismo.  El debate, en los últimos años, entre las propias organizaciones laicas, ha hecho surgir el llamado “laicismo nuevo” frente a un “laicismo antiguo” que, de alguna manera, plantea una renovación del principio tradicional, introduciendo una versión diferente del espacio público y la relación con las corrientes del pensamiento dogmático.

  Creemos, sin embargo, que la formulación articulada del “nuevo laicismo”, entra por ahora en el campo de la discusión filosófica y viene a corresponder a un proceso de su  desarrollo  doctrinal.    Pero  curiosamente,  son  los  propios  cambios  sociales  y económicos,  que  ha  ido  introduciendo  la  mundialización  o  globalización,  los  que parecen sobrepasar estos esquemas clasificatorios.  En otras palabras, queremos decir que la velocidad del cambio social introduce factores que no permiten asentar todavía otras articulaciones más permanentes, como aquellos ya planteados por el laicismo político y el laicismo filosófico.

  La ruptura de la unidad política mundial, que se había logrado por el vasallaje espiritual  y  confesional  del  mundo  occidental,  dio  origen  a  la  potencialidad  de  lo individual y validez a las organizaciones locales.  La dispersión de las soberanías, y la constitución de democracias, republicanas, dio paso al pleno ejercicio de los derechos ciudadanos  universalmente  reconocidos;  pero  se  mantuvieron,  sin  embargo,  las poderosas unidades mundiales religiosas de raíces cristianas.   La desvinculación entre los sectores laicos, supuestamente dominantes con la llegada de la democracia, ha sido demasiado notoria y pone en evidencia la debilidad que el librepensamiento acusa en la hora actual.

  Cierto  es  que  el  librepensamiento  ha  estado  inserto  como  una  universalidad
laica en la Institución Masónica, sobre la base de una identidad no discutida que, sin
embargo, no representa la plenitud del mundo laico.  Como lo señaláramos en ocasión
anterior, todos los masones son librepensadores; pero no todos los librepensadores
son necesariamente masones.   7

  Piénsese  solamente en la inexistencia de vínculos formales entre las corrientes
laicas de los países americanos y entre estos y otros países fuera de América.

  No obstante, el laicismo avanza por la fortaleza de principios indisolublemente
ligado al humanismo, estimulando su estudio y desarrollo.

Continua

Cartagena de Indias, Octubre de 2006