11 diciembre 2010

IDEAS SOBRE EL LAICISMO

 

A estas alturas del siglo XXI es denigrante tener que admitir el artículo 16.3 de la Constitución española de 1978 en el que se dice: “los poderes públicos mantendrán relaciones de cooperación con la Iglesia Católica”

Para personas de conciencia libre y neutral, es imposible tener que admitir, el artículo 51 de la Constitución europea en el que se reconoce explícitamente las raíces cristianas de Europa. Porque no es verdad, aunque la religión cristiana, haya sido parte importante de la historia de Europa. También lo han sido el druidismo, el arrianismo, el islamismo, el judaísmo, el deísmo, el nihilismo, el agnosticismo. ¿Y, qué decir, de los ateos, de cuyo número nunca se ha hablado?

La aurora de la civilización europea, se quiera o no, amaneció en las costas jonias y áticas, en la tierra de los poetas y los filósofos; en la tierra de los inventores del diálogo, la democracia, la geometría, la tragedia y la filosofía, es decir, en la Grecia clásica. Aunque muchos las ignoren, yo sigo creyendo en las palabras pronunciadas por el poeta Shelley: “Todos, somos griegos”

El anticlericalismo popular en España es vino añejo, data de antiquísimos tiempos, nada menos, que de la época romana y visigótica. En plena Edad Media, siglos de fe y brujería, como conviene a la infancia del espíritu, se descubren ya pleitos entre pueblos y clérigos. En las Cortes castellanas y aragonesas se discutían los abusos de monjes y tonsurados, se ponía coto a sus barraganías, se castigaban sus desafueros, y se frenaba su codicia. Desde casi sus orígenes, las Cortes proveyeron que, las iglesias y monasterios, no pudieran aspirar a la propiedad territorial.

Es cierto que el sentimiento que aparece con más rapidez en cualquier revolución española es el anticlericalismo. En Barcelona, en 1873, las iglesias estuvieron cerradas durante varios meses. La milicia convirtió en cuartel una de ellas, y en otra se celebraban bailes públicos. En España los curas no podían salir a la calle vestidos con su sotana. En Sevilla, los cantonalistas, decidieron convertir la catedral en un café. Se ha escrito que, D. Antonio Cánovas del Castillo, conspicuo restaurador Alfonsino, empezó su carrera política, allá por 1848, quemando iglesias en su Málaga natal. También se deben recordar la expulsión de los jesuitas en 1767 y 1932. De igual manera, la Desamortización de Mendizábal en1836.

En el siglo XIX todos los políticos estaban de acuerdo en que había que suprimir las órdenes religiosas, sin más discrepancia que los moderados querían extinguirlas poco a poco dando un plazo prudencial para que ellas mismas fueran desapareciendo, y los progresistas querían suprimirlas inmediatamente.

Pero si alguna vez los demócratas españoles se hicieron sacrílegos, volterianos, audaces o exaltados ha sido después que la saña y la cerrilidad del clericalismo español, hubieron demostrado que, en España, eran incompatibles, el progreso y la religión.

Porque fueron ellos, los clérigos y clericantes quienes alentaron las ideas despóticas de Fernando VII. Porque fueron ellos, los curas, monjas y frailes, un siglo después, los que bendijeron y llevaron bajo palio igual que al Santísimo al absolutista y genocida Francisco Franco. Porque fueron ellos, quienes les suministraron en ambos casos, criados, ejércitos enteros, ministros absolutistas, ministros pragmáticos, delatores espontáneos, pistoleros de fortuna y legiones de predicadores “apostólicos” para predicar el exterminio con saña y el odio fratricida, ese odio que abriera entre los ciudadanos españoles una honda sima de sangre y fuego, todavía bostezante.

El 30 de julio de 1841 el general Espartero rechazando la agresión del pontífice Gregorio XVI fomentador de la guerra civil en España se alzaba con estas palabras: “el pontífice no puede atacar la autoridad suprema del Estado anulando sus disposiciones y erigirse en superior de quien en esta parte no le reconoce ni aun como igual”

El error imperdonable de los demócratas españoles ha sido siempre, el de la excesiva benevolencia que hemos tenido para con nuestros monstruos históricos. Monstruos, en lo físico, y en lo moral. Permitiéndoles incluso, morir en su cama, rodeados por los suyos y colmados de honores y bendiciones. Y no me refiero sólo, al felón y al patas cortas. Hay muchos más. Muchos más.

Es mi propósito en esta mi renovada andadura, reiterar la perentoria necesidad que tenemos los españoles de cambiar el rumbo de nuestra historia. En este sentido, voy a insistir, si no en la única, en la mayor dificultad que tenemos para conseguirlo: La Iglesia Católica Apostólica Romana. La alianza del Trono y el Altar. La Santa Hermandad del Clericalismo y el Absolutismo. La Coyunda de los Púlpitos con el Dinero.

Sin embargo, estará muy lejos de mi ánimo la vana pretensión de afrontar el problema religioso, el más complejo de todos los problemas humanos. Ni pretenderé discutir los orígenes históricos de la religión, ni los complejos anímicos que engendra el sentimiento religioso, ni el concepto teosófico de la fe, al ser problemas estos, que sólo interesan, a los creyentes y a los herejes, mas no a la mayoría de un pueblo, que, aunque adscrito a la religión católica, como es el caso del español, permanece indiferente a los problemas del espíritu.

Porque la mayoría del pueblo español sólo está habituado a las rutinarias andaderas del clericalismo. Sus templos están repletos de fórmulas, rutinas, ceremonias e imágenes pero, vacios de religión. En sus calles se suceden amañados actos de mortificación en forma de procesiones en las que descolla, la superstición y el folklorismo. Las romerías no son un caso a parte.

Todos los problemas que tenemos los españoles como los políticos, económicos, sociales, culturales, territoriales, institucionales etc., aunque difíciles, se podrán solucionar, sin embargo, nada de esto será posible, si antes no se soluciona el gran problema. El de la Iglesia. Dado que ella los invade todos, los maneja todos. Únicamente por sus intereses económicos, mueve y domina, todos los hilos que afectan a la convivencia de los españoles.

Pero mucho ojo: tamaña secta, es tan inteligente, poderosa, escurridiza y feroz, que se la podría comparar con un rinoceronte al que no se le podrá dominar, sólo, haciéndole cosquillas. ¿Entendido?

Seguiré dando ideas para tratar de solucionar el problema.

Faro Republicano  de <Eduardo Calvo García>