12 agosto 2011

Anatomía del laicismo

nuevatribuna.es | Daniel Molina Jiménez | Actualizado 11 Agosto 2011 - 15:57 h.

 

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El laicismo ha venido significando, para la mayoría,  en términos generales,  la conquista de la independencia política de toda tutela religiosa. Históricamente ello significó, esencialmente, que todas las leyes que articulan la convivencia humana y, más aún, las instituciones que éstas crean, debían ser ajenas a normas religiosas, fundamentadas, en un elemento irracional como es la creencia, con el fin de construir una sociedad autónoma del poder religioso. Sin embargo, las transformaciones de nuestro tiempo y los problemas sociales y políticos derivados de ello, especialmente, la pérdida del sentido de progreso y la formación del hombre nihilista, hacen que el laicismo tenga que entenderse en sentido más amplio, esto es, como vehículo inspirador de la existencia del hombre en sociedad basado en la respuesta ético-racional a los problemas específicos de la humanidad.

En Occidente el triunfo del laicismo se asociará a la autonomía alcanzada por la sociedad  con respeto de las instancias religiosas a la que ésta había estado subordinada con anterioridad en el Antiguo Régimen. Una autonomía que empieza a alcanzarse a partir del movimiento intelectual del siglo XVIII que denominamos Ilustración. En su definición, uno de sus máximos exponentes, Inmanuel Kant, recogió, el nuevo espíritu que el ser humano debía alcanzar: en ¿Qué es la Ilustración? Kant  respondía que era “la salida del hombre de su minoría de edad. El mismo es culpable de ella. La minoría de edad estriba en la incapacidad de servirse del propio entendimiento, sin la dirección de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad cuando la causa de ella no yace en un defecto del entendimiento, sino en la falta de decisión y ánimo para servirse con independencia de él, sin la conducción de otro. ¡Sapere aude! ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento! He aquí la divisa de la ilustración”. Kant y el resto de Ilustrados sembraron la semilla intelectual de lo que, poco después, se configurará como movimientos políticos modernos secularizados que inciden en esa progresiva autonomía entre la política  y la religión. Los más destacados fueron el liberalismo político (a partir de la Revolución Francesa) y el marxismo, o más, específicamente, los movimientos obreros que bebieron del socialismo científico de Marx y desembocaron en partidos socialistas, comunistas y poderosos sindicatos.

Así, poco a poco, la idea intelectual fue gestándose en un claro programa político: la laicidad significaba la ruptura de la sumisión y del control de las instituciones socio-políticas con respeto del marco de las instituciones religiosas llevado a cabo en Occidente. Conviene recordar, siguiendo los análisis de Thomas Luckmann y John Berger, que el universo simbólico-cristiano era, hasta la llegada de la modernidad, la matriz de significación central que daba sentido a la totalidad de la vida social, el vértice que nutría de significación a las diferentes esferas de lo social; lo que, en expresión de Peter Berger, era la «simbólica bóveda protectora de la sociedad». Como bien resume Paul Hazard, «El cristianismo se ofrecía a los hombres desde su nacimiento, los modelaba, los instruía, sancionaba cada uno de los grandes actos de su existencia, puntuaba las estaciones, los días y las horas, y transformaba en liberación el momento de su muerte. Siempre que levantaban los ojos veían, sobre las iglesias y los templos, la misma cruz que se había levantado en el Gólgota. La religión formaba parte de su alma en tales profundidades, que se confundía con su ser. Los reclamaba enteros y no toleraba división: el que no está conmigo está contra mi». Ahora bien, la irrupción histórica de la burguesía y el proletariado como clases sociales ascendentes modificarán sustancialmente este decorado. Así,  buscarán socavar esta matriz de significación central legitimadora de las posiciones de poder detentadas por el clero y la nobleza en la antigua sociedad estamental característica del Antiguo Régimen. El laicismo era un principio político de articulación de la sociedad, con un ideario filosófico donde se exaltarán valores ilustrados como la autonomía y la libertad del individuo de sus ataduras a los dogmas, a las supersticiones, a la ignorancia, representados en su conjunto por el papel atribuido hasta entonces a la religión, y concepciones sociales y políticas como la articulación de instituciones inspiradas en principios ajenos a la dominación.

Desde entonces y hasta hoy,  la modernidad occidental está reñida abiertamente con lo religioso, dando lugar al conocido proceso de descristianización o secularización operado en Occidente y que aun no ha parado. España no es un caso excepcional. A pesar de las ambigüedades  liberales, del intento secularizador de la República inspirado en Manuel Azaña y el retroceso que supuso la implantación del nacional-catolicismo, la Iglesia en España, desde la reinstauración de la democracia en donde se consagra el carácter no confesional del Estado, ha perdido influencia en la sociedad. La Iglesia no informa las costumbres morales de los ciudadanos, no orienta sus prácticas sexuales y mucho menos influye en las posiciones ideológicas. Es más: sus posiciones en estas materias están tan obsoletas y la sociedad ha alcanzado tan alto nivel de instrucción, que son continuamente marginadas en la práctica: las Iglesias están prácticamente vacías, se han aceptado otros modelos de familia, son frecuentes las prácticas anticonceptivas y el aborto está admitido sin problemas entre médicos y sociedad civil de forma muy mayoritaria.

Pero la religión ha variado en su naturaleza y difusión, de modo que las globales construcciones de sentido (de naturaleza esencialista) han dan paso, así, a una gama fragmentada ahora de microsentidos efímeros, fugaces, volubles y volátiles no tanto como  metarelatos del ser, sino como formación de sentidos y finalidades de naturaleza funcionalista ante problemas específicos de la sociedad.  La religión pasa así,  a ser algo inequívocamente opcional, extendido en diferentes espacios de lo cotidiano y con un transfigurado rostro profano, dando lugar a un verdadero «consumismo religioso». Peter L. Berger y Thomas Luckmann hablan, en esta dirección, de «pequeños mundos de la vida» en referencia a nichos de sentido que buscan paliar y servir como protección frente el desmoronamiento de un sentido último y fundante de un mundo con complejos problemas, en donde la religión tiene una respuesta integradora frente a crisis de la significación central.  De este modo, el debate sobre la confesionalidad, se desplaza del deseo de controlar todas las instancias políticas de la sociedad, al  ansia por encontrar una salida al nihilismo y el esfuerzo por conseguir un paliativo al agotamiento de toda directriz ético-política rectora de la vida social, una vez que toda gran elaboración de sentido es erosionada. La estrategia, por lo tanto, ha variado: no se trata tanto de controlar las instancias de poder como de mediatizar e influir en las percepciones y significaciones sociales de los problemas políticos y sociales de nuestro tiempo (de ahí que los grandes eventos masivos encuentren cada vez más espacio y sentido dentro de la Iglesia). Ya Antonio Gramsci – uno de los grandes teóricos del socialismo tras Marx - se había percatado, distanciándose de la ortodoxia marxista, de algo esencial, a saber, que las masas «no pueden vivir en un cielo vacío», que, además, la religión es un instrumento inigualable a la hora de gestar una sólida voluntad colectiva cristalizada sobre una “fe común”.

El laicismo por lo tanto,  debe construirse hoy, no como un relato sobre la esencia de la religión de la sociedad o sobre sus instancias políticas de dominación, sino que ha de articularse en respuestas racionales de problemas específicos como el desarraigo, la explotación, el desempleo,  la intolerancia, la marginación,  la discriminación, la xenofobia,  el racismo, etc. Un relato, por tanto,  que no puede ser vacío de contenido, sino que debe combatir y tratar de ocupar el espacio no solo del clericalismo de raíz pre-moderna, sino de la indiferencia generalizada – nihilista- en que se asientan las sociedades de nuestro tiempo y que es caldo de cultivo para caer bajo el dominio absolutista de lo religioso, que a su vez, trata de calificar el laicismo como creador de anomia ciudadana. 

El laicismo de nuestro tiempo,  descansa, entonces, en una racionalidad civil articulado en respuestas ético-políticas específicas a problemas sociales  que persiguen la autonomía de la sociedad con respecto de cualquier construcción y  legitimación del mundo de carácter extra-social. Por ello, a día de hoy, el laicismo buscará afianzar el ideal de un modelo de sociedad plenamente auto-instituida, liberada de toda instancia instituyente ajena a lo social. El fin último es conseguir una sociedad donde el individuo pueda desarrollar su existencia vital sin ningún tipo de coacción o imperativo externo.