13 marzo 2011

¿Sirve el modelo turco para el Magreb y el Oriente Próximo?

William Chislett

William Chislett

WILLIAM CHISLETT es periodista y escritor. Fue corresponsal de The Times de Londres en España (1975-78) y luego del Financial Times en México (1978-84). Ha escrito 20 libros sobre varios países y es colaborador habitual del Real Instituto Elcano.  Este es su email: chislett@arrakis.es

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Tanto el primer ministro de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, como el presidente, Abdulá Gül, no han perdido tiempo, a raíz de la plena ola de cambio en la ribera sur del Mediterráneo, en airear el éxito del modelo político de su país, establecido por Mustafá Kemal Atatürk a partir de 1923. Con la caída de los regímenes en Túnez y Egipto y probablemente en Libia, muchos miran hacia Turquía como modelo de referencia.

Atatürk forjó la creación de la República de Turquía de las ruinas del Imperio Otomano después de la Primera Guerra Mundial. Tras sus reformas (laicismo, alfabeto latino, voto femenino), otros líderes turcos introdujeron cambios en el sistema kemalista. El sistema turco inspiró a Gamal Abdel Nasser y a otros líderes nacionalistas.

La llegada en Turquía al poder en 2002 del Partido de la Justicia y el Desarrollo (islamista moderado y conocido por sus siglas como el AKP), que podría ganar su tercera victoria consecutiva en las elecciones generales el próximo 12 de junio, ha coincido con la etapa de mayor desarrollo económico e integración con Occidente.

Turquía es miembro fundador de la OTAN y comenzó las negociaciones para la adhesión plena a la Unión Europea en 2005 (avanzan muy lentamente), después de haber sido miembro asociado desde 1963, y habiendo llegado a un acuerdo de unión aduanera en 1995. Desde 2005 las inversiones extranjeras suman 70.000 millones de euros y la renta per cápita se ha duplicado hasta situarse en unos 8.650 euros anuales.

En comparación con el Magreb y el Oriente Próximo, Turquía, con sus 75 millones de habitantes, 99% de los cuales son musulmanes, es un país sumamente desarrollado: tiene elecciones libres, una economía diversificada y se traducen al turco más libros al año que en todo el mundo árabe (no hay mayor insulto que llamar árabes a los turcos).

Este progreso, sin embargo, no ha sido un camino de rosas. Adnan Menderes, el primer ministro entre 1950 y 1969, amplió el pluralismo político, pero acabó en la horca tras un pronunciamiento militar. Desde entonces Turquía ha tenido dos golpes más (en 1970 y 1980), un llamado “memorándum militar” en 1997 que forzó Necmettin Erbakan (el “padre” político de Erdogan y de Gül), el primer ministro, a dimitir y un llamado “golpe electrónico” en 2007 (los militares publicaron una nota de protesta en su página web) que fracasó en su intento de prohibir la llegada de Gül a la presidencia. Los militares son los guardianes del secularismo desde 1923 — gran parte de la constitución que redactaron en 1982 sigue hoy vigente. Las relaciones entre el AKP y los militares, recelosos del islamismo del AKP, siguen tensas.

Turquía es un ejemplo poco frecuente de Estado predominantemente musulmán que es al mismo tiempo una democracia laica y pluralista, aunque no lo sea del todo. Aparte de la continuada tutela militar sobre el poder civil que aún no ha terminado por completo, algunas de las acciones del Gobierno de Erdogan, en particular el hostigamiento de la prensa hostil al AKP y la falta de una verdadera prensa libre y la actitud de algunos jueces en el caso conocido como “Sledgehammer” (una supuesta trama golpista en 2003), son preocupantes. Como ejemplo, entre 2005 y 2010Turquía bajó del lugar 98 hasta la posición 138 de 175 países en el ranking de libertad de prensa que elabora anualmente Reporteros sin Fronteras.

En total casi 200 personas incluyendo periodistas están siendo juzgadas, incluyendo el general Cetin Dogan, ex comandante del Primer Ejército.

Su yerno, Dani Rodrik, catedrático en la Universidad de Harvard, escribió en el Financial Times este mes que “en el fondo de este tribunal se esconde el intento del gobierno de consolidarse y de demonizar la oposición. Muchos de estos casos requieren la anulación total del sentido común”. Según Rodrik Turquía camina hacia una versión islamista de la autoritaria Rusia.

El “sí” que venció por un margen considerable en el referéndum constitucional en 2010, frente a las afirmaciones de los laicistas recalcitrantes de que el AKP está intentando implantar una teocracia, demuestra que existe un gran respaldo a la posibilidad de hacer nuevas reformas. Erdogan o quien gane las elecciones en junio tiene que tomar la iniciativa y redactar una constitución nueva y liberal, algo que sí sería un faro para los nuevos regimenes en vías de creación en Túnez y Egipto. Para tener validez el modelo turco tiene que evolucionar más.

Mientras que es cierto que cada nación tiene su propio modelo y no se puede imponer nada, Turquía, como hizo España con respecto a América Latina después del General Franco, puede aportar su experiencia y ayudar por sus lazos históricos y culturales.

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